29-2-2012
Al anunciar su hipócrita “perdón” a los periodistas del diario “El Universo” a quienes previamente había ordenado a sus jueces condenar a tres años de prisión y el pago de una exorbitante indemnización de 40 millones de dólares, el presidente ecuatoriano Rafael Correa proclamó que “la prensa corrupta, abusiva, ha sido vencida”. Un día antes, en una exaltada arenga, había exhortado a los pueblos latinoamericanos a “rebelarse” contra la “dictadura” ejercida, según él, por los medios de comunicación, del mismo tipo de esos que a él lo llevaron al poder.
La acusación del mandatario forma parte del largo rosario de trampas, excusas y ataques –en esto no hay nada de original– que los totalitarios del signo ideológico y de la época que sea esgrimían y esgrimen descaradamente para evitar el control y la crítica que los ciudadanos realizan sobre sus gobernantes, amparados en su derecho a expresarse libremente en cualquier forma, sobre todo a través de los medios masivos de comunicación, LA PRENSA en sus diferentes modalidades, radios, diarios y canales de TV.
Obviamente, las embestidas de los autócratas arrecian SOLO contra los medios independientes, aquellos que cumplen acabadamente la necesaria tarea de contralor de los poderes del Estado, principio que constituye uno de los componentes fundamentales sobre los que se sustenta todo sistema político democrático, así a secas, sin “ismos” ni “istas”.
Suponemos que ni Correa ni su mentor bolivariano, el gorila Hugo Chávez, invocan a una “rebelión” ciudadana contra aquellos medios de comunicación que son partidarios de sus respectivos gobiernos, o que están directamente en manos o bajo el control del Estado. Ellos, desde luego, son parte de los planes de dominación y control político de quienes los conciben y dirigen, por lo tanto, pensamos que no es contra esos que va dirigida la delirante exhortación.
Las acusaciones y los ataques se orientan a los medios de comunicación que los incomodan con sus informaciones e investigaciones, los que con sus publicaciones develan las maquinaciones que urde el poder, los negociados merced a los cuales sus principales referentes abultan cada día sus faltriqueras con los recursos robados a sus pueblos, que escrutan las cuentas del Estado y evidencian los excesos de toda índole. Tal vez esa sea la prensa “corrupta” a la que se refiere el presidente Correa.
Tal como sucede en la Cuba de los hermanos Fidel y Raúl Castro, hasta donde sabemos la “prensa corrupta” y “mercenaria” es aquella que se niega a rendir pleitesía a los mandones de turno, la que no se alinea mansamente con los dictados que proceden desde las esferas del poder. Es el mismo tipo de agravios y trato que aquí, en el Paraguay, los medios de comunicación independientes recibíamos durante los aciagos años del “Único Líder” por parte de los más fanáticos defensores de la dictadura stronista, la siniestra “Voz del Coloradismo”.
Sean de extrema derecha o de izquierda, lo que sucede en realidad con los totalitarios es que odian la libertad de prensa, no toleran ciudadanos que emitan su opinión basados en la información oportuna y criteriosa que los distintos medios de comunicación les proporcionan, porque ello significaría impugnar de plano sus pretensiones de ejercer el poder omnímodo con el que sueñan, sin control de ningún tipo, sin nadie que cuestione sus chanchullos administrativos ni sus violaciones a los derechos humanos de parte o toda la población del país al que doblegan.
Por su parte, el bolivarianismo, digno heredero de los abusos de autoridad característicos de la dictadura castrista, solo quiere el elogio fácil y el sometimiento de una prensa genuflexa a su servicio. Por eso sus principales líderes buscan evitar contacto con los medios independientes, eluden las entrevistas personales, persiguen a los periodistas críticos y vituperan constantemente a sus directivos, al mismo tiempo que utilizan los medios públicos para hacer interminables peroratas destinadas a “adoctrinar” a sus pueblos, hablar a sus anchas, destacar sus innumerables “logros” y, por supuesto, esquivar las preguntas “impertinentes”.
Como el caso que él creó se parece mucho a lo que describimos, valdría la pena, pues, que el mandatario ecuatoriano aclare si su llamado a la “rebelión” es contra todos los medios de comunicación en general, incluyendo los que son favorables al gobierno o están bajo su control, o única y exclusivamente es contra aquellos que le son críticos o decididamente adversos. Si es que lo hace, seguramente los pueblos latinoamericanos estarán en condiciones de decidir con más justicia si es que aceptan o no su singular exhortación.