Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
Por Rogelio Fabio Hurtado.
La Habana/ 2-8-2016
Los vi aparecer, un gris domingo del año 1961, en el Parque Central de una Habana ya despojada de lumínicos, de bares para turistas y de putas, acertadamente definida por el personaje de Memorias del Subdesarrollo: la Tegucigalpa del Caribe.
Salían en racimos por las angostas puertas de unas guagüitas con carteles estampados en ruso. Todos calzaban sandalias carmelitas bajo pantalones color mamoncillo o calabaza. Algunos cubanos, que parecían acompañarlos, decían que eran técnicos agrícolas que venían a ayudarnos. Ninguno hablaba español. La gente curiosa tampoco entendía ruso, pero los rodeábamos cordialmente. Saltaba a la vista la diferencia con los habituales marines o los coloridos turistas norteamericanos. Al poco rato, regresaron a sus ómnibus, y desaparecían.
Entonces, nadie entendía muy bien cómo podrían aquellos campesinos de climas y tierras tan distintas, ayudar a los guajiros cubanos. Con el tiempo, nos enteraríamos que aquellas fueron las escuadras de avanzada del Ejército Rojo, destinadas a protagonizar la dramática Crisis de Octubre.
Transcurrida esta, volvería a verlos de cerca. Fue en Abril del 63, en la pinareña Base de San Julián. Ya parecían mejor ambientados. Seguían vistiendo de civil, con sandalias muy parecidas y camisas más vistosas. Estaban para nosotros, aureolados por el hecho de ser hombres soviéticos. Jugaban en los bancos de un kuriko (áreas para fumar) al Backgammon, ese juego que venía por el anverso de los tableros de damas.
Nos brindaron de sus cigarros Papirosas, con sus larguísimas boquillas de cartón y su picadura, que nos pareció francamente infumable. Pertenecían a la dotación del enorme radar P15, instalado a la entrada de la Base, en su borde delantero izquierdo, entre pinares que lo camuflaban.
En esos primeros meses, no tuvimos apenas contacto personal con ellos, excepto los oficiales-instructores, que nos impartían las lecciones previas de electrotécnia, y que se consideraban imprescindibles para, posteriormente, operar las Kabinas y Rampas.
En mi caso, fueron un tal Alexiev, que impartía clases aburridísimas (en las que solía dormirme a intervalos) y luego me tocó un leningradense llamado Pavel, especializado en la Kabina P, mucho más fluido.
Este Pavel se vanagloriaba de haber participado en las instalaciones de proyectiles de alcance medio, las cuales tenían a su alcance, en apenas medio minuto, todas las ciudades de la costa este de los Estados Unidos.
Hasta ahí, el crédito de los hombres soviéticos se mantenía intacto.
Esto se desplomó una madrugada, por el lado menos pensado. Nos despertaron en la Barraca 3 una racha de tiros muy próximos. Aunque no teníamos fusiles, salimos a formar, para enterarnos de lo que pasaba.
Entonces vimos a un hombre en calzoncillos que perseguía otro en la misma indumentaria que le huía a toda carrera. Ahí mismo la disposición combativa se convirtió en relajo criollo: el que corría por delante era uno de los Nacharnys que había participado aquella tarde en la Inspección, su perseguidor, Makarov en mano, era el Jefe de la Unidad, quien vivía al otro lado de la carretera, con Sonia, una de las rusas más bellas que ojos cubanos vieran.
Desde aquella noche, los hombres soviéticos se convirtieron para mí en mis particulares ruskis shelaviekas.
Hablemos Press/ La Habana