Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
Por Rogelio Fabio Hurtado.
La Habana/ 14-7-2016
Recientemente se prohibió la circulación de la autobiografía del bailarín internacional Carlos Acosta “Sin Mirar Atrás”. Ya lista para ser presentada en una jornada de “Sábado del Libro”, de “arriba” llegó la orden de prohibirlo. Al parecer, fue sugerido por la “Prima Ballerina Absoluta”, Alicia Alonso.
Lamentablemente, esto no es nada nuevo en nuestro país. Comenzó a practicarse desde la década del 60 del pasado siglo, y no precisamente por el ahorro. Se emprendió contra libros de autores cubanos o extranjeros que eran definidos como ideológicamente nocivos para los lectores cubanos.
A la cabeza de este triste listado habría que colocar las últimas entregas de la editorial El Puente. Fueron un par de libros de poemas de amor de su director, el poeta José Mario Rodríguez. También durante esta década, considerada hímnica* por el escritor Antón Arrufat, sufrió esta destrucción el libro del gran poeta holguinero Delfín Prats Pupo, “Lenguaje de Mudos”. Otro texto premiado, un relato titulado “Escrito con Temor”, de Manolo Franchesco Ballagas, no llegó ni siquiera a imprimirse.
No se limitaba esta supresión a los autores nacientes. Alcanzó también a figuras consagradas. Por ejemplo “Paradiso”, de José Lezama Lima, y “Presiones y Diamantes”, de Virgilio Piñera fueron forzados a desaparecer de las librerías.
Los libros premiados en el Concurso UNEAC de 1968, “Fuera del Juego” y “Los Siete Contra Tebas”, de Heberto Padilla y Antón Arrufat respectivamente, publicados ambos con unas ridículas notas condenatorias, con posterioridad fueron minuciosamente perseguidos. Más de un ejemplar perdí después de prestárselos a jóvenes que se fingían devotamente interesados y que jamás los devolvían. Al parecer, los entregaban al oficial de la policía política que los atendía.
Con el tiempo, los responsables perfeccionaron los filtros selectivos, y escogieron con más cuidado a los integrantes de los jurados. Algunos asesores literarios del Minint revisaban los cuadernos previamente, para poner a disposición del Jurado sólo aquellos cuya premiación no sería problemática. Así fue excluido un cuaderno mío, les aseguro que inocente, del Concurso Casa de las Américas de 1977. Francamente me alegro, porque recién salido de un breve tratamiento preventivo en “Villa Maristas” (centro principal de la policía política), mi manuscrito contenía algunos textos conciliatorios con la burocracia que hoy me podrían perjudicar.
Ironías aparte, quisiera preguntar dónde hicieron arder los manuscritos mecanográficos del poemario “Calle Estrella y Otros Poemas”, del gran poeta Eduardo Eddy Campa Bacallao. Fueron alevosamente secuestrados por el Departamento de Seguridad del Estado (DSE) cuando Campa se disponía a enviarlo al Concurso de Poesía de la recién nacida Nicaragua sandinista. En este caso, como en tantos otros, al que hicieron pulpa fue al autor, quien desapareció, ya con un riñón perdido, en la no necesariamente luminosa Miami.
Una tarde de finales de los 70, cuando ya el lóbrego “Quinquenio Gris”, repintado por el complaciente Ambrosio Fornet parecía resuelto, dos jóvenes poetas, Esteban Luís Cárdenas, un excelente novelista inédito, y Reinaldo Colás Macpherson, poeta premiado en un certamen universitario, desde una azotea vecina saltaron al jardín de la embajada argentina en El Vedado. De inmediato, los representantes de la dictadura militar austral tuvieron a bien avisar a la policía para que sacase a esos dos negros de su misión diplomática.
Como prueba de que lo maligno puede llegar desde todas partes, fueron sometidas a inquisición las memorias del cuadro profesional comunista Leonel Soto, y un libro titulado “El último a año de aquella república”, prologado nada menos que por el camarada Carlos Rafael Rodríguez.
Mi suegro, Alberto Martínez Herrera, al marcharse de Cuba en 1980, dejó a mi cuidado parte del archivo literario de su gran amigo Heberto Padilla. Meses después, una mañana fui citado otra vez para “Villa Maristas”. En consecuencia Pancha, mi precavida madre, decidió repetir lo que muchos años antes hiciera con el original de una biografía ilustrada de Mella: vertió un poco de alcohol sobre el legajo y le dio candela. Así desaparecieron manuscritos, fotos y otros valiosos documentos, entre ellos una carta autografiada por el “Che” Guevara.
De toda esta represión a la literatura, sólo me queda la esperanza puesta en aquel decir del poeta norteamericano Allen Ginsberg: Estos libros ya han sido publicados en el Cielo.
* De alabarderos o guataquería intelectual al régimen.
Fuente: Prensa Independiente/ Hablemos Press