En algunos ámbitos en los que existe cierta afinidad ideológica con el régimen que encabeza el gorila bolivariano Hugo Chávez, se insiste con sugestiva obstinación en los supuestos “beneficios” que significará para nuestro país el ingreso de Venezuela al Mercosur. Sin embargo, más allá de la cantinela propagandística, no se aporta ningún argumento específico concreto que demuestre de manera irrefutable a la opinión pública la conveniencia ni el valor hipotéticamente “estratégico” de incorporar a la Nación caribeña al proceso de integración regional.
Algunos referentes políticos nacionales aseguran que el desembarco de Chávez en el Mercosur es “conveniente”, pero no se molestan en explicar por qué motivo lo sería. Otros, un poco más rebuscados, señalan que se trata de uno de los mayores productores de petróleo del mundo y que, por lo tanto, no le podemos dar la espalda, pero tampoco abundan demasiado en los detalles y, además, olvidan que de hecho nuestros países ya tienen un ingente comercio petrolero con Venezuela, pero siempre con saldo favorable para el déspota bolivariano y no precisamente para nosotros.
Para Paraguay, por ejemplo, de entrada la importación del petróleo venezolano ya nos dejó un clavo de aproximadamente 300 millones de dólares, a pesar de que en nuestro país el combustible se paga al “taka taka”. La deuda del Uruguay, por su parte, es más del doble, superando a estas alturas los 650 millones de dólares. Es evidente que esta situación genera una lamentable e indeseable dependencia política, económica y comercial del régimen chavista. Sin Chávez en el Mercosur ya le debemos esto, con Chávez en el Mercosur quién sabe a cuánto aumentarán estas cifras. A esa torta de reyes es a la que apuntan Pepe Mujica y Lugo.
Otro sector, entre el que se encuentra el ministro de Relaciones Exteriores, Jorge Lara Castro, sostiene que si el Congreso paraguayo no acepta que Venezuela se incorpore al Mercosur, nuestro país quedaría en virtual estado de “aislamiento”, pero tampoco se digna explicar a la ciudadanía cómo y por qué se produciría tal situación, siendo que, muy por el contrario, quien se encuentra desconectado del mundo es el propio Chávez, entre otras cosas, por asociarse política y económicamente con regímenes de su laya, como el de los Castro en Cuba, los Ahmadineyad en Irán y cuantas tiranías existen a lo largo y ancho del mundo.
En suma, se plantean argumentos de manera aérea con la intención de generar adhesiones entre los desinformados o aquel sector de población joven que nació con posterioridad a 1989 y desconoce los atropellos tiránicos que sufrió el Paraguay en la época de la dictadura de Alfredo Stroessner.
Quienes tuvimos la desventura de soportar durante más de tres décadas los rigores del despotismo stronista sabemos muy bien por nuestras costillas que Paraguay y el tirano eran, en la práctica, una misma cosa. Él manejaba este país como si fuera una estancia personal suya; todo era propiedad de Stroessner, su familia y su gavilla, y la única ley posible era la palabra que salía de su boca. Ni más ni menos que lo que acontece en la actualidad en la atribulada Venezuela.
Por este motivo, no deja de llamar la atención que personas que sufrieron en sus propias costillas los embates de la dictadura, como el señor Guillermo Caballero Vargas, se declaren favorables al ingreso de Hugo Chávez al Mercosur, esgrimiendo argumentos tan baladíes como insustanciales, y desconociendo alegremente que
hoy Venezuela y el déspota que la subyuga se identifican, para desgracia del pueblo venezolano, en una misma e indisoluble identidad.
En la Venezuela de Chávez pasan exactamente las mismas cosas que aquí sucedían bajo la tiranía stronista. Se hostiga a la oposición, se manda al exilio a los políticos que le molestan al autócrata, se amordaza a los periodistas y se persigue a los directivos de los medios de comunicación, se cierran canales de televisión y radios independientes, se confisca sistemáticamente la propiedad privada, se fomenta la delación y se mantiene un régimen de partido único, algo que es absolutamente incompatible con las garantías que deben regir en un sistema democrático.
Alega el señor Caballero Vargas que las últimas elecciones registradas en Venezuela fueron validadas por el Centro Carter, como si el ejercicio de la democracia se agotara en un acto comicial, y olvidando que en la época de la dictadura de Stroessner igualmente había votaciones y organizaciones que legitimaban los triunfos electorales del tirano. Pero no se trata solamente de si ganó por los votos, sino también si gobierna respetando las exigencias de una democracia. ¿Lo hizo Stroessner? ¿Lo hace Hugo Chávez?
Cuesta pensar que si en el pasado se hubiera registrado una solicitud semejante para incluir a Stroessner en alguna organización internacional de países democráticos, Guillermo Caballero Vargas hubiera estado de acuerdo con que el entonces “Único Líder” fuera incorporado a la misma.
En todos los casos, se presentan propuestas interesadas y sesgadas. Nadie afirma que el Paraguay deba enemistarse con Venezuela. De hecho, tenemos plenas relaciones diplomáticas, políticas, económicas, comerciales y culturales. Por lo tanto, no cabe que algunos esgriman el ingreso de Venezuela al Mercosur como la panacea, dando a entender que si esto no sucediera estaríamos al borde del abismo.
Se trata de reconocer o no que el Mercosur tiene sus reglas de juego bien claras, y que, dado que fueron creadas libremente por sus propios Estados miembros, lo que corresponde es que se cumplan. Una de ellas, declarada “condición esencial”, es que sin plena vigencia de las instituciones democráticas en los países miembros no hay proceso de integración posible. Aceptar que una tal auspiciosa realidad política existe en la atribulada Venezuela sometida por el gorila Hugo Chávez es un acto de cinismo inaceptable.