Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
Mucho se ha hablado de Nelson Mandela, no tanto del otro hombre que contribuyó a acabar con el Apartheid en Sudáfrica.
De Klerk lleva en el apellido la eficiencia gris del empleado, pues eso significa. Sus antepasados hugonotes lo escribían de otra manera. Pero popularmente era conocido por sus iniciales, “F.W.”, acrónimo de Frederik Willem. Proviene de una familia conservadora y con tradición política. Su tatarabuelo paterno.
Se licenció con honores en Derecho en 1958. Fue en la Universidad de Potcheftroom, núcleo del pensamiento nacionalista afrikaner. Ejerció la abogacía durante catorce años antes de entrar en política. En 1972 De Klerk rechazó ser profesor de Universidad porque prefirió presentarse a diputado del Partido Nacional por Vereeniging, ciudad donde había estado trabajando los últimos años, y que pertenece a la provincia del Transvaal. Es ésta el núcleo del poder afrikaner, y no por casualidad: es donde se encuentra la mayor parte de la abundante riqueza mineral del país. Cuando De Klerk entró en política, Nelson Mandela llevaba ocho años en la cárcel.
Mandela miraba por unos barrotes por organizar, y ser el primer líder, de un grupo terrorista que salió del Congreso Nacional Africano (CNA), Lanza de la nación. Durante el juicio, Mandela explicó que, según lo veía él, la violencia era la única salida para la situación de discriminación institucionalizada que sufrían los negros. También hacía un paralelismo entre la explicación marxista del mundo y la situación de los negros oprimidos en Sudáfrica. En un libro escrito poco antes citaba con liberalidad a Fidel Casto o el “Che” Guevara. Él entró en política mucho más joven que De Klerk, a los 26 años.
El afrikaner siguió una carrera de la Universidad al Partido Nacional en el Trasvaal, y de ahí al Gobierno en 1978. Asumió los ministerios de Deportes, Minas y Energía, Interior, y Educación, una cartera que ocupó entre 1984 y 1989. En 1986 fue, además, presidente del Parlamento. Un ascenso dentro del régimen sudafricano, democrático sólo para los blancos, que no conoció pasos atrás. Entró en política defendiendo en el Parlamento la educación segregada. En los Estados Unidos se había desmantelado por completo en los años 60', de modo que no era exactamente una reliquia por entonces. Pero De Klerk fue siempre un miembro muy conservador dentro del Partido Nacional. Hasta sus últimos meses como ministro.
De Klerk participó en los gobiernos de J. Vorster, M. Viljoen y, sobre todo, P.W. Botha, un león político desde los 20 años, firme defensor del apartheid, y líder durante muchos años del Partido Nacional. Botha no dio un paso atrás que fuese significativo, pese a la enorme presión internacional y a las sanciones económicas que sufrían el Gobierno y el país. Su padre participó en la segunda guerra Boer, y él había simpatizado con los nacional socialistas durante la II Guerra Mundial. Fue él quien reprimió con fuerza las revueltas de 1984. Se atrincheró en las políticas de segregación, y desafió el tradicional pactismo de la política sudafricana, concentrando en él un poder creciente, “imperial”, decían sus contemporáneos. Fue bajo la égida de Botha donde más brilló De Klerk, hasta el final.
Ese final, el de Botha, llegó en febrero de 1989. No murió, pero un infarto cerebral le apartó del poder. Y cuando se tuvo que elegir un sucesor, ninguno tenía tantos títulos como F.W. Pero para entonces De Klerk, de 53 años, no era el conservador de años anteriores. Nelson Mandela sufrió una transformación radical entre su entrada en la cárcel y la salida, 27 años más tarde. Abandonó la violencia y asumió un discurso basado en la reconciliación. El poder de los negros vendría naturalmente del puro principio democrático, y un enfrentamiento racial con los blancos, que además tenían el poder económico, sólo podría traer problemas. De Klerk, junto con otros miembros del Partido Nacional, hizo otros cálculos.
El sistema del Apartheid comenzó en los años 20 del siglo XX. La clase baja blanca, en su mayoría afrikaner (holandeses), logró que se aprobasen una serie de leyes que les protegían frente a la competencia de los trabajadores negros. Ese sistema condujo, paulatinamente, a una economía centralizada, pues las restricciones no sólo limitan el acceso al mercado de una parte de la población, sino que suponen sustituir las decisiones de los empresarios y los agentes del mercado por las del propio gobierno. En los años 70', aquél sistema empezó a dar signos evidentes de agotamiento. Limitar la capacidad de una parte mayoritaria, y creciente, de la población para la producción y el consumo no sólo les afectaba negativamente a los negros. También, y de forma muy acusada, a los propietarios, en gran parte blancos. Además, el porcentaje de profesionales de clase media pasó del 29 por ciento en 1946 al 65 en 1977, pari passu con una mayor educación general, que moderó la opinión de muchos afrikaners. No eran ya como sus padres y abuelos, que iniciaron el sistema.
F. W. Tenía más motivos para dejar atrás el viejo sistema y abrir Sudáfrica desde el punto de vista económico y político. Lo explicó él mismo en su autobiografía, escrita en 1991: “El hundimiento y colapso del comunismo en Europa oriental y en Rusia ha dado un nuevo giro a la situación. Antes, el CNA era un instrumento de expansionismo ruso en Suráfrica. Cuando desapareció esa amenaza era como si le hubieran quitado al CNA el suelo bajo los pies. Su financiación, dirección y apoyo moral se habían derrumbado. Era como si Dios nos hubiera echado una mano para que la historia mundial pudiera dar un giro radical. ¡Teníamos que aprovechar esa oportunidad!”. Margaret Thatcher había definido al CNA como “una típica organización terrorista. Cualquiera que piense que puede llegar al poder vive en un mundo de fantasía”. Se equivocó. El CNA llegó al poder, pero sin el manto soviético. De Klerk también se equivocó. Contaba con el suficiente apoyo de la base electoral, y la unidad requerida bajo el liderazgo de Mandela. Pero es cierto que ya no era un satélite del Kremlin.
Muchos pensaban que él seguía siendo el hombre de la vieja guardia; incluso “se rumoreaba que iba a echar el freno a las tímidas reformas de P.W. Butha”, recordó luego su hermano. Pero De Klerk aprovechó el momento, y lo hizo con decisión. Había estado preparando durante un año, con un escueto equipo de mucha confianza, un conjunto de medidas para desmantelar el apartheid. No se podía hacer de forma gradual: “De otro modo, se nos acusaría de estar haciendo cálculos políticos”. Un ayudante le dijo: “Implanta el programa entero. Una vez te decides a cortarle la cola a un perro, mejor hacerlo de una vez”. Un mes después de asumir la presidencia, en octubre de 1989, liberó al mentor político de Mandela, Walter Sisulu, junto con otros siete destacados activistas. Pero tenía que pilotar la transición con Nelson Mandela, y sólo con él.
En su primer encuentro no hablaron de política. Simplemente se dieron a conocer. Luego pusieron sobre el tapete sus diferencias. Mandela quería un sistema económico socialista, y que las elecciones las organizase un gobierno de concentración nacional. De Klerk quería una economía menos atada y un sistema político con normas esculpidas en una Constitución. Fueron las dos exigencias del último presidente blanco las que han marcado la política de Suráfrica desde entonces. Tiene, en primer lugar, una Constitución. Y, según explicó él mismo, “el gobierno que llegó al poder tras las elecciones de abril de 1994 iba a necesitar un presupuesto. Se lo elaboró nuestro ministro de Finanzas, Derek Keys, quien les convenció de la necesidad de que siguiésemos bajo el sistema de libre mercado que se había practicado en Suráfrica durante décadas. El CNA ha asumido esos principios, y esa es una gran cosa”.
El 11 de febrero de 1990, De Klerk llamó por teléfono a Nelson Mandela, que seguía en prisión: “Yo le dije que le llevaríamos a Johanesburgo, y allí le liberaríamos. La reacción de Mandela no fue, en absoluto, la que esperábamos. Nos dijo: 'No, es demasiado pronto; necesitamos más tiempo para prepararlo'. Entonces me di cuenta de que tendríamos que negociar durante muchas horas”. Días antes tuvo que lidiar con un Parlamento al que explicó que pensaba dejar en libertad al líder moral del CNA, legalizar al partido y a su organización terrorista, Lanza de la nación, así como al Partido Comunista. “
Fuente: Gaceta.es