En memorias USB y CD, llega de forma clandestina la cultura de otros países
FRANK LÓPEZ BALLESTEROS
Seúl/ 15-12-2014
Para que los fogonazos mudos de la pantalla del televisor no levanten sospecha por las noches, muchas familias en Corea del Norte revisten las cortinas con largas telas oscuras. Lo que vean o escuchen no debe salir de cuatro paredes.
Deleitarse con apasionadas telenovelas, con libros sobre política e historia, hojear revistas de modas con las tendencias contemporáneas, bailar al ritmo de los musicales en inglés o compartir un periódico traído del extranjero son delitos que puede llevar a la cárcel por romper las estrictas leyes morales de la nación.
Al interior del monolítico régimen socialista de los Kim la censura es ley natural.
El Estado impone preceptos como qué leer, cuál es el corte de cabello que debe llevarse y hasta qué vestimenta usar, pero en los últimos años los norcoreanos se han atrevido a saltar la barrera del miedo y recurrir al mercado negro de productos culturales de Occidente para conocer que hay más allá del "mundo perfecto".
Ahorrar lo posible
Lee Soon Sil lleva siete años refugiada en Corea del Sur, y con el salario de su modesto trabajo se las ingenia para ahorrar unos $1.000 que le costará enviar algunos productos a su familia en Corea del Norte a través de redes de tráfico apostadas en China.
El mercado negro de bienes occidentales siempre ha existido en la Corea comunista. El libro Lo que el viento se llevó resulta muy popular en ese país, como revelaba en 2012 la AP, pues mezclada con romance, muestra la lucha contra los "yanquis" y la ley del fuerte.
A través de agentes (brokers) a lo largo de los 1.400 kilómetros de frontera sinonorcoreana mantas, libros, revistas, películas, whisky, cigarrillos y hasta la Biblia llegan clandestinamente a Corea del Norte, que en 2011 vivió su tercer relevo generacional de poder tras la muerte de Kim Jong Il, siendo el actual líder Kim Jong Un.
De Los Miserables a Vanity Fair
Con su hegemonía comunicacional, el Estado norcoreano impone una matriz donde lo que desdeñe a la sociedad capitalista es lo que debe prevalecer, y con la literatura clásica se busca afianzar esa matriz.
Desde la infancia por las manos de los norcoreanos pasarán Los Miserables, la novela en la que el francés Víctor Hugo describe las injusticias en Francia con personas que roban por hambre en un ambiente de injusticia. O Vanity Fair, de William Thackeray, donde el inglés cuenta la obsesión del hombre por lo mundano de la sociedad británica del siglo XIX.
Sooyoung Lee tiene 30 años y huyó de Cheungjin con su familia en 2000. Relata que "contrabandistas desde China comercian películas de Hollywood y dramas de Surcorea. Algunos pasan los libros de intelectuales norcoreanos en el exterior".
"En mi país es muy famosa la película Lo que el viento se llevo, la veíamos siempre, ¡me encantaba!", recuerda Lee Soon Sil soltando una carcajada por aquella novela clásica estadounidense donde Vivien Leigh interpretaba a una belleza sureña durante la Guerra de Secesión de EEUU. "Si es algo malo de Occidente, eso se verá allá", comenta resignada.
Cortinas cerradas
El mercado negro es el cordón umbilical por el que unos pocos dentro de la sociedad logran "alimentarse" del mundo exterior. Por eso los costos para trasladar lo prohibido son tan elevados. Los desertores cuentan que la mercancía viaja camuflada en sacos de arroz, camiones o en las pertenencias de los oficiales, los cuales están exentos de controles.
"De los 1.000 dólares que pago 400 son para los brokers; 200 para los guardias norcoreanos y el resto para mi familia. Les mando desde mantas hasta películas surcoreanas que me gustan mucho", relata Soon Sil.
A sus 24 años, Kim Yoo-Seon recuerda como su familia se reunía para ver películas censuradas que compraban a traficantes. Para no ser delatados, las veían en la madrugada, tapando las ventanas.
La cultura coreana "tiene fama en China y los norcoreanos importan esto. No solo los ciudadanos ven lo prohibido, también los funcionarios de alto rango", apunta Lee Yon-Ken, de la Comisión de Derechos Humanos de Corea del Sur.
Según testimonios de desertores, "un estudiante norcoreano tiene al menos una memoria USB con series de televisión. La solución ante cualquier aprieto es el dinero, el dinero es todo", dice el experto.
Sobre esa obsesión de controlar, la periodista estadounidense Barbara Demick describe en su libro "Querido Líder. Vivir en Corea del Norte" como todas las ciudades norcoreanas se organizan en torno a vecindarios, en los que hay un informante encargado de dar cuenta a los agentes del Estado de las actividades de los otros vecinos en pro del estricto cumplimiento de la moral del sistema.
El clásico chivato, entonces, actúa como "ojos" de una dictadura donde difícilmente se puede escapar del control. Por eso familias como la de Soon Sil y Yoo-Seon son privilegiadas por conocer "el más allá" y deben cuidarse para sobrevivir.
Lea el martes un especial sobre las dos coreas en www.eluniversal.com/internacional
Fuente: El Universal.