Me detuvieron el sábado 24 de marzo a las 8.00 am. Había salido a buscar pan para mis hijos y como desobedecí las órdenes de un paramilitar de las Brigadas de Respuesta Rápida, de no salir de casa, un jeep de la guardia operativa junto a oficiales del G-2 (Seguridad del Estado) se apareció para efectuar mi arresto.
Me han impuesto un proceso judicial por desorden público, según ellos, incurrí en ese delito al salir de mi casa. En protesta hice huelga de hambre y sed hasta que el martes amanecí sangrando de la garganta y decidí tomar agua tres veces al día desde ese momento hasta que me liberaron.
Dormí en el piso de la policía de San Germán por lo que no pude bañarme, ni hacer mis necesidades fisiológicas.
Como miembro de la pastoral de matrimonio, mi esposa Exilda Arjona y yo nos vimos impedidos de peregrinar a Santiago de Cuba, a ella le rodearon la casa con una veintena de efectivos durante esos días y le hablaron de detención inmediata si salía de allí.
Sobre la visita Papal y los discursos de ambas partes hablaré en unos días, digo, si es que por la televisión cubana los repiten y alcanzo a escucharlos. Hoy solo tengo fuerzas mas para pensar en los centenares de católicos y de creyentes detenidos por la policía cubana para impedirles que recibieran la bendición papal.
También reflexiono sobre lo ocurrido a la familia de Delmides Fidalgo en Buenaventura, Holguín, donde turbas alentadas por la policía política golpearon a sus hijas, rompieron objetos en su casa y mantuvieron detenido a un hombre que profesa la fe cristiana en una denominación que no es de la iglesia católica y que intentaba dirigirse a La Habana a una gestión personal y no a la misa del Papa.
Todavía hoy están reportando por emisoras fuera de Cuba que alcanzo a escuchar aquí, de personas lesionadas y amenazadas por un aparato parapolicial que prepara el genocidio de mañana. Ojalá el silencio del pueblo y de la Iglesia Católica Cubana se hayan roto para ese día.

