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Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.

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El reino de la amoralidad política : Por Carlos Alberto Montaner

14-04-12 
carlos-alberto-montaner[1]

Carlos Alberto Montaner nació en Cuba, es escritor y periodista. Su último

libro es la novela La mujer del coronel (Alfaguara, 2011)


 

Hoy la amoralidad corre por cuenta de los latinoamericanos. Quienes antes, justamente, criticaban a Estados Unidos por abrazarse con los dictadores 

durante la época de la Guerra Fría, y por negar fuera del país los principios y valores

que sostenían dentro de él, hoy están haciendo exactamente eso mismo.

 

Esto es lo que se observa en gobernantes como el ecuatoriano Rafael Correa,

Hugo Chávez, Daniel Ortega y Evo Morales cuando respaldan la satrapía

criminal siria deBachar al Asad, condenada por la ONU, e ignorada por el Brasil de Dilma Rousseff, como poco antes echaron pie en tierra por la de Khadafi.

 

Esta actitud, o una variante de ella, es la que asombrosamente prevalece en las propuestas del colombiano Juan Manuel Santos, más preocupado en restaurar

las buenas relaciones entre la dictadura de los Castro y Estados Unidos,

que en condenar los excesos de esa tiranía y ayudar a sus víctimas.

 

Ese es el espíritu que recorre la CELAC, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, creada recientemente no sólo para excluir de

ella a Canadá y Estados Unidos, sino para no tener que sujetarse al rigor de un compromiso democrático que obligue a sus miembros a defender la libertad y

condenar las violaciones de los derechos humanos.

 

Esa es la triste atmósfera que se respira en Cartagena en estos días en

que se reúne la VI Cumbre de las Américas, pese a que en la de Quebec,

celebrada en el 2001, se fijó un marco moral y político que tomaba en cuenta

los valores democráticos, hoy lamentablemente ignorados por muchos

gobernantes latinoamericanos.    

 

Durante más de cuarenta años los políticos norteamericanos eligieron la

seguridad nacional por encima de las consideraciones morales. Era la lógica

de la Guerra Fría. Casi cualquier cosa resultaba mejor que un triunfo de los

comunistas o de algún gobernante que les abriera la puerta.

 

Los espadones, si se comportaban como genuinos anticomunistas, eran

respaldados por Washington aunque violaran sistemáticamente los derechos

humanos y civiles de sus compatriotas. "El enemigo de mi enemigo es mi amigo,

aunque sea un sinvergüenza," es un vil proverbio que se encuentra en todas

las lenguas.

 

La izquierda y muchos demócratas consecuentes bramaban contra esa

disonancia norteamericana. La más vieja y próspera democracia moderna

del planeta, paladín de la libertad, debía ser congruente con sus ideales. Era

un acto de cinismo defender esos valores en Estados Unidos y abrazarse

con dictadores desalmados en el resto del mundo. Los políticos norteamericanos

lo sabían y se excusaban alegando que se trataba de un mal menor. Ni siquiera

estaban ante un dilema nuevo: durante la Segunda Guerra habían sido

aliados de Stalin para combatir a Hitler.

 

Pero en 1991 terminó la Guerra Fría. Ya se podía escoger a los amigos escrupulosamente. El rigor moral había dejado de ser peligroso.

Mientras tanto, en América Latina ocurrió un fenómeno paralelo a

la disolución del bloque comunista. Entre 1983, cuando terminó la

dictadura militar argentina, y 1990, cuando le tocó el turno a la chilena,

todos los gobiernos latinoamericanos, menos Cuba, fueron el resultado

de las urnas.

 

A partir de ese punto, los organismos que surgieron incorporaron una cláusula democrática: sólo podían pertenecer las democracias plurales en las que se

respetaban los derechos humanos y civiles de los pueblos. Eso es lo que se

lee en los documentos fundacionales del Grupo de Río, y de Mercosur.

 

Finalmente, el 11 de septiembre del 2001, mientras ardían las Torres Gemelas

 en Nueva York, todos los miembros de la OEA firmaban en Lima la Carta

Democrática. Era la apoteosis de la coherencia ética. Nunca más se recurriría

al cínico doble estándar de defender la democracia en casa y abrazarse a las

dictaduras fuera de ella.

 

Mentira. Hoy, sin ningún pudor, casi todos los países latinoamericanos han dejado

de defender la libertad y los atributos de la democracia liberal. El chavismo hace

y deshace en Venezuela y a nadie le importa. Correa o Evo Morales conculcan los derechos fundamentales en Ecuador y Bolivia y ningún gobernante latinoamericano

los censura. La dinastía militar cubana reprime ferozmente y los países "hermanos"

miran a otra parte.Daniel Ortega se roba las elecciones parciales en Nicaragua y corrompe y adultera las generales, y no hay una voz que lo condene.

 

América Latina es hoy el reino de la amoralidad política. Todo vale. 




Fuente: http://www.elblogdemontaner.com/
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