Por Roberto de Jesús Guerra Pérez/ Hablemos Press.
La Habana, 7 de noviembre.- Directivos de la delegación del
Partido Republicano de Cuba (PRC) -en el municipio Habana
Vieja-, detenidos por lanzar proclamas desde un edificio, se encuentran
en el temible Departamento Técnico de Investigaciones (DTI), de
100 y Aldabó.
"Nayllibis de la Caridad Corrales Jiménez, Josiel Guía Piloto y Yander
Farres Delgado, todos miembros de la dirección del PRC en la Habana
Vieja, fueron detenidos por la Seguridad del Estado
el pasado miércoles ", informa Deisis Ponce Arencibia, miembro
del Movimiento Damas de Blanco.
Ponce, explicó: "Ellos, se encontraban dentro de su casa; allí, han hecho
una escuelita de desobediencia civil, y Josiel se paró en la puerta con
una cámara fotográfica y comenzó a tomar imágenes del operativo
policial que había sido desplegado desde la mañana, y en ese momento,
un agente lo haló para afuera, y entre él y varios agentes más
lo comenzaron a golpear. Ante este abuso manifiesto, los activistas
que se encontraban dentro de la vivienda comenzaron a gritar
consignas y a tirar proclamas; éstas, cayeron arriba de un camión
cisterna, que cuando echó andar las esparció por la calle. Algunas
de estas proclamas rodaron para dentro de una escuela primaria.
Fue entonces cuando agentes de la Policía Nacional y la
Seguridad del Estado irrumpieron violentamente en la casa,
detuvieron también a Nayllibis y a Yander e iniciaron un registro
que duró varias horas. Se lo llevaron todo. Sólo dejaron los libros de
religión. Desde entonces Nayllibis, Josiel y Yander se encuentran
bajo un proceso investigativo en 100 y Aldabó".
Aseguran varios activistas de derechos humanos, que cada miércoles,
un grupo de miembros del PRC intentan reunirse, en la Habana Vieja,
para hablar de derechos humanos y desobediencia civil; pero, la
policía monta operativos para impedir que otros opositores entren al
local.
Seis meses y 8 días en 100 y Aldabó
Este reportero, pasó seis meses y 8 días en 100 y Aldabó,
conocido nacionalmente así por la dirección donde se encuentra
ubicado. Es un centro temible para la población cubana en
general. El procedimiento que usan las autoridades allí, para
obtener información, es la de mantener al detenido por un
tiempo indeterminado en condiciones inestables, en las que se
incluyen torturas físicas y psicológicas, como la de mantenerte en
celdas tapiadas, de 3x2 metros, a más de 38 grados de calor,
y luego llevarte -a cualquier hora-, a cuartos para
interrogatorios, climatizados a temperaturas muy bajas, con la
intención de que declares lo que sabes.
Los detenidos en 100 y Aldabó, son obligados a usar un short y una
camisa sin mangas (traje de peloteros, como le llaman los
detenidos a modo de burla). En esas condiciones, son llevados a los
cuartos de interrogatorio donde el instructor espera, vestido con un
buen traje verde olivo o abrigo, y en ocasiones, se burla diciendo:
“¿tienes frío?, yo no tengo”.
Éstas, son formas de torturas que no dejan huellas físicas visibles,
pero de allí, salí con cinco enfermedades, una de ellas, un
enfisema pulmonar ocasionado por la humedad. Otros detenidos,
que he visto luego en la calle, también me dicen que enfermaron;
dos de ellos, Sebastián y Efraín, fallecieron por enfermedades
pulmonares.
En mi caso, se me acusaba de desorden público; no tenía nada que
declarar, pero igual me sacaban tres veces por día, para que
mis torturadores -Águila, Jasón, José Carlos u otro instructor-, de la
Sección 21, de Villa Marista entrenados para torturar, me vieran la cara
y me torturaran.
Las visitas familiares -un día a la semana- son solo diez minutos,
que se convierten en cinco. Eres vigilado todo el tiempo por uno
o dos guardias y el instructor que permanece a tu lado. Está prohibido
hablar sobre tu caso. Si comienzas hablar de las condiciones en
que te mantienen en las celdas se termina la visita.
El pasillo de cada piso, que comunica las celdas con los cuartos
de interrogatorio, da la imagen de las puertas de neveras en un
frigorífico.
Las celdas en 100 y Aldabó, de 3x2, están diseñadas para sentir
el olor constante del orine y el excremento; el calor es
insoportable a cualquier hora del día. En invierno, casi no se puede
dormir, porque las temperaturas son muy bajas. No te permiten
tener colchas ni más de una enguatada. Estuve allí desde el 13 de
julio del 2005 hasta el 20 de enero del 2006. Pasé verano e invierno
allí. Y en mi cuerpo, tengo las marcas de las quemaduras del rose
de la cama de hierro incrustada en la pared con cadenas. Nunca
acepté colchón ni sábanas, sólo me acompañaba una muda de ropa
blanca y una pequeña toalla que lavaba un día sí y uno no.
Allí, es mejor el calor que el frío. Por las noches me acostaba en
el piso y echaba un poco de agua para refrescar el cuerpo y respirar
un poco de aire más puro, por una pequeña abertura que había en la
parte inferior de la puerta. Ésta, puede que haya sido una de las causas
del enfisema, la tanta humedad y el humo del tabaco; porque las otras
tres personas que siempre me acompañaban fumaban tabaco.
¡Demasiada casualidad!
El baño, es una taza turca; un hueco en el piso, y unos centímetros
más arriba, en la pared, un tubo de donde sale agua en la mañana y
luego en la tarde -unos 20 minutos- para ser utilizado por las
cuatro personas confinadas allí.
Hice ocho huelgas de hambre para que me sacaran de allí. El 20
de enero, con 19 días sin comer, logré que me trasladaran a la cárcel
Nieves Morejón en la provincia Santi Spíritu, a unos 470 kilómetros
de la capital. Prefería estar lejos de mi familia que continuar viviendo
dentro de aquel infierno. Entré pesando 75 kilogramos y salí de allí
con 52. Una criollita.
Pasé por trece celdas, desde el primer piso hasta el cuarto. Estuve
en las celdas de castigo, varias veces, por reclamar mis derechos.
Conocí a cientos de delincuentes, muy nombrados en las prisiones.
También a muchos extranjeros y guardias que abusan contante mente
de los detenidos.
Te privan del sol, cortan el agua antes de tiempo, te quedas
enjabonado o pasan horas desde que pides un trozo de papel
para ir al baño. Te afeitan con la misma cuchilla que afeitan
a los demás. Borran tu identidad; te llaman por un número, el mío
era el 339.
Está prohibido leer, escribir o jugar. Pero los detenidos se
arriesgan, inventan dados de jabón o masa pan y hacen tableros de
ajedrez o parchís con pasta dental en las camas. Cuentan historias
que solo sucedieron en sus mentes, pues las 24 horas del día sólo te
sirven para dormir en el tiempo que no te llevan al cuarto de
interrogatorios.
Pasas todo el tiempo incomunicado. Sólo escuchas el sonido de los
pasos de los guardias por los pasillos, abriendo las puertas y llamando
por números o el carro del desayuno, almuerzo y comida. Por una
pequeña grieta que descubrí podía ver, en ocasiones, la marca SANYO
de un aire acondicionado de las oficinas de los militares, y en
ocasiones un gorrión bañándose en el polvo de un alero del edificio.
Escenas que jamás olvido.
Conocí a más de 40 custodios de SEPSA que permanecieron meses allí,
eran torturados contantemente para que declararan en contra de
sus compañeros y delataran a los cabecillas del grupo que
desviaban contenedores de artículos o los vaciaban en sus turnos de
trabajo. También muchos choferes de rastras, cuando el plan
adena o Batalla de Ideas. A los presos del motín en el Combinado
del Este, donde murieron guardias y reos; a Alexander y Maikel, uno
de los asaltantes de la CADECA de 23 y L; a Rafael Pérez
Vidal, un ciudadano mexicano que entró con dos kilos de cocaína
en su cuerpo; a Vladimir, el hombre que asesinó a su padre y
después se arrepintió y confesó; a los del caso carnicero…..
Decenas de casos que no me alcanzaría la noche para describir.
Las torturas físicas y psicológicas por las que deben estar pasando
Nayllibis de la Caridad, Josiel Guía y Yander Farres, en 100 y Aldabó,
son terribles y no se las deseo a nadie.
