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Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.

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Argentina, España e YPF: Por Carlos Alberto Montaner

23-04-12

Carlos Alberto Montaner nació en Cuba, es escritor y periodista. Su último

libro es la novela La mujer del coronel (Alfaguara, 2011)


España no tiene cómo lograr que los argentinos compensen

adecuadamente a Repsol por la expropiación de la empresa. Es

una batalla perdida. Los argentinos pagarán lo que les dé la gana y

cuando les dé la gana. Hace una década, declararon la suspensión de pagos

de la deuda soberana, algo mucho más grave, y no pasó nada.Impunidad total.

Borges opinaba que los peronistas no eran ni buenos ni malos; eran

incorregibles. Tenía razón. Este episodio lo demuestra.

 

Al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner le es políticamente rentablemostrarse duro "contra la arrogante empresa extranjera que se

llevaba los beneficios y dilapidaba los recursos nacionales". Ese es un

discurso que los argentinos vienen escuchando desde hace setenta años

y la mayor parte se lo cree. Trae votos y genera simpatías. Incluso, tiene

algunos partidarios en España. A los comunistas españoles les parece

muy bien que el Estado nacionalice y estatice las empresas. Es una

cuestión de principios. 

 

Ya algunos políticos y funcionarios argentinos han advertido en un tono

amenazante, deliberadamente ambiguo, que en el país hay otras grandes

empresas españolas que pueden ser afectadas por la posición que

adopte España. Entre las compañías rehenes están Telefónica y los bancos

Santander y Bilbao Vizcaya. O Madrid se porta bien con Buenos Aires,

o ellas pagan la estatización de Repsol. Es muy fácil presionarlas. Basta

una pinza entre el acoso sindical y los inspectores fiscales para que cunda

el pánico.

 

Pero hay más. Queda la posibilidad de solicitarle a Repsol miles de

millones de dólares por daños ecológicos. Si en Ecuador, a la petrolera

Chevron, pese a los acuerdos firmados hace veinte años para poner fin a

cualquier litigio, un juez local la condenó a pagar 6.300 millones de euros, o

13.600 si no se disculpaba, es muy probable que a Repsol le impongan una

multa mucho más severa. En Ecuador, 30.000 firmas acompañaron la querella.

En Argentina, a doña Cristina le será muy fácil recoger un millón. El

ambientalismo antiempresarial tiene muchos adeptos en

el país. Es muy popular.

 

Nadie debe sorprenderse de este episodio. En Argentina, los derechos de

propiedad son muy frágiles. Si el Gobierno es capaz de robarse los ahorros

de sus propios ciudadanos, como sucedió con el famoso corralito, o de

saquear las cajas de jubilación y continuar ganando elecciones, ¿cómo puede

alguien extrañarse de que una empresa extranjera sea despojada de

sus activos ilegalmente si le conviene al mandatario de turno? Los

clásicos lo decían con un tonillo barroco: "El que con infante pernocta,

escarmentado alborea". O sea, lo orinan.

 

Cuando vino el período de privatizaciones en Argentina, en torno al

año 1990, algunas empresas extranjeras se beneficiaron del clima de

corrupción con que se llevaron a cabo esas transacciones. Así se

hicieron grandes fortunas por encima y por debajo de la mesa. Precedente

que convierte en hipocresía cualquier invocación actual del Estado de Derecho.

Argentina no es Suecia. Nunca lo fue. Eso se sabía.

 

Hay dos lecciones relacionadas al derecho que pueden aprenderse de todo

esto. La primera es que resulta enormemente riesgoso invertir en donde

no existe seguridad jurídica. La ganancia fácil de hoy se convierte en una

pérdida colosal cuando cambian las tornas. Tiene mucho más sentido

competir en el difícil primer mundo, con reglas claras y árbitros imparciales,

 aunque la tasa de beneficios sea menor, que llevar los ahorros a donde, de

la noche a la mañana, todo el esfuerzo empresarial desaparece por la venalidad

o la conveniencia de los políticos.

 

La segunda lección es que si nos dan alguna ventaja injusta para entrar

en un mercado (y no me refiero a Repsol, pues le supongo rectitud y transparencia), 

esa facilidad que hoy disfrutamos mañana la tendrá otro que, gracias a sus conexiones, también nos desplazará injustamente. Aquella frase de Groucho

Marx en la que expresaba su decisión de no pertenecer a ninguna asociación o

club tan degradado que fuera capaz de aceptarlo puede aplicarse al mundo empresarial: no vale la pena ganar hoy haciendo trampas de la mano del

Gobierno, mañana nos tocará perder del mismo modo. El que a trampa

mata, a trampa muere.   

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