31 DE MARZO DE 2012
Por sexta vez consecutiva desde el año 1994, los presidentes de los 34 países del continente que son miembros de la OEA se reunirán entre el 14 y 15 de abril próximo en Cartagena, Colombia. Cuba, que por decisión propia no integra el organismo, reclama su participación en el evento. Sin embargo, ante la falta de consenso de los demás países para posibilitar su asistencia, los hermanos Castro están jugando el papel que mejor saben desempeñar desde hace más de medio siglo: hacerse las víctimas y culpar a los EE.UU. Tras la visita efectuada a La Habana por el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, para informar a Raúl Castro que no lo invitarían al evento, el canciller cubano acusó a EE.UU. de ser el responsable de lo que llamó una “exclusión”. Lo único que queda en claro del lamento castrista es que todo ya estaba bien orquestado con la debida antelación para que en la Cumbre de las Américas, en vez de tratar los asuntos que son prioritarios para el desarrollo de los países que la integran, se siga hablando de un tema retórico sin ninguna relevancia para la vida diaria de los pueblos de nuestra región.
Por sexta vez consecutiva desde el año 1994, los presidentes de los 34 países del continente que son miembros de la Organización de los Estados Americanos (OEA) se reunirán entre el 14 y el 15 de abril próximo en Cartagena de Indias, Colombia. Cuba, que por decisión propia no integra el organismo hemisférico, reclama su participación en el evento. Sin embargo, ante la falta de consenso de los demás países para posibilitar su asistencia, los hermanos Fidel y Raúl Castro están jugando el papel que mejor saben desempeñar desde hace más de medio siglo: hacerse las víctimas y culpar a los Estados Unidos por la existencia de todos sus males.
Para comprender la situación actual, es necesario hacer algunas precisiones históricas. En el marco propio de la Guerra Fría, la Octava Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores de la OEA, celebrada en Punta del Este (Uruguay), adoptó el 31 de enero de 1962 la Resolución VI, por la cual, dado el régimen totalitario que se apoderó de la isla, se excluyó al gobierno de Cuba de su participación en el Sistema Interamericano. Desde entonces, y aunque en términos legales precisos no se trataba propiamente de una expulsión, la isla quedó marginada del más importante y antiguo organismo político hemisférico.
Hace casi tres años, la 39ª Asamblea General de la OEA, celebrada en San Pedro Sula (Honduras), dictó una resolución mediante la cual dejó “sin efecto” la norma adoptada en 1962. A su vez, los 34 jefes de delegación de los Estados Miembros decidieron en el mismo documento que “la participación de Cuba en la OEA será el resultado de un proceso de diálogo iniciado a solicitud del Gobierno de Cuba y de conformidad con las prácticas, los propósitos y principios de la OEA”.
A pesar de esta demostración de buena voluntad, entendida por algunos sectores como la corrección de un “error histórico” por parte de la organización regional, si bien el Gobierno cubano celebró la derogación de la resolución de 1962, se apuró en señalar que no tenía la más mínima intención de solicitar nuevamente su formal participación en la OEA.
Ahora sucede que Cuba, que expresa públicamente su repudio a la citada organización hemisférica, protesta por no poder participar de un evento –la Cumbre de las Américas– organizada desde un comienzo por la misma institución. Es decir, quiere departir con el resto de sus 34 naciones hermanas un par de días cada tres o cuatro años, pero se resiste a hacerlo oficialmente el resto de los 363 días del año. ¿Quién entiende, pues, al Gobierno cubano?
Tras la visita efectuada a La Habana por el presidente de Colombia y anfitrión de la Sexta Cumbre de las Américas, Juan Manuel Santos, para informar a Raúl Castro que no lo invitarían al evento dado que no había consenso entre los Estados miembros de la OEA para el efecto, el canciller cubano acusó al Gobierno de los Estados Unidos de ser el responsable de lo que llamó una “exclusión”.
No obstante, está claro que si Cuba hubiera aceptado la invitación que la OEA le formuló en 2009 para volver a participar en el organismo, el Gobierno de ese país sería un natural invitado a la citada cumbre sin mayor polémica, pero el que se negó a esa posibilidad fue el propio gobierno de Raúl Castro, no el secretario general del organismo, los Estados Unidos o cualquier otro país de la región.
Así las cosas, lo que quedó más que claro desde un principio en esta historia con ribetes novelescos es que lo que motiva a la dinastía cubana de los Castro a pretender asistir a la Cumbre de las Américas no es un legítimo interés de integrarse al hemisferio, formar parte de sus desafíos comunes y promover una cooperación constructiva con sus repúblicas hermanas, sino más bien generar polémica, victimizarse y alimentar antiguas y superadas rivalidades; en suma, ganar protagonismo en su esfuerzo por obtener legitimidad política internacional para la tiranía más antigua del continente.
El afán propagandístico quedó más en evidencia aun cuando algunos “aliados” del castrismo, sobre todo los mandatarios de los países que integran el ALBA, como el ecuatoriano Rafael Correa, salieron a defender al régimen castrista y a anunciar eventuales faltazos a la cita continental de abril próximo. Pero ya se sabe cómo terminan este tipo de anuncios... al final nadie quiere perder la ocasión de sentarse a una misma mesa con la principal potencia política, económica y militar del mundo, así que terminan asistiendo al encuentro con llamativa prestancia, como ya sucedió en Trinidad y Tobago, tres años atrás.
Lo único que queda en claro del lamento castrista es que todo ya estaba bien orquestado con la debida antelación para que el Gobierno de La Habana pudiera volver a armar su acostumbrado y consabido show; para que en la Cumbre de las Américas, en vez de tratar los asuntos que son prioritarios para el desarrollo de los países que la integran, se siga hablando de un tema retórico sin ninguna relevancia para la vida diaria de los pueblos de nuestra región.