Miguel Ángel Moratinos, ex ministro de Relaciones Exteriores español, se fue este fin de semana a Cuba a cosechar lo que sembró: apoyo incondicional.
La otrora carta de triunfo del régimen castrista en Europa, relevado de su puesto el año pasado por el presidente Rodríguez Zapatero, es candidato a ocupar la cartera de director general de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Y, a propósito de su campaña, no se le ha ocurrido nada mejor que pedir ayuda a los hermanos Castro, a quienes sirvió con devoción y entusiasmo durante su período como canciller del Reino de España. Sencillamente, Moratinos está cobrando por sus servicios.
En sus seis años como jefe de la diplomacia española este títere se distinguió por defender el cambio de la llamada Posición Común de la Unión Europea hacia la dictadura cubana. Tras su frenética actividad procastrista, en 2008 el bloque decidió levantar las sanciones contra el régimen impuestas tras la detención de 75 disidentes y periodistas independientes en 2003. Antes, Moratinos había logrado interrumpir la participación de los opositores cubanos en la celebración de las fiestas nacionales españolas celebradas en su embajada en La Habana, cediendo así a las presiones de los Castro. Varias veces visitó la Isla, pero sin dignarse a recibir a la disidencia interna. Todo un historial de complicidad con la dictadura más longeva del hemisferio.
Además del inefable Moratinos, aspiran a la dirección de la FAO el austríaco Franz Fischler, el brasileño José Graziano da Silva, el indonesio Indroyono Soesilo, el iraní Mohamad Saeid Noori y el iraquí Abdul Latif Rashid. Cualquiera de ellos es preferible a esta bestia negra de la sociedad civil cubana, cuyo futuro ha contribuido como ningún otro diplomático de Occidente a retrasar