Por Pablo Morales Marchan.
LA HABANA, 19 de septiembre.- En la sociedad cubana la violencia se manifiesta en todos los órdenes. Unas veces de manera subliminal y disimulada; otras, más descarnada a nivel verbal, psicológica y física.
La más visible -y no menos peligrosa- es la practicada por los adolescentes en sus relaciones diarias cuando se encuentran en la calle, de ida o regreso de las escuelas.
Estos grupos etarios, entre 12 y 17 años de edad, irrumpen de manera incorrecta en las plazas, parques y transportes público, incluso cuando están de descanso durante los fines de semanas.
La estridente música urbana en todas sus variantes, entre ellas el reggaetón, alimentan una actitud casi antisocial caracterizada por el bajo nivel artístico de las letras de sus canciones, la peyorativa forma en que se refieren al sexo femenino y la grosera representación en que detallan los pormenores de una conducta sexual irresponsable.
El General Raúl Castro Ruz reconoció en uno de sus recientes discursos -tardíamente- que en Cuba hay instrucción en el pueblo, pero no cultura, en el más amplio concepto, y llamaba a los padres y a las instituciones oficiales a combatir las ilegalidades y las conductas antisociales para erradicar este mal de raíz.
La familia, que según el concepto de la ideología marxista leninista es la célula fundamental de la sociedad, está escindida -ex profeso- por el régimen, que en aras de su supervivencia exporta militares, educadores, deportistas y técnicos de la salud, entre otros.
Estos profesionales trabajan por magros salarios que representan grandes ganancias para el régimen, que los envía al tercer mundo como parte de su campaña política de “altruismo desinteresado”, llamado eufemísticamente internacionalismo proletario, que no es más que trabajo de inteligencia militar y adoctrinamiento ideológico.
No hay tiempo para que la familia se reúna y hable de sus intereses, planes en conjunto, intercambio de afectos, ayuda mutua y consolidación de valores éticos y morales. Existe una simulación muy grande y la mentira es práctica cotidiana.
La violencia doméstica y de género no se queda atrás, y los hechos de sangre y vandálicos ejecutados por pandillas y hermandades secretas ponen al descubierto una cultura marginal, que confirma el fracaso del régimen en todos los órdenes de la sociedad.
Debido a la violencia intrínseca de su intolerancia política la dictadura castrista es la menos indicada para llamar al orden, porque en sí misma ella genera desorden y violación de los derechos más elementales.
Fuente: Hablemos Press
