Por Ernesto Aquino Montes/ Hablemos Press.
La Habana.- Si algo no le resulta difícil a un cobarde es ofrecer, en servidumbre, los escasos quilates de su hombría en deleznables conciliábulos canallas, y profanar el cadáver de su prestigio arrojándolo a los pies de un miserable.
Si tuviera que escoger un nombre que representara la degradación en movimiento, a pesar de algunos ilustres de la nueva izquierda latinoamericana, sin dudas, el que posee mayor contenido de vileza es el presidente nicaragüense Daniel Ortega, un hombre tan corrompido y despreciable que por asociación sólo se le puede comparar con él mismo.
Sólo tiene capacidad para dos pensamientos: uno sentado y otro de pie.
Este insignificante insecto político, con ese aspecto tórpido y alelado que ofrecen en el semblante algunos deficientes, se ha convertido –por obra y gracia del sublime trastorno de un depravado moribundo- en el pregonero de una ideología fantasmal que me recuerda a un hombre que para escapar de la muerte decidió suicidarse.
Fidel Castro, en uno de sus muchos esfuerzos por no desaparecer solo, ha movilizado a ese micro-organismo bacteriano para que represente su discurso aprovechando las viejas partituras de su oratoria histérica y desfachatada, además de utilizarlo para que
se desempeñe en el triste papel de delator emergente.
Ahora resulta que Daniel-Arnoldo Ortega-Alemán se ha transformado en el representante faldero del socialismo parásito del viejo hurón de la Sierra Maestra, y para darle carácter oficial a su nombramiento le ha permitido figurar, como invitado de honor, en la Mesa Redonda: Uno de los principales desagües sanitarios del “compañero” Fidel.
Para quien no tiene algo que ofrecer es un privilegio la complicidad del que nada puede dar.
Daniel Ortega es un desecho residual; una de esas obscenidades de la deshonra que el desprecio tolera en nombre de la compasión. Y cuando la historia común lo vea desaparecer, en el profundo silencio de los innecesarios, el olvido tratará inútilmente de recordar su nombre.