Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
Durante tres lustros condicionó el devenir del la política latinoamericana a base de demagogia, populismo, apoyo a dictaduras y coqueteos con el terrorismo.
El 4 de febrero de 1992, ataviado con uniforme de campaña y con su correspondiente boina roja -que se convertiría, con el paso del tiempo, en su seña de identidad-, el teniente coronel Hugo Chávez Frías, de 38 años, tuvo que asumir el fracaso de la intentona golpista que había impulsado para derrocar al entonces presidente, el socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, a quien había servido años antes en el Consejo Nacional de Seguridad y Defensa.
Una intentona que Chávez llevaba preparando desde un año antes, cuando fue nombrado comandante del Batallón de Paracaidistas Coronel Antonio Nicolás Briceño, estacionado en Maracay, localidad cercana a Caracas. Tanto la proximidad geográfica con la capital como el tipo de unidad -de élite- que estaba bajo su mando animaban a lanzarse a la aventura no ya contra un presidente sino contra todo un régimen, el de los socialdemócratas de Acción Democrática y los democristianos de Copei.
Decidido a pasar a la acción, Chávez logró implicar a alrededor de 2.000 militares en la intentona, de los que controlaba directamente a 300. La noche del 3 al 4 de febrero, Chávez y sus soldados se trasladaron a Caracas con la intención de ocupar sus puntos neurálgicos; las otras unidades harían lo mismo en Maracaibo, Maracay y Valencia. Lo intentaron.
Sin embargo, la ilusión duró pocas horas y Chávez no tardó en rendirse a la evidencia.“Compañeros, lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados. (…) Y es tiempo de evitar más derramamiento de sangre, ya es tiempo de reflexionar; vendrán nuevas situaciones y el país tiene que poner rumbo hacia un nuevo destino”.
Pudo ser cura
Todo un ejemplo de lenguaje mesiánico. No es casualidad. Por la sencilla razón de que desde su más tierna infancia Chávez lograba con emular a Simón Bolivar: en su época escolar ya se leía la vida y -sobre todo- las obras del Libertador. ¡Y decir que su madre- nieta de un bandolero revolucionario que respondía al apodo de Maisanta- quería que fuese sacerdote! Pues no: el segundo de sus hijos siempre quiso ser militar.
Objetivo cumplido al ingresar Hugo en la Academia Militar de Venezuela en 1971. El año no es baladí ya que por esa época el general Juan Velasco Alvarado en Perú y Omar Torrijos en Panamá hacían experimentos caracterizados por un nacionalismo de corrte porpulista, un autoritarismo 'soft' con barniz democrático pero bajo tutela castrense, un socialismo no marxista en Economía y, en la escena internacional, por una equidistancia respecto de los entonces dos bloques de la Guerra Fría. Lo que, traducido al mundo latinoamericano, significaba una gélida relación -teñida a veces de hostilidad- con Estados Unidos.
Éste ha sido y es el hilo conductor ideológico de Chávez; lo fue ampliando y adaptando a sus intereses y circunstancias una vez alcanzado el poder. Para esto último, sin embargo, faltaban todavía unos cuantos lustros. El joven oficial no solo lo sabía sino que no se planteaba la gloria política como su meta vital; aunque seguía interesándole: a mediados de los 70, fundó el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200, que tuvo adeptos en las filas castrenses.
En estos años de formación, aprendizaje, primeros pinitos y actividad parapolítica de baja intensidad, a Chávez también le dio tiempo a escribir obras en prosa y en verso tituladas Vuelvan Caras, Mauricio y El genio y el centauro. Esta última fue galardonada con el tercer premio de un certamen del Teatro Histórico Nacional de Venezuela. El joven oficial también se atrevió con la escultura, llegando a esculpir una obra inspirada en la guerra Irán-Irak.
Desde la cárcel
No deja ser curioso en la trayectoria militar de Chávez que, a la par que se iba radicalizando su perfil ideológico, sus superiores le destinasen a puestos de cada vez mayor responsabilidad: sin ir más lejos, antes de ser asesor del presidente Pérez, ya había mandado un importante escuadrón de Caballería y había ocupado cargos de relevancia en la Academia Militar, un lugar ideal -en Venezuela como en otros países- para establecer relaciones y contactos de gran utilidad.
Así las cosas, cuando se produjo la intentona de febrero de 1992 -conocida como el Caracazo-, Chávez ya era todo un experto en el manejo de recursos propagandísticos y era consciente del descontento social para con los planes de ajuste impuestos por los organismos económicos internacionales, el FMI entre ellos. Como buen político -aunque oficialmente no lo fuese-, supo que había llegado el momento de actuar.
Y como buen político, supo transformar el fracaso en victoria. Por muy ilegal que fuese su empresa -sin precedentes en 34 años de democracia ininterrumpida en Venezuela: había que remontar a la época del dictador Marcos Pérez Jiménez para ver algo similar- su arrojo le granjeó una inmensa popularidad, principalmente entre los más desfavorecidos. Ahora tocaba capitalizar ese éxito; primero desde la cárcel.
Bendecido por Castro
Dos años permaneció Chávez entre barrotes. Desde su celda de la cárcel de Yare inspiró un documento, titulado Cómo salir de laberinto. Formulación del proyecto ideológico Simón Bolivar (sic), de contornos imprecisos. Daba igual: la llama del 4 de febrero seguía más viva que nunca. ¿La prueba? A finales de noviembre de 1992, unos generales y coroneles dieron una asonada que también fracasó pero que se saldó con casi dos centenares de muertos.
Para muchos venezolanos de a pie significó que Chávez era mucho más hábil que sus superiores, lo que se tradujo por un importante subidón de popularidad, que su encarcelamiento se encargó de disparar. Desde ese momento, la suerte empezó a ser una constante en su vida: en 1993, Carlos Andrés Pérez era destituido y el 26 de marzo de 1994, el nuevo presidente, Rafael Caldera, sobreseía la causa contra Chávez.
A cambio, éste tuvo que abandonar el Ejército. El pacto era el soñado por Chávez: a partir de ese momento, gozó de una completa libertad de expresión; ya podía empezar la conquista del poder. Para apuntar maneras y dejar claras sus intenciones, ese mismo año realizó la primera de una larga -por no decir interminable- serie de visitas a Cuba, que culminarían -una vez Chávez instalado en el palacio de Miraflores- en una sólida relación estratégica.
Bendecido por Castro, se dio a conocer en los ambientes izquierdistas del continente latinoamericano -participó, sin ir más lejos, en el Foro de Sao Paulo- mientras preparaba un asalto al poder que iba a durar cuatro años. Primera etapa: montar un partido encaminado, como no, a laminar a los partidos tradicionales. Para tal fin, qué mejor que contactar con los viejos camaradas del 92. Respondieron presentes Diosdado Cabello -su futura mano derecha- y Luis Miquelena.
Hundimiento del sistema
De sus negociaciones surgió el Movimiento V República (MVR), un nombre que delataba sus intenciones regeneracionistas, en clave bolivariana; faltaría más. Que si restaurar el 'honor perdido de la nación', que si una nueva administración de la riqueza nacional -el enemigo era el 'capitalismo liberal', que si luchar contra la delincuencia...Éstos y otros eslóganes y el MVR ya estaba listo para su primera prueba electoral, las legislativas del 8 de noviembre de 1998
El éxito fue rotundo: el MVR, aún en formación -tenía figuras pero no estructura consolidada ni militancia estable- se convirtió en la segunda fuerza del país al lograr 49 de los 189 escaños en juego; solo AD había conseguido más votos. Pero la espectacular irrupción del MVR era la prueba más fehaciente del hundimiento del sistema que había regido los destinos de Venezuela durante cuatro décadas.
Para liquidarlo, el calendario no podía ser más propicio: un mes después de las legislativas, el 6 de diciembre, se celebraron las presidenciales que Chávez ganó con un 56.2% de los votos emitidos, un 33 % del censo electoral contando la abstención. Pero las estadísticas eran lo de menos pues Chávez estaba en racha.
En racha, y también de moda en Latinoamérica y en Europa. Buena parte de los ambientes políticos e intelectuales de ambos continentes estaban fascinados con aquel golpista reconvertido en demócrata más por conveniencia que por convicción. Voces críticas, muy pocas, Carlos Alberto Montaner y pocos más. Sin embargo, poco tiempo tardarían los hechos en darles la razón, desde el mismo día de su toma de posesión el 4 de febrero de 1999.
Aló presidente
Tras jurar, según sus propias palabras, 'sobre una Constitución moribunda' y en presencia de personajes de tan escaso pedigrí democrático como el cubano Fidel Castro, el boliviano Hugo Banzer -aunque luego fue elegido en las urnas- y el peruano Alberro Fujimori -que se había pasado por el forro la Carta Magna de su país-, esa misma tarde Chávez firmó su primer documento oficial, un decreto mediante el cual convocaba una Asamblea constituyente.
La 'Revolución bolivariana había comenzado'. Y con ella una larga serie de victorias electorales que iba a durar seis años. La primera fue el referéndum constituyente de abril de 1999: el sí obtuvo el 81% de los votos emitidos. Chávez encandilaba cada vez más a los venezolanos, especialmente a los más humildes.
Para llegar a ellos de forma más directa, ideó -o le idearon- un espacio televisivo a su propia gloria, llamado Aló Presidente, en el que durante largas horas Chávez exponía sus políticas -al tiempo que lanzaba gruesos insultos a sus enemigos de dentro y de fuera- a los ciudadanos atendiendo llamadas supuestamente espontáneas pero que en estaban cuidadosamente seleccionadas y filtradas. Daba igual: el invento funcionaba y las iniciativas políticas de Chávez se asemejaban a paseos militares por la facilidad con la que salían adelante.
Las generales del 2000, sin ir más lejos. Por muy masivas que fueran, las manifestaciones de la oposición apenas empañaban la marcha triunfal de Chávez y su rosario de reformas políticas, institucionales y económicas. Obviamente, la jactancia, el ego y el mesianismo se dispararon para no desaparecer nunca más, Hasta el punto de que el ensayista mejicano Enrique Krauze -uno de los intelectuales más finos de Latinoamérica- tituló la biografía que le dedicó El poder y el delirio.
Torpeza
Sin embargo, los éxitos estaban supeditados a la bonanza económica. Y al empezar el nuevo milenio, la economía venezolana dio signos de agotamiento; los suficientes como para que a la imperante crispación política se añadiese el descontento social visible pero que no cuestionaba ni a Chávez ni a la legitimidad de su régimen.
Es lo que no entendió la extraña y heteroclita alianza de empresarios, sindicalistas y militares que en abril de 2002 logró derrocar a Chávez durante un par de días. Encabezada por una tal Antonio Carmona, la torpeza de la que hizo gala la abocó al fracaso inmediato.
Como no podía ser menos, Chávez sacó tajada al episodio y aprovechó el subidón de popularidad para extender su control sobre el país, aprovechando, de paso, la vuelta del crecimiento económico. Entre 2004 y 2007, el Estado tomó -o retomó- el control de las empresas petroquímicas y siderúrgicas, del sector eléctrico, de la telefonía y de parte del sector bancario. Para conseguir sus fines, Chávez y los suyos una veces nacionalizaban y otra realizaban adquisiciones accionariales masivas.
En materia agrícola, Chávez impulsó una ley de Tierras que permitió amplias expropiaciones de fincas, oficialmente porque eran improductivas.
Gasto desbocado
Con todo, los más preocupante era la acción propagandística del régimen, mezcla de motivación ideológica constante, de militarización y de creación de milicias; todo ésto hubiera sido imposible si Chávez no hubiera dedicado tiempo y recursos a atizar el resentimiento social -retórica 'pobres contra ricos', entre otras modas- e intentar poner a unos contra otros.
Semejante manipulación no hubiera sido posible sin un gasto desbocado en unos programas sociales que dieron a sus beneficiarios la sensación de que estaban protegidos y de que su nivel de vida mejoraba, cosa que no se corresponde con la realidad: Chávez utilizó los inmensos recursos de su país como palanca de control social antes que como herramienta de progreso y de creación de riqueza. Unos métodos que supo exportar: querer ser el nuevo Bolívar implicaba trastornar los frágiles equilibrios del continente latinoamericano.
Empezando por Cuba: el auge del chavismo ha coincidido con la lenta agonía del castrismo. Para mantener al régimen dictatorial de los dos hermanos, Chávez les ha vendido durante años cientos de miles de barriles de petróleo a bajo precio que el mismo subvencionaba. Los Castro se lo agradecieron enviando a Venezuela médicos cubanos a mansalva. En 14 años de chavismo no ha habido una sola fisura entre Caracas y La Habana.
Apoyo a las FARCMás complejo ha siso la propagación de las ideas chavistas en el resto del continente. Sí, ha ido creando émulos como Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Fernando Lugo en Paraguay y hasta Ollanta Humala en Perú; todos -salvo tal vez el peruano- le han sido de una fidelidad a prueba de bombas y han secundado sus iniciativas, no siendo la menor de ellas la Alianza Bolivariana para las Américas. Asimismo, supo ganarse los favores duraderos de la Argentina delos Kirchner y del Brasil de Lula y de Dilma.
Sin embargo, fracasó toda su estrategia de penetración en Centroamérica -ni Panamá ni Guatemala ni Costa Rica cedieron nunca a sus cantos de sirena; solo arrimó a Nicaragüa mientras El Salvador ha sabido mantener las distancias- sino que se ganó la enemistad tenaz de pesos pesados que son Méjico y Colombia.
Muy especialmente a este último país, al que intentó desestabilizar con su nítido apoyo a las FARC. Pero enfrente tenía a un presidente, Álvaro Uribe, que nunca se dejó embaucar por Chávez y le resistió hasta aburrirle.
Chávez, como buen megalómano, pretendió extender sus tentáculos por todo el planeta. Y en parte cumplió con su objetivo: por una parte, estableció sólidas relaciones con Rusia y con China; por otro, supo congregar a todo el antiamericanismo internacional, desde Irán -se imparte el persa en más de una universidad venezolana- hasta Bielorrusia pasando por Siria y el Iraq de Saddam Hussein.
¿Por qué no te callas?
Lo cual no significaba romper del todo con Washington: Chávez supo hacer compatibles los insultos a Bush y las alusiones al 'Imperio' con el mantenimiento de las exportaciones petroleras a Estados Unidos, sabedor de que una interrupción brutal de éstas hubiese perjudicado más a Caracas que a Washington. Para salvar la cara, expulsó durante un tiempo al embajador estadounidense.
El enfrentamiento verbal -una de sus especialidades- de Chávez que hizo mella en la opinión pública mundial fue el que mantuvo en una cumbre iberoamericana con el rey don Juan Carlos. Harto de los ataques de Chávez a José Mª Aznar -que ya no era un político en activo- y ante la pasividad de Rodríguez Zapetatero, el monarca español le soltó el inolvidable '¿Por qué no te callas?' El incidente ocurrió a finales de 2007.
Un año del que bien se puede decir que marcó el inicio del lento declive del chavismo. Reelegido de forma abrumadora en 2006, quiso en 2007 llevar a cabo una amplia y pletórica -el proyecto constaba de más de 350 artículos- de la Constitución que el mismo impulsó en el 2000; y, cómo no, mediante referéndum. Pero esta vez, la oposición supo organizarse y ganó la consulta. Aunque Chávez se salió con la suya en 2009, esta primera derrota fue un boquete a su hasta entonces poder omnímodo.
Contra las cuerdasDesde 2009, el chavismo se ha debilitado aunque no se ha hundido porque no ha sido derrotado en las urnas a nivel nacional. Pero sí que se ha ido desgastando a un ritmo más o menos intenso. Más aún si se tiene en cuenta que la economía venezolana lleva un par de años en el atolladero. Y como los buenos momentos del chavismo siempre han ido al socaire del crecimiento económico -por si fuera poco, la inflación actual es del 30%- no es de extrañar que el último bienio figure entre las menos brillantes.
En las legislativas de 2010, las formaciones chavistas conservaron la mayoría absoluta pero no alcanzaron los dos tercios de los escaños que permitían a Chávez gobernar el país como un cortijo. De una forma o de otra, el régimen perdió los nervios: nunca antes como en los últimos tres años se acosó tanto a los medios de comunicación independientes, que sufrieron cierres y sanciones a punta de pala.
En 2011, con una oposición que iba ganando enteros -entre otras cosas, porque estaba mejor organizada-, ocurrió lo que pocos habían imaginado, a saber que el robusto Cháverz -de tan solo 57 años- tenía cáncer. Intentó curarlo -es el inicio de las frecuentes visitas médicas a La Habana- y se repuso pero ya no era el mismo y el mismo comenzó a admitir que podía faltar antes de lo previsto y que Venezuela podía funcionar sin él.
2012 fue su peor año: las estancias en La Habana se hicieron cada vez más largas, la economía no mejoraba y su aura en el continente ya no era la misma: baste decir que sus intentos de aislar diplomáticamente a Paraguay tras la polémica destitución de Lugo fracasaron estrepitosamente.
En las presidenciales del 7 de octubre, Chávez fue reelegido tras una dura campaña en la que su oponente Henrique Capriles le puso contra las cuerdas. Pero su organismo no le ha dejado tomar posesión de lo que hubiera sido su cuarto mandato. Una de las aventuras más espectaculares y polémicas de la Latinoamérica posmoderna terminó en un hospital de Caracas.
Fuente: Gaceta.es