No se sabe a ciencia cierta si Díaz-Canel es el verdadero candidato de los Castro o hay un tapado desconocido, que podría ser hijo o yerno del Líder Máximo o de su hermano.
Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
No se sabe a ciencia cierta si Díaz-Canel es el verdadero candidato de los Castro o hay un tapado desconocido, que podría ser hijo o yerno del Líder Máximo o de su hermano.
¡Aleluya!, salió la fumata blanca en La Habana: los hermanos Castro han encontrado al hombre providencial que tomará las riendas del poder en Cuba cuando los dos octogenarios no puedan más con su alma y se retiren a sus casas.
El elegido se llama Miguel Díaz-Canel, tiene 52 años, es ingeniero eléctrico y ha ocupado cargos importantes en el Partido Comunista, el único existente en la Isla. Sin embargo, ese apparatchik de libro, obediente y discreto, tendrá que armarse de paciencia hasta el año 2018: en esa fecha terminará el mandato de Raúl Castro, que dirige el país desde que su hermano Fidel enfermó en 2006.
Como lo han comentado casi todos los cubanólogos, la designación de Díaz-Canel como primer vicepresidente es un hecho sin precedentes desde 1959. Nunca un político nacido después de la Revolución había llegado a tan alto puesto. Se trata sin duda de un cambio generacional, pero nada más, ya que el proceso se hizo por la vía autoritaria que ha caracterizado al régimen cubano durante más de medio siglo. Fue un dedazo desde el más alto nivel del Estado —léase Fidel y Raúl—, ratificado luego por la Asamblea Nacional del Poder Popular, cuyos 612 diputados fueron aleccionados previamente para que el voto fuera unánime.
Por lo tanto, estamos asistiendo a un traspaso biológico, que no va acompañado de una transición política hacia un sistema democrático. Además, no hay ninguna garantía institucional de que Díaz-Canel llegue efectivamente a ocupar el cargo de jefe del Estado en 2018. En cinco años pueden pasar muchas cosas, si no pregúntenselo a otros ilustres miembros del régimen, supuestos reformistas, como los Aldana, Robaina, Lage o Pérez Roque, que subieron como la espuma y obtuvieron cierto reconocimiento internacional, para ser luego defenestrados sin miramientos porque "se rindieron ante las mieles del poder" (palabras de Fidel Castro a propósito de los dos últimos de la lista).
Tampoco sabemos a ciencia cierta si Díaz-Canel es el verdadero candidato de los Castro o si hay un tapado desconocido, que podría ser un hijo o un yerno del Líder Máximo o de su hermano. El comunismo dinástico ya existe en Cuba y podría prolongarse, como en Corea del Norte. Ahora bien, quienquiera que sea el delfín, Raúl Castro ha delimitado claramente los parámetros de su futura actuación. Para ello, el mandatario ha repetido la frase que se ha convertido en su lema desde que asumió sus actuales funciones: "No me eligieron presidente para restaurar el capitalismo en Cuba, ni para entregar la Revolución. Fui elegido para defender, mantener y continuar perfeccionando el socialismo, no para destruirlo".
Esa es también la misión encargada a Díaz-Canel, cuya elección, ha dicho Raúl Castro, "reviste particular trascendencia histórica porque representa un paso definitorio en la configuración de la dirección futura del país, mediante la transferencia paulatina y ordenada a las nuevas generaciones de los principales cargos". El presidente cubano, que tendrá 86 años al terminar su actual mandato, se ha dirigido también a "aquellos que dentro o fuera del país, con buenas o malas intenciones", piden que Cuba acelere el paso de sus reformas: "les decimos que continuaremos sin prisa, pero sin pausa, con los pies y los oídos bien pegados a la tierra, sin terapias de choque contra el pueblo y sin dejar a ningún ciudadano desamparado, superando la barrera del inmovilismo y la mentalidad obsoleta en favor de desatar los nudos que frenan el desarrollo de las fuerzas productivas, o sea, el avance de la economía, como cimiento imprescindible para afianzar los logros sociales de la Revolución en la educación, la salud pública, la cultura y el deporte".
Todo está dicho en esas palabras rimbombantes: la prioridad es la economía, no la reforma política. Seguirá la perestroika (reestructuración económica), emprendida a paso de tortuga por Raúl Castro, pero nada de glasnost (transparencia política), que acabó con la URSS y con el comunismo soviético. Que nadie se haga ilusiones, nos dicen los Castro: en Cuba, no viene ningún Gorbachov ni tampoco un Adolfo Suárez, el hombre que encabezó la transición española después de 36 años de dictadura franquista.
Ante ese panorama deprimente, la comunidad internacional guarda un silencio prudente, con excepción de unos comentarios positivos sobre el cambio generacional: algunos ven como una buena noticia el solo hecho de que un hombre de 52 años sustituya en la primera vicepresidencia a José Ramón Machado, que representa, a sus 82 años, el ala más reaccionaria del régimen. Sin embargo, los cambios reales están todavía por venir y, sin ellos, es muy improbable que la economía levante cabeza y que los cubanos recuperen su vitalidad de antaño.
Diario de Cuba