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Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.

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Los soldados soviéticos en Cuba

Imagen tomada de la web

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Por Rogelio Fabio Hurtado.

La Habana/ 9-8-2016

Los internacionalistas soviéticos que atendí en los años sesenta eran ucranianos en su mayoría, tan jóvenes como nosotros. Conviví con ellos en la rivera izquierda del río Canímar, durante poco más de un año. Tiempo suficiente para, pese a la barrera del idioma, observarlos y entenderlos un poco.

Cumplían el Servicio Militar y el tiempo de servicio aquí se les contaba a razón de un año cada diez meses. La lejanía de sus hogares, nos decían, no significaba nada, porque allá en la Sayuz, tampoco podían visitarlos.

Vestir de civil les mitigaba las exigencias disciplinarias. Devengaban 2 rublos mensuales los soldados, y entre 4 y 6 los Cabos y Sargentos. Los Oficiales, quienes habían jurado servir durante 25 años, ganaban salarios mucho mayores y gozaban de mejores condiciones de vida, incluso se les garantizaban periódicamente sus necesidades sexuales, mediante muchachas soviéticas que recorrían las unidades.

(Conste que estas Visitadoras se anticipaban a las capitaneadas por el Capitán peruano Pantaleón, noveladas por Vargas Llosa).

Entonces, años 63 y 64, había Alzados en Matanzas y con frecuencia los oficiales soviéticos decían recibir alertas de que la Unidad iba a ser atacada por estos. Entonces, se duplicaban las postas, que hacíamos por parejas. Los soviéticos solían acompañarse de un perrito, al que habían enseñado a responder a la voz de ¡faz, faz! Y el animalito se adentraba en el monte para investigar los ruidos.

Cuando un cubano los acompañaba, lo exhortaban enseguida dabay, cubinski, dabay para que fuese a acompañar al perrito. Mientras a nosotros se nos inculcaba no disparar por gusto, ellos lo hacían frecuentemente, sobre todo si estaban solos. Las primeras veces, despertábamos alarmados, pero alguien nos enseñó a distinguir los tiros, mientras fuesen de la misma arma, no había por qué preocuparse.

Ellos jugaban al fútbol, al balonmano, a las guerrillas de basket y, por supuesto, al ajedrez. Al río, solo iban algunos oficiales, los soldados nunca.

Por lo general, una vez al mes visitaba la Unidad un camioncito-tienda, cuyas dependientas atendían durante las noches a los caballeros. La Tienda, a la que ellos llamaban Magacín, ofrecía un amplio surtido de artículos, bombones (¡deliciosos!), leche condensada, jabones, perfumes, zapatillas deportivas, todo de una calidad que lamentablemente jamás llegó a nuestras tiendas.

Conste que estas tropas soviéticas lo recibían prácticamente todo desde allá. Tenían una panadería, en Limonar, que les hacía su pan, muy apetecible, fresco y untado de margarina.

Comían todos los días lo mismo, un desayuno fuerte, el almuerzo centrado por la sopa y cereales de trigo. La comida era lo más flojo, con la peculiar versión rusa del café con leche: mucho café aguado y una nada de agüita lechosa. En el comedor, tenían muy visible una pizarra donde se precisaban los gramos de cada producto que les correspondían a los comensales.

Esto entonces nos asombraba a los cubanos, poco acostumbrados aún a las minucias de la Libreta.

Contaban con un proyector de cine, donde ponían algunas noches películas soviéticas. Recibían mensualmente a un conferenciante, quien les propinaba extensos discursos de adoctrinamiento. Según nuestro amigo Slava, siempre hablaba mal de los chinos.

Una tarde llegó la confirmación de que, por fin, la dotación soviética marchaba de regreso a su tierra. Se organizó un intercambio de regalos y les ofrecimos una comida criolla de despedida. Mi contraparte, Yakov, un robusto y noble ucraniamo, me entregó una camisa verde clara, yo le entregué un juego de monedas cubanas.  Al amanecer, ya no estaban con nosotros, quienes nos hicimos cargo de la Unidad.

Fuente: Prensa Independiente/ Hablemos Press

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