Maduro con sus escasísimos recursos escenográficos de histrionismo de feria pretende escalar hasta la eminencia de los procesos institucionales al asumir actitudes de árbitro absoluto y dictar laudos y sentencias no solo a sus connacionales sino también a los países que están más allá de su esfera de influencia, como fue el caso de la intervención directa en los asuntos internos del Paraguay, siendo jefe de una gavilla que pisoteó todos los principios del derecho internacional del mundo civilizado, tratando de soliviantar a las Fuerzas Armadas en contra del veredicto y el dictamen final del juicio político que había sido acatado en todas sus consecuencias por el expresidente de la república, Sr. Lugo. Fue en esa circunstancia que Maduro se dio el “lujo” de hablar de un golpe parlamentario, introduciendo una nueva y exótica figura jurídica en el inmenso caleidoscopio de la tontería humana.
Así como Stalin destruyó definitivamente la doctrina internacionalista marxista sustentada por Trotsky de la revolución mundial permanente y simultánea en todos los países del planeta, de la misma forma, Maduro está propinando el golpe final al bolivarianismo del siglo XXI que pretendía proyectarse permanentemente y simultáneamente en todos los países de la región sudamericana como se había propuesto Bolívar.
La única virtud política que posee Maduro es haber sido fiel a Chávez desde su golpe de Estado malogrado contra Carlos Andrés Pérez, de la misma forma como lo fue el sanguinario Beria a Stalin antes de su muerte, y Himler, el jefe de las SS, a Hitler en el traumático ocaso del Tercer Reich. En este sentido la historia se repite en cuanto se refiere a la mediocridad de los “herederos” señalados. Maduro trata de convencer a la opinión pública nacional e internacional que es el político más apropiado para llevar la posta y la antorcha luminaria de la “gloriosa revolución socialista que no tendría fin jamás”.
Maduro ni siquiera respetó el postrer deseo de su Comandante Chávez cuando este aconsejó la convocatoria a elecciones dentro del plazo de 30 días si él por motivos de su enfermedad se encontrase inhabilitado para asumir y juramentar el cargo el 10 de enero de 2013 para cumplir así cabalmente con los mandatos de la Constitución venezolana. En este sentido, habría que aplaudir la actitud de Chávez al respetar este axioma jurídico innegociable.
Pero la historia nos cuenta que la política es así. La megalomanía se apodera rápidamente de los hombres que se encuentran en la posesión del cargo supremo. Maduro se comporta como un vulgar clon de su progenitor ideológico, como un títere movido por los hilos imperceptibles manejados desde La Habana dentro de una escenografía trágica y macabra, que solo desea la supervivencia de Chávez a cualquier precio y a costa de sufrimientos indecibles por efecto del entubamiento y la asistencia artificial de resucitación. Maduro sigue hablando en nombre de Chávez, alegando que este se encuentra consciente y lúcido, sometido a un “tratamiento complementario” para combatir la cruel enfermedad que es aparentemente irreversible. Hace más de 40 días que no se escucha la voz de Chávez ni se tienen las imágenes televisivas de su convalecencia, enmarcándose todo esto en un gran misterio indescifrable pues ninguna junta médica venezolana ha dado un solo reporte del estado real de Chávez, violando es esta forma la Constitución venezolana que señala que es indispensable una junta médica para evaluar si la inhabilidad del presidente es temporal o absoluta. Todo lo que existe hoy en Venezuela es un estado de incertidumbre, una situación de constante amedrentamiento de parte del oficialismo que va creciendo a medida del paso del tiempo. El presidente Hugo Chávez con sus luces y sus sombras ha marcado una etapa histórica en Venezuela y dentro de su actuación política ha mantenido una estabilidad social y política precaria aunque con muchos desafueros contra la libertad de prensa y los derechos humanos.
Maduro no podrá resucitar esta circunstancia histórica y si sigue en el camino del amedrentamiento y la violencia se desbarrancará en el abismo de la revolución violenta y de la guerra civil.
La autocrítica política es una virtud que pocos hombres la poseen y es generalmente un freno para los hombres impetuosos, irracionales y desbordantes de ambición desmedida rayana en la más abominable arrogancia y fatuidad.
ABC Color/ Paraguay