Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
El colombiano, desde que obtuvo el Nobel, pretendía que tras su nombre se mantuviera aquello de “máximo exponente”. Primero fueron amigos, luego el tiempo, la política, los celos y un puñetazo los alejaron.
Cuando en 2010 le dieron el Nobel a Vargas Llosa, la crítica se ponía de acuerdo en declarar la bicefalia del llamado boom hispanoamericano. Hasta entonces García Márquez pretendía que tras su nombre se mantuviera aquello de máximo exponente. Pero el colombiano –Nobel en el 82– se estaba quedando lastrado por su apoyo a los dinosaurios de Cuba, por un inmovilismo tan político como literario, y por el exceso de bótox que necesitan sus libros, propensos a envejecer mal. Mientras, Vargas Llosa recogía aplausos transversales y abrazaba el liberalismo con el mismo entusiasmo juvenil con el que antes leía a Mao. Un duelo inevitable entre quienes fueron amigos, enfrentados luego por el tiempo, la política, los celos, y hasta un puñetazo.
El selecto club y el resto de la plantilla
Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Julio Cortázar y José Donoso. Por ahí va la alineación titular del selecto club de la novela latinoamericana, llamado boom: un colombiano, un peruano, un mexicano, un argentino y un chileno. Hubo una fecha de gestación algo antojadiza: 1962, cuando La ciudad y los perros del peruano obtuvo el Premio Biblioteca Breve; otros defienden que fue en 1963, cuando el argentino publicó Rayuela.
Hubo un libro de entrevistas que estableció el canon del movimiento que el chileno Luis Harss acertó al titular Los nuestros (1966), un aparato editorial español –Carlos Barral y la agente literaria Carmen Balcells– y mucha ficción, nóbeles, más premios, además de autores caídos de la lista de La Mafia, como se apodaron los que se sentían brillar y gozaron de fama, prestigio y atención mediática.
También hubo pugnas internas, celos, odios irreconciliables que agrandaron la leyenda, y un punto de quiebra: la discusión sobre el arresto del poeta Herberto Padilla por parte del régimen cubano. William Faulkner se erigió en la figura tutelar del boom, entre otras influencias como las de James Joyce, Franz Kafka, Virginia Woolf, Henry James, Cervantes y el surrealismo francés. Y hubo, además, varias partidas de defunción, imprecisas, móviles, entre golpes y exilios. Hubo varios focos geográficos: México, Buenos Aires, Barcelona, París.
Pero las máquinas de escribir en Bogotá, La Habana, Lima, Santiago, Caracas o Montevideo, siguieron echando humo.
Y antes del boom también. Hubo un grupo fundamental de escritores latinoamericanos que formaban un superlativo canon: el argentino Jorge Luis Borges, el mexicano Juan Rulfo o el uruguayo Juan Carlos Onetti (quizás también el menos conocido de los narradores del boom y a la vez el más actual, según Vargas Llosa), entre los más apreciados. Otro precursor fue el cubano Alejo Carpentier, con su invención de lo real maravilloso.
Y hubo quienes permanecieron fuera del radar del boom por cuestiones ajenas a su calidad, como el argentino Manuel Puig, el uruguayo Felisberto Hernández o el brasileño João Guimarães Rosa.
Fuente: Gaceta.es