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Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.

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Alcoholismo, corrupción y otros demonios…

Imagen tomada de Misceláneas de Cuba

Imagen tomada de Misceláneas de Cuba

La primicia la ofreció el Canal Habana, de la televisión cubana, en un programa vespertino del miércoles 31 de julio de 2013: seis personas habían fallecido y más de 40 continuaban hospitalizadas debido a la ingestión de alcohol metílico (alcohol de madera). Según las investigaciones oficiales, el alcohol procedía de un almacén del Instituto de Farmacia y Alimentos, del que fue sustraído por dos empleados que tuvieron acceso a él, y posteriormente comercializado ilegalmente por una mujer residente de Arimao, en el Municipio La Lisa, lugar de residencia también de todos los intoxicados.

Informalmente ha trascendido que la referida comerciante ilegal es una persona marginal de bajos e irregulares ingresos y que entre los fallecidos, mayoritariamente personas también muy humildes, se cuenta su hijo.

En los días siguientes, el Noticiero Nacional de TV y los periódicos han continuado actualizando algunos datos sobre el caso, aprovechando de paso la tragedia para resaltar las bondades del sistema de salud cubano y resaltar la eficiencia del trabajo del Sistema Integrado de Urgencia Médica (SIUM) y de Toxicología. Tampoco han faltado los testimonios, más ridículos que conmovedores, de algunos sobrevivientes que han prometido a sus familias “y a la revolución” dejar la bebida, como si junto a la mala experiencia hubieran superado las miserias existenciales que les han empujado al alcoholismo o como si eventualmente no fueran víctimas de ese espejismo que insisten en llamar revolución.

Hasta el momento han ocurrido 16 decesos, varias personas permanecen ingresadas y otras han sido dadas de alta de los hospitales, mientras se siguen reportando algunos otros casos de intoxicados, incluso de otros municipios, y continúa activado un operativo combinado de la Policía Nacional y el Ministerio de Salud Pública, con un puesto de mando instaurado en una escuela del municipio, para dar seguimiento a la situación.

Más allá del suceso

Imagen tomada de Internett

(Imagen tomada de Internet)

A primera vista, este suceso ocurrido en un barrio habanero podría parecer un hecho puntual, aislado, pero tal impresión resultaría engañosa. Si bien el elevado costo en vidas humanas aporta a la noticia un sensacionalismo inusual en la prensa oficial, en realidad se trata apenas de la punta de un iceberg, la manifestación externa y más visible de una crisis generalizada derivada del descalabro económico, el fracaso del sistema, la ausencia de perspectivas, la desesperanza y la pérdida de valores. Solo en las condiciones de Cuba o de otras sociedades tan deformes como la nuestra se podrían producir hechos similares.

Esta vez se han combinado la corrupción galopante y la extendida adicción al consumo de alcohol combinada con el bajo poder adquisitivo de sectores muy humildes de la población, lo que favorece el tráfico de estas sustancias tóxicas en el mercado ilegal.

De hecho, el comercio ilícito de alcohol está ampliamente extendido en la capital, en la cual casi la totalidad de los barrios populares cuentan con uno o varios expendedores de estas bebidas de dudoso origen y composición, procedentes tanto de alambiques clandestinos como del robo de las redes legales de almacenes y comercios. Se trata de un comercio y consumo que, si bien siempre ha existido, se expandió a partir de la crisis de la década de los 90’, cuando incluso la cartilla de racionamiento, incapaz de mantener los relativamente considerables subsidios de años anteriores, garantizaba una cuota de ron mensual para cada núcleo familiar.

Con seguridad los más memoriosos cubanos recordarán de esos años aquellas reuniones semanales de los dirigentes del Partido y del Poder Popular, televisadas cada martes, a las que la voz popular bautizó como “Reunión de los Gordos”, en una de las cuales el entonces Primer Secretario del Comité Provincial del PCC expresó que lo que no se podía dejar de garantizar a la población era el ron. El consumo de alcohol fue, pues, una política oficial destinada a embotar las frustraciones de la población en medio de las peores carencias que recuerda la historia cubana de la última centuria.

En consecuencia, con el paso de los años no solo se ha incrementado el consumo de alcohol, sino que también ha disminuido notablemente la edad promedio de sus consumidores.

A lo largo del tiempo el gracejo criollo ha bautizado estos brebajes tóxicos, de pésima calidad y sabor, con diferentes nombres: mofuco, risa e’tigre, el hombre y la tierra, chispa e’tren, y otros similares que traducen en la norma del lenguaje marginal los efectos de su ingestión. Por otra parte, en un país donde la vida ofrece más frustraciones que expectativas no es de extrañar que el alcoholismo esté alcanzando proporciones francamente alarmantes.

Así, la malaventura de varias decenas de beodos ha disparado las alarmas oficiales y, por esta vez, los hechos han trascendido a los medios. Pero la descomposición general del sistema se refrenda en todas las esferas y niveles de la vida nacional, superando con creces la capacidad gubernamental para enfrentar la crisis. Es la metástasis de un sistema mortalmente enfermo, imposibilitado de curar la insalubridad moral de la nación.

La sucesión continua de acontecimientos demuestra la irreversibilidad de la corrupción bajo este gobierno: funcionarios que se corrompen, mercados ilegales que crecen y se diversifican; aumento de la prostitución, del alcoholismo y de las drogas.

Poco queda por defender del socialismo a la cubana, y menos aún de la bondad de un sistema donde la realidad superó lo macabro y la corrupción es un medio de supervivencia. Hoy Cuba es un país donde resulta posible que se comercie con grasa humana sustraída de un crematorio como si de grasa de cerdo se tratase; donde se puede comprar lo mismo un examen que una cirugía o una prótesis dental; donde los individuos pueden aplaudir un discurso oficial, acudir a una marcha “revolucionaria” y robar al propio gobierno que fingen apoyar; donde pueden morir de hambre y de frío decenas de enfermos mentales ingresados en un hospital; y donde la mayoría de las aspiraciones se encierran en la perspectiva de una fuga sin regreso.

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