En lo que constituye otra repudiable muestra de su espíritu intrínsecamente intolerante, la dictadura de Raúl Castro condenó esta semana a cuatro disidentes por el ominoso “delito” de repartir volantes con consignas que reclamaban cambios políticos en Cuba, subyugada hace más de medio siglo por una oprobiosa dinastía familiar instaurada por Fidel y actualmente encabezada por su hermano menor. Esta desafortunada acción viene a reconfirmar, una vez más, la naturaleza autoritaria del despotismo marxista.
En un juicio de cuyo parcialismo no puede caber la menor duda, puesto que el sistema judicial de la isla no tiene ni el más mínimo vestigio de independencia ni autonomía, Walfrido Rodríguez, David Piloto y Luis Enrique Labrador fueron sentenciados a cinco años de cárcel, mientras que Yordani Martínez recibió una pena de tres años de prisión, por el grave “delito” de haber lanzado, el pasado mes de enero, unos volantes en los que reclamaban el fin de la dictadura.
La peor “osadía” de los hoy presidiarios la constituyó el hecho de haber realizado similar acción en el corazón mismo de la Plaza de la Revolución, emblema del oficialismo dedicado a conmemorar los “logros eternos” del régimen castrista. Por esta “afrenta”, los disidentes merecieron ser incluidos por el Gobierno en la lista de los opositores “mercenarios” a quienes Estados Unidos supuestamente financia con millones de dólares, sambenito con el que deben cargar todos aquellos que ansían y trabajan por la definitiva liberación del sufrido pueblo cubano.
Paradójicamente, estas nuevas arremetidas represivas del régimen policiaco que hoy reina en Cuba se producen en momentos en que Raúl Castro intenta convencer a la comunidad internacional de su generoso espíritu “aperturista”, gracias al cual se produjeron mínimas transformaciones que permitieron maquillar el perfil más oscuro y siniestro de su gobierno.
Entre las “reformas”, el dictador Raúl Castro negoció con la Iglesia Católica la liberación de decenas de presos políticos arrestados durante la denominada “Primavera Negra”, en marzo de 2003, a quienes se acusó de haber cometido otro “delito” grave: exigir cambios políticos en su país. La mayoría de ellos, sin embargo, fue forzada a tomar el infausto camino del exilio en España, ya que el Gobierno no pretendía darles cabida en su propio país.
Pero el hipotético reblandecimiento de los tiranos caribeños no llegó a durar mucho tiempo, y ahora vuelven a ensañarse con un grupo de humildes disidentes, condenándolos a subsistir en las oscuras mazmorras del régimen por haber ejercido su legítimo derecho a opinar y expresarse libremente.
Esta es precisamente la naturaleza misma de todo régimen autoritario, sea del signo ideológico que sea, proceda de la extrema derecha, como lo fue el de Stroessner, o, como en el caso que nos ocupa, de la extrema izquierda marxista de los hermanos Castro. La intolerancia es una característica esencial de todos los despotismos, y aunque por veces sus embestidas parezcan amainar, su lógica misma los lleva a expresar su dinámica de la forma y con los métodos más represivos que se puedan imaginar. Dicho en términos asequibles, los tiranos no pueden con su genio; al menor descuido siempre terminan mostrando la hilacha.
A pesar de ser esto tan claro, no faltan entre los exponentes de algunos partidos latinoamericanos de izquierda radical ciertas figuras contradictorias que ensalzan la dictadura de los hermanos Castro, intentando sin éxito confundir a la opinión pública al justificar el carácter represivo de aquel régimen por sus supuestos logros en materia de salud o educación, como si democracia y justicia social fueran dos principios o valores incompatibles: como los cubanos ya tienen un médico en el barrio y asisten a una escuela pública de mediana calidad, que se olviden de plantear cualquier reivindicación tendiente a exigir la vigencia de sus libertades públicas y el respeto a sus derechos humanos básicos. Los cubanos no tienen derecho a ser libres dentro de su patria. Deben emigrar para serlo.
Los paraguayos que conocieron en sus costillas en vivo y en directo los rigores del autoritarismo durante largas décadas y períodos enteros de nuestra historia, y llevan 22 años viviendo en un clima de garantías constitucionales y continuo florecimiento de las libertades políticas y civiles, de ninguna manera deben permitir jamás que los nostálgicos del totalitarismo o sus apóstoles actuales retrotraigan al Paraguay a esos sombríos escenarios del pasado, en que los atropellos y las arbitrariedades, como la injusta condena a estos pobres cubanos por esparcir unos cuantos volantes, eran la realidad agobiante y opresiva en que vivíamos.