Yoani Sánchez, que obtuvo varios premios por su trabajo periodístico, nunca pudo retirar ninguno de ellos ya que el gobierno de los hermanos Castro se lo impidió siempre. Ahora, después de esperar cinco años que le dieran un pasaporte, pudo lograrlo ya que el pasado 14 de enero entró en vigor una medida aperturista tomada por los Castro y anunciada con bombos y platillos a los cuatro vientos, coreada por sus seguidores de aquí y de allá. A todos ellos les parecía una medida extraordinaria, de notable inteligencia y que ponía en evidencia los aires democráticos del régimen. ¿De qué se trataba? El Gobierno se mostraba dispuesto a otorgar el pasaporte a casi todos los cubanos, no a todos, pues la ley en cuestión aclara que, por motivos “de interés público” o de “seguridad nacional”, se puede negar dicho documento. Y, de hecho, ya se lo han negado a numerosas personas. Vale decir: aquello que se reconoce en cualquier régimen medianamente democrático, ni siquiera ejemplarmente democrático: el derecho que tienen los ciudadanos de poder moverse libremente dentro de su propio país y salir y entrar cuando así lo quisieran. Un “derecho”, justamente la palabra que se calla en el documento firmado por los hermanos Castro.
Yoani Sánchez llegó al Brasil y se registraron manifestaciones a favor y en contra. En Salvador de Bahía, unas ochenta personas quisieron impedir la exhibición de una película documental que iba a ser presentada por ella. Como respuesta, Sánchez decidió suspender la película y les propuso a los manifestantes realizar un debate. Luego, en su cuenta de Twitter escribió: “Esta noche he participado en un debate que yo catalogo de ‘gritos contra argumentos’, de ‘consignas’ contra ‘ideas”. Pero la respuesta contundente fue cuando les dijo a los periodistas que le pedían su opinión al respecto: “Así es y debe ser la democracia, la misma democracia que queremos para Cuba”. Luego apuntó algo que le llamó la atención: “Todos tenían el mismo material, impreso de la misma forma, con los mismos colores y palabras. Como si alguien les hubiese distribuido a esos ‘enérgicos’ el mismo dossier en mi contra... ¡Qué casualidad!”.
Cuando llegó al aeropuerto de Recife se encontró también con dos grupos; uno, de gente que le daba la bienvenida. El otro la insultaba a gritos. Sus pancartas decían: “Viva Fidel” y “Yoani vendida a los yankees”. Su reacción fue simple: “Al llegar –escribió ese día en su cuenta de Twitter– había muchos amigos dándome la bienvenida y otras personas gritándome insultos. Ojalá en Cuba se pudiera hacer lo mismo. ¡Viva la libertad!”.
Corresponsal del periódico español “El País”, el más importante y el de mayor influencia, habló largamente sobre esta experiencia y ante la pregunta sobre la posibilidad de que no le permitieran regresar a Cuba dijo: “Yo reúno todos los requerimientos legales para el retorno. Si me impidieran la entrada legal, lo único en que me convertirían es en una balsera en dirección contraria, así es que no creo que lo hagan”.
Yoani Sánchez es una mujer de ideas claras, bien definidas. Ante quienes se manifestaban en su contra en Recife dijo que la experiencia fue “muy interesante”, pues “las situaciones difíciles ayudan a probar argumentos y a afilar ideas. Este conteo va dos a cero y no es a favor de los extremistas”. Una verdadera cátedra para nuestra izquierda cavernaria que hasta el momento solo ha buscado acallar las voces en disidencia para imponer, sin cuestionamientos, su propio discurso. Y esta es la política del pensamiento único a la que muchos le estamos diciendo no.
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ABC Digital/Paraguay