Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
Por: Carlos Alberto Montaner
Érase una nación, o parte de ella, en busca de un Estado. No sucedió. A veces no sucede. Escocia, como sabemos, se mantendrá dentro del Reino Unido. ¿Por cuánto tiempo? Ya eso no es tan claro. Los Estados, especialmente los plurinacionales, son construcciones artificiales flexibles. Mudan sus fronteras, aparecen y desaparecen, cobran importancia o se vuelven insignificantes.
Irlanda, que una vez formó parte del RU, poco a poco, tras ciertos episodios de extrema violencia, fue separándose del conjunto británico a lo largo del siglo XX, hasta que en 1949 constituyó una república totalmente independiente, a la que le ha ido, por cierto, muy bien. Hoy Irlanda, tras su profunda transformación liberalizadora, tiene un PIB per cápita de US$41 300 y el Reino Unido sólo llega a $37 300.
La lección fue contundente. El sangriento trauma de la independencia irlandesa sirvió para que Londres afrontara el riesgo escocés de secesión de una manera diferente, mucho más razonable. Las rupturas, ya se sabe, siempre son desagradables, pero pueden ser pacíficas y con arreglo a la ley. Afortunadamente, el país no se volvió a quebrar, acaso, precisamente, porque todos se acogieron a un modo legal de solucionar la disputa.
Tal vez por eso es muy importante que las Constituciones contengan cláusulas que establezcan y regulen la posible separación de las regiones. De la misma manera que existe la ley de divorcio para disolver el vínculo matrimonial cuando una persona desea extinguir sus relaciones conyugales, los Estados deberían contemplar esa amarga posibilidad en su legislación. Ahorraría mucho dolor e, irónicamente, en muchos casos prolongaría las uniones, en lugar de precipitar la ruptura.
¿Cómo deberían ser esas normas? Tal vez, las tres más urgentes serían éstas:
Es urgente crear un marco legal que evite el surgimiento de la violencia. Algunos de los peores conflictos que ha conocido la especie humana se originan en la constitución y en la disolución de los Estados.
¿Cuánta sangre costó, recientemente, la desaparición de Yugoslavia y el surgimiento de media docena de naciones, entre las cuales, al menos una, Kosovo, todavía está en medio del parto? ¿Qué sucede en Ucrania? ¿Cómo será el difícil establecimiento del Estado kurdo, dado que la nación kurda –25 millones de habitantes remotamente originados en la cultura persa— vivaquea entre Turquía, Irak, Irán y Siria? ¿Cómo será ese terrible estallido en el mundo islámico? (Los kurdos, como buenos persas, suelen decir: “Una palma no es un vegetal, un camello no es un animal y un árabe no es un ser humano”).
Como Estados Unidos contaba con un procedimiento (más o menos opaco) para formar parte de la Unión Americana –lo que le ha permitido llegar a los 50 Estados desde los 13 originales–, pero no un modo de salida, en el siglo XIX debieron sufrir una espantosa guerra, cuyo costo en vidas humanas norteamericanas ha sido mayor que el de cualquier guerra anterior o posterior en la que el país haya participado.
En suma, si sabemos que los Estados, como las personas, están sujetos a cambios y, al final, a la muerte inevitable, busquemos la manera de acomodar esos cambios y, en su momento, aprendamos a enterrarlos dignamente. RIP.