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Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.

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Antonio Villareal sólo quería ser pelotero

Más de siete años de cárcel instalaron la confusión en su mente. Sus ojos brillan siempre al borde de las lágrimas, da la impresión de que en cualquier momento se deshará en llanto.

Foto: EFE/Bernardo Rodríguez

Antonio Villarreal a su llegada en Madrid, en julio del 2010.

La prisión acabó con mi vida, mi hija tenía apenas seis años cuando me sepultaron en una celda de castigo en la cárcel de Boniato.

El gobierno cubano al excarcelar a Antonio Augusto Villarreal, no ha liberado a un preso político, ha devuelto a un ser perdido entre la maraña oscura de los sufrimientos.

Más de siete años de cárcel instalaron la confusión en su mente. Sus ojos brillan siempre al borde de las lágrimas, da la impresión de que en cualquier momento se deshará en llanto.

Su voz es trémula, parece aún asustada, hay en ella como un viejo chirriar de goznes oxidados. Se aprieta contra el hombro de su esposa como buscando amparo y mira a su hija con una ternura golosa e insatisfecha.

 

Los recuerdos se le entrecruzan, se le entremezclan, se le confunden. Repite frases repensadas tras los barrotes. Es como si pidiera auxilio en cada palabra

Lo que siempre digo es que cuando mis heridas estén cicatrizadas, alguien estará pagando por haberlas causado, repite una y otras vez. Y yo sé que no es a la venganza a lo que aspira, sino a la justicia, luego de haber sido sometidos a tantas injusticias.

Antonio Augusto Villarreal, era un prisionero de la Causa de los 75 y dice con dolor: La prisión acabó con mi vida, mi hija tenía apenas seis años cuando me sepultaron en una celda de castigo en la cárcel de Boniato.

Antonio Augusto Villarreal y yo jugábamos a la pelota en los solares yermos de Morón. El era mejor. Bateaba fuerte y fildeaba con más habilidad. Su sueño era ser pelotero. Tanía postales de Baby Ruth y monogramas de los Yankees de New York. Yo quería ser escritor y tenía libros de Emilio Salgari y Julio Verne. El vivía por el cuartel de bomberos y yo cerca de la fábrica de hielo. Su tía tocaba el piano y la mía bordaba. Ambas se sentían orgullosas de nosotros. Un día Villa y yo nos liamos a los puños, y las tías fueron la que nos se hablaron nunca más.

En la adolescencia nos separamos. Pero teníamos los sueños intactos. Todavía no habían crecido los abismos. Suponíamos aún que todo era posible. Crecimos. Nos casamos. Tuvimos hijos. El tiempo se fue y no nos vimos.

Treinta años después volvimos a encontrarnos. Fue en la cárcel de Boniato, en Santiago de Cuba.

Era la llamada Primavera Negra. El gobierno cubano había condenado a larguísimas penas a 75 opositores pacíficos y periodistas independientes.

Otra vez las similitudes y diferencias volvían a unirnos. Yo, periodista; él, activista político, y tras las rejas, a gritos, rememoramos al Gallo de Morón,  La Laguan de la Leche, al profesor Benito Llanes.

En ese reencuentro nos prometimos que después de vencidas las cárceles y las tinieblas volveríamos a encontrarnos en la Laguna para contarnos las vidas que no nos sabíamos uno del otro. Pero no ha podido ser. Las cárceles siguen y las tinieblas permanecen sobre Cuba. Yo vago por una ciudad prestada y él, después de más de siete años, ha llegado a la misma ciudad, pero parece no haber sacado de la cárcel su cabeza.

Antonio Augusto Villarreal viajó a Miami tras recibir protección bajo un programa especial del Departamento de Estado para los prisioneros políticos enviados a España, pero no fue hasta el miércoles que lo supe, cuando el amigo Wilfredo Cancio Isla me telefoneó para decirme dónde se hallaba.

Fui a su encuentro inmediatamente. Pude comprobar que, aunque tropelosas y revueltas, las imágenes de aquel 19 de marzo de 2003, en el poblado de Corralillo, en la costa norte de Villaclara, cuando la policía política, en un aparatoso despliegue de autos patrulleros rodearon su casa para arrestarlo, aún rebullen en su recuerdo.

Pude comprobar que cada día de celda, cada hora de sobresalto, cada asco frente a alimentos incomibles, cada maltrato físico y psicológico, están latiendo ante su mirada, como aterrada aún.

Enfermo de los riñones e hipertensión arterial, seriamente afectado de trastornos psíquicos, fue excarcelado bajo una licencia extrapenal con la promesa de que viajaría.

De sorpresa, lo condujeron desde una penitenciaría en Villaclara hasta el Combinado del Este en La Habana y en pocas horas lo atildaron con una camisa y una corbata que le entregaran las autoridades cubanas antes de conducirlo al aeropuerto internacional José Martí. Despertó, casi sin concebirlo, en un hostal de Madrid.

Pero Miami es un abrazo de cubanía. Bastaron algunas llamadas telefónicas, gestiones de amigos, colaboración de funcionarios, y Antonio Augusto Villarreal no tendrá que ir a Arizona, como estaba previsto, sino que ocupará un apartemento de la Pequeña Habana, donde su hija adolescente gozará nuevamente la privacidad de una habitación para ella y el aún recuerdo fresco de sus muñecas

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