Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
Carlos Alberto Montaner nació en Cuba, es escritor y periodista. Su último
libro es la novela La mujer del coronel (Alfaguara, 2011)
España no tiene cómo lograr que los argentinos compensen
adecuadamente a Repsol por la expropiación de la empresa. Es
una batalla perdida. Los argentinos pagarán lo que les dé la gana y
cuando les dé la gana. Hace una década, declararon la suspensión de pagos
de la deuda soberana, algo mucho más grave, y no pasó nada.Impunidad total.
Borges opinaba que los peronistas no eran ni buenos ni malos; eran
incorregibles. Tenía razón. Este episodio lo demuestra.
Al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner le es políticamente rentablemostrarse duro "contra la arrogante empresa extranjera que se
llevaba los beneficios y dilapidaba los recursos nacionales". Ese es un
discurso que los argentinos vienen escuchando desde hace setenta años
y la mayor parte se lo cree. Trae votos y genera simpatías. Incluso, tiene
algunos partidarios en España. A los comunistas españoles les parece
muy bien que el Estado nacionalice y estatice las empresas. Es una
cuestión de principios.
Ya algunos políticos y funcionarios argentinos han advertido en un tono
amenazante, deliberadamente ambiguo, que en el país hay otras grandes
empresas españolas que pueden ser afectadas por la posición que
adopte España. Entre las compañías rehenes están Telefónica y los bancos
Santander y Bilbao Vizcaya. O Madrid se porta bien con Buenos Aires,
o ellas pagan la estatización de Repsol. Es muy fácil presionarlas. Basta
una pinza entre el acoso sindical y los inspectores fiscales para que cunda
el pánico.
Pero hay más. Queda la posibilidad de solicitarle a Repsol miles de
millones de dólares por daños ecológicos. Si en Ecuador, a la petrolera
Chevron, pese a los acuerdos firmados hace veinte años para poner fin a
cualquier litigio, un juez local la condenó a pagar 6.300 millones de euros, o
13.600 si no se disculpaba, es muy probable que a Repsol le impongan una
multa mucho más severa. En Ecuador, 30.000 firmas acompañaron la querella.
En Argentina, a doña Cristina le será muy fácil recoger un millón. El
ambientalismo antiempresarial tiene muchos adeptos en
el país. Es muy popular.
Nadie debe sorprenderse de este episodio. En Argentina, los derechos de
propiedad son muy frágiles. Si el Gobierno es capaz de robarse los ahorros
de sus propios ciudadanos, como sucedió con el famoso corralito, o de
saquear las cajas de jubilación y continuar ganando elecciones, ¿cómo puede
alguien extrañarse de que una empresa extranjera sea despojada de
sus activos ilegalmente si le conviene al mandatario de turno? Los
clásicos lo decían con un tonillo barroco: "El que con infante pernocta,
escarmentado alborea". O sea, lo orinan.
Cuando vino el período de privatizaciones en Argentina, en torno al
año 1990, algunas empresas extranjeras se beneficiaron del clima de
corrupción con que se llevaron a cabo esas transacciones. Así se
hicieron grandes fortunas por encima y por debajo de la mesa. Precedente
que convierte en hipocresía cualquier invocación actual del Estado de Derecho.
Argentina no es Suecia. Nunca lo fue. Eso se sabía.
Hay dos lecciones relacionadas al derecho que pueden aprenderse de todo
esto. La primera es que resulta enormemente riesgoso invertir en donde
no existe seguridad jurídica. La ganancia fácil de hoy se convierte en una
pérdida colosal cuando cambian las tornas. Tiene mucho más sentido
competir en el difícil primer mundo, con reglas claras y árbitros imparciales,
aunque la tasa de beneficios sea menor, que llevar los ahorros a donde, de
la noche a la mañana, todo el esfuerzo empresarial desaparece por la venalidad
o la conveniencia de los políticos.
La segunda lección es que si nos dan alguna ventaja injusta para entrar
en un mercado (y no me refiero a Repsol, pues le supongo rectitud y transparencia),
esa facilidad que hoy disfrutamos mañana la tendrá otro que, gracias a sus conexiones, también nos desplazará injustamente. Aquella frase de Groucho
Marx en la que expresaba su decisión de no pertenecer a ninguna asociación o
club tan degradado que fuera capaz de aceptarlo puede aplicarse al mundo empresarial: no vale la pena ganar hoy haciendo trampas de la mano del
Gobierno, mañana nos tocará perder del mismo modo. El que a trampa
mata, a trampa muere.