Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
Los votantes de Uruguay no estaban por el cambio. Ni los de Brasil. También se siente el aroma del continuismo en Bolivia o Colombia, donde no hace mucho se podían renovar las sillas presidenciales. Hasta ahora todos los oficialismos se han impuesto en las elecciones que han tenido lugar en 2014 en Latinoamérica. Vencieron Juan Manuel Santos en Colombia, Evo Morales en Bolivia, Dilma Rousseff en Brasil y ahora acaba de hacerlo Tabaré Vázquez en Uruguay. ¿A qué se debe esta tendencia? ¿Acaso los partidos opositores ya no son capaces de canalizar el descontento popular?
Las sociedades latinoamericanas siguen anhelando nuevas transformaciones económicas y deseando más cotas de democracia y prosperidad, pero se mueven en una suerte de sentimientos contradictorios. Por un lado, son mayoría quienes quieren que mejore sus vidas, pues les resulta insuficiente lo que han podido conseguir, por ejemplo en Brasil. Baste recordar las violentas manifestaciones que se arrancaron en junio de 2013 y se prolongaron intermitentemente un año para protestar por la fuerte subida del billete de autobús. Pero, por contra, esa misma multitud airada tiene mucho miedo a perder lo que tanto les ha costado obtener en esta última década prodigiosa, léanse seguridad ciudadana o ayudas sociales o productivas.
Las motivaciones son puramente psicológicas, más que ideológicas o políticas. Y ante este dilema, ha ido ganando terreno el voto continuista, pero eso no significa que fuera o sea conformista. El mensaje del electorado a sus gobernantes ha sido muy claro y contundente: os damos una nueva oportunidad pero debéis reaccionar. En este contexto, Tabaré o Dilma lo tienen bastante más difícil que antes, pese a que ambos han entrado por méritos propios en el selectivo grupo de los presidentes que fueron elegidos en dos ocasiones.
Tras una costosa reelección, la brasileña se enfrenta a enormes desafíos: reducir la inflación, aumentar la inversión, mejorar las infraestructuras y la productividad, negociar con una oposición agresiva y poco colaboradora.
No menos fácil lo tiene Tabaré. El uruguayo ya fue jefe del Estado entre 2005 y 2010, pero la república oriental ha cambiado por completo desde aquel periodo. Entonces el contexto económico internacional y regional le era favorable al Gobierno de Montevideo y así consiguió importantes niveles de crecimiento. Ahora a Tabaré le tocará subirse las mangas. Debe aplicar una política de equilibrista, que conjugue el mantenimiento de los gastos sociales y la promesas de inversión en educación y seguridad con el déficit fiscal y una región estancada que siente la caída de los precios de las materias primas.
El ralentizamiento económico viene a quedarse en estas latitudes. Según las últimas estimaciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el crecimiento previsto para 2015 será del 2,2%. Bastante mejor que el 1,1% del 2014 pero muy lejos todavía del 6,1% conseguido en 2010. Aunque estas estadísticas no dejan de ser un promedio que difiere mucho entre los diferentes países, las cifras favorecen un clima de incertidumbre que ha hecho mella en el ciudadano.
La pobreza, que afecta a uno de cada tres latinoamericanos, sigue siendo el catalizador del sufragio; se vota para salir de ella o para evitarla.
Aunque la región está superando con notable la mayor crisis financiera mundial desde la Gran Depresión, gracias a la gran demanda de Asia de materias primas y al importante flujo de inversiones extranjeras, ahora el riesgo es la comodidad y la autocomplacencia. Es preciso continuar con las transformaciones para que las mejoras se consoliden en el tejido colectivo. Esta vez no se trata sólo de ajustes macroeconómicos para regular sectores estratégicos o la inflación sino también de reformas de gran calado en áreas fundamentales como la educación, la sanidad, las infraestructuras (carreteras y telecomunicaciones) y la seguridad financiera que anime al capital foráneo a seguir invirtiendo.
La lucha contra la corrupción también tiene que ocupar un lugar destacado en esta lista de prioridades. Los últimos datos difundidos por Transparencia Internacional, la organización que mide el índice de corrupción en el mundo, no irradian optimismo. De todos los Estados latinoamericanos, sólo cuatro obtienen un aprobado –Chile, Uruguay, Puerto Rico y Costa Rica- y el ránking apenas se ha movido, es decir, no se aprecian avances significativos entre los países “malos”, lo que es muy lamentable.
"Es necesario pasar de las reformas que permiten el crecimiento, las dirigidas a la estabilidad macroeconómica, a las reformas que promueven el crecimiento, que exigen inversión en capital físico y humano y una reducción de la economía sumergida", ha destacado Jorge Sicilia, economista jefe del Grupo BBVA, citado por el diario español El País.
En otras palabras, estamos hablando del cambio 2.0, de las reformas de la segunda o la tercera generación. Es una ingente tarea que exige nuevas dosis de voluntad política y capacidad de acción.
Como sostiene con mucho acierto el analista argentino Daniel Zovatto en el portal infolatam.com, “en América Latina nadie quiere volver a ser pobre y, para lograr ese objetivo, pareciera que para amplios sectores de la población latinoamericana los gobiernos de izquierda ofrecen mejores garantías que los de centro derecha”. Para Zovatto “mientras estas condiciones no se modifiquen, la alternancia en la mayoría de los países de América del Sur deberá seguir esperando”. Pero la oposición no va a tirar la toalla. Ni mucho menos. Sabe que ha estado muy cerca de la meta. En tres de los cuatro ejemplos arriba citados, las fuerzas contrarias al oficialismo forzaron una segunda vuelta electoral. Salvo el caso de Morales, cuya hegemonía incontestable es una excepción a la regla, los comicios fueron muy reñidos y emocionantes.
Una rápida mirada al mapa de América del Sur confirma ciertamente las palabras de Zovatto. El control de la izquierda o del centro izquierda se extiende desde los pagos chilenos de la socialdemócrata Michelle Bachelet hasta los dominios venezolanos del bolivariano Nicolás Maduro. La región es más homogénea desde el punto de vista político. No se puede decir lo mismo de América Central, que presenta un mayor equilibrio entre continuismo y alternancia, y un mayor pluralismo ideológico: ahí están las victorias del centro izquierda en Costa Rica (Luis Guillermo Solís), de la izquierda en El Salvador (Salvador Sánchez Cerén) y del centro derecha (Juan Carlos Varela) en Panamá.
A Tabaré, que toma el bastón de mando en marzo, la fiesta por su triunfo le va a durar bien poco.
Francisco Herranz (Madrid, 1965) ha desarrollado su carrera profesional en el diario El Mundo, donde ha sido corresponsal en Moscú (1991-1996), redactor jefe de Internacional y de Edición y editorialista, Especialista en Europa del Este y colaborador en varias publicaciones especializadas, desde hace cuatro años es profesor en el Máster en Periodismo-El Mundo de la Universidad San Pablo-CEU.
Fuente: Ria Novosti.