La cita con Yoani Sánchez es a las seis de la tarde en un parque de La Habana.
Hemos quedado por SMS, único modo de comunicar con la bloguera cubana rebelde
a salvo de orejas indiscretas. Todo tiene un aire de surrealista película de espías con
daiquiris en vez de whiskies y camisetas y chanclas en lugar de gabardinas con el
cuello subido… ¿Podrá venir Yoani? Y, si viene, ¿llegará a las seis o a las cuántas?
Pues ya tú sabes que esta isla es otro mundo, con su tiempo particular y todo.
Primera sorpresa: Yoani aparece a las seis menos cinco. No parece cubana con esta
puntualidad, su serena cabellera larguísima, su delgadez a lo Diane Keaton. Y sin
embargo la cubanía le estalla íntegra en la sonrisa. «Nunca sé cuándo me
controlan y me siguen; si sé que me pinchan el teléfono, entonces yo aprovecho
para hacer de misionera telefónica, les hablo a los que me espían a ver si les hago
dudar y les convierto, ¿has visto la película “La vida de los otros”?», cuenta con una
carcajada.
En cambio se pone muy seria para decir que «el sentimiento aquí es de que al
régimen no le quedan más de dos años, estamos como antes ustedes en España,
esperando que el caudillo se nos muera en la cama; qué triste depender de eso».
Triste o no, supone un evidente pistoletazo de salida para toda clase de oportunistas,
no solo políticos. Le comento a Yoani Sánchez que desde la última vez que visité
Cuba —allá por los 90, nada más declararse el «periodo especial»—, me llama la
atención un fuerte cambio en lo económico. Antes las desigualdades se medían
entre cubanos y extranjeros cargados de dólares. Ahora el filo de la necesidad y
la abundancia divide a los cubanos mismos.
Yoani confirma un creciente y feroz contraste entre los cubanos que se levantan
cada día con la angustia de no saber cómo llenar el plato y aquella «nueva clase
con moneda convertible en el bolsillo que alardea de consumir los artículos de tiendas
exclusivas gracias a la corrupción, los negocios privados, las remesas o los privilegios gubernamentales que les permiten acceder a una ropa más cara, mejores alimentos y
mercancías que no están al alcance de la mayoría». La corrupción es tan rampante
que el pan o las patatas pueden desaparecer durante meses no ya del mercado oficial,
sino del mismísimo mercado negro.
La moneda fuerte ya no es el dólar sino el peso cubano convertible (1 euro son 1,30
pesos cubanos) y las tiendas de bienes exclusivos ya no son todas del Estado sino
que florecen establecimientos de Benetton, Pepe Jeans, etcétera. Florecen con particular
brío en La Habana Vieja, muy rehabilitada para el turismo, en parte gracias a lo que
pagan estas firmas por estar ahí. En la Plaza Vieja se yerguen coquetones edificios de apartamentos a la venta solo para ciudadanos cubanos… que puedan reunir, eso sí,
los entre 10.000 y 20.000 pesos cubanos convertibles (entre 8.000 y 18.000 euros)
que cuestan. Muchos viven con un salario medio que no llega a los 20 euros al mes.
Resumiendo, hace tiempo que la guerra en Cuba no es entre los que están a favor o
en contra de la Revolución, sino entre los que han «resuelto» cómo vivir bien con ella
y de ella, y los que por cumplir a rajatabla lo que el gobierno les dice no levantan
cabeza. ¿Qué pasará cuando llegue el momento de ajustar cuentas?
Es en este aspecto donde un personaje como Yoani Sánchez deviene único.
Absolutamente solidaria con la disidencia anticastrista «dura», la de los encarcelados,
torturados y en huelga de hambre —a los que de forma constante reivindica en
su blog—, ella encarna un modelo de rebeldía menos dramática y más posmoderna.
Más fácil de imitar y asumir por la mayoría. Un vislumbre de lo que podría ser la Cuba del futuro.
Yoani Sánchez tiene 36 años, un marido de 65, Reinaldo, y un hijo de 17, Teo.
Presume de ser «inmensamente feliz» en su vida privada y está convencida de
que sin eso no podría plantearse todo lo que se plantea. Viven los tres más su gata
Nino y la perra Chispita en el piso 14 de un edificio de «concreto» (cemento) de
espinazo soviético en cuya construcción trabajó Reinaldo allá por 1988. Aquello no
puede ser más feo. Pero tiene las ventanas tan bien orientadas que Yoani habla feliz
de la luz del sol que ve desde su comedor como de un lujo mágico. «Ni Fidel ni
Raúl Castro ven nada así cuando se despiertan», se jacta, contenta.
Tiene la casa llena de macetas porque le gustan mucho las verduras y estas
no son fáciles de encontrar en Cuba. Regadera en mano se escapa ella de engordar
como muchas de sus compatriotas, castigadas por la penuria y una dieta empobrecida.
Yoani se queja de que ser de Cuba y ser mujer es como padecer una dictadura doble,
«ya que la mujer lleva el peso de las carencias en el hogar, es la que resuelve qué se
echa en el plato». Aunque reconoce que de no ser porque tienen un hijo, su marido
ayunaría bastante, porque a ella lo que le pide el cuerpo es comer una única vez al
día. Puede pasarse horas y más horas sin probar bocado y sin darse cuenta.
Hace años que Yoani Sánchez sobrevive dando clases de español, por un lado, y
de picaresca tecnológica por otro. Sobre todo con la llegada de los teléfonos móviles
muchos cubanos están ansiosos de aprender maneras de romper barreras comunicativas.
Yoani por ejemplo enseña a entrar en Twitter vía SMS, que es como entra ella misma.
No puede leer sus propios tuits. La imaginación al poder. Aún así en los últimos años
le han bajado mucho los alumnos. Hay meses en que tendría serios problemas de no
ser porque su blog le ha ido abriendo camino para colaborar en la prensa internacional.
Ese es ahora uno de los pilares de su sustento.
De ahí, claro, que haya quien acuse a Yoani Sánchez de «vendida» o incluso
de «agente de la CIA», uno de los peores insultos en Cuba, que ella se toma con
incombustible buen humor. E insistiendo en que no tiene nada que ocultar, en que sus actividades y opiniones no pueden ser más transparentes. Una hermana suya vive
en Estados Unidos pero ella no se plantea irse: «Lo que quiero es quedarme y prosperar». Aguarda con impaciencia el día en que deje de estar vetada en la televisión cubana y
sueña con fundar muy pronto su propio periódico digital.
De momento vive la vida, disfrutando de los pequeños placeres: mucho paseo en familia,
mucha plática con amigos, muchas películas vistas en el ordenador. Mucha filosofía
ante las montañas de ropa sin lavar que se le acumulan en casa cuando la electricidad
falla, que falla muy a menudo. A Yoani la han llegado a llamar al orden en el sentido
más literal blogueros adictos al régimen, quienes ante unas fotos que mostraban su
casa hecha una leonera se preguntaban si esto no sería indicio de trastorno mental. Ella
se ríe.
Le gusta mucho el verso de Antonio Machado de que se hace camino al andar. Es
consciente de que muchas generaciones de cubanos han querido estar donde va a
estar la suya, en el inevitable quicio de una nueva historia. El final de etapa flota en
el aire como un perfume de jazmín, a la vez excitante y mareante. «Cada vez me
encuentro más gente que se me queda mirando muy seria en el ascensor... o todo
lo contrario, que aprovechan el encontrarme sola allí para decirme “tú sigue así”,
o incluso “tú sabes que yo siempre he estado contigo, ¿no?”», sonríe. No es una
sonrisa dura, ni cínica. Es una sonrisa sabia. Es lo que hay.