Churchill, que como estadista tenía sentido de la historia (el estadista se puede definir como el hombre que otea el horizonte de su parábola vital más allá y más profundamente que el común de los mortales), es creador de una frase sin par que sirve de pórtico a las reflexiones que quiero compartir con mis fieles lectores: "Cuanto más hacia atrás se puede ver, más hacia delante resulta probable poder ver".
Me refiero a las revoluciones, verdaderos cataclismos humanos que pretenden transformar, al hacerse con el poder del Estado, la realidad social donde se insertan. Tienden a ser violentas, son profundamente intolerantes, imponen una visión unidimensional de la realidad, tanto en lo ideológico-cultural, como en lo social, económico y político, y terminan inexorablemente desarrollando un régimen dictatorial. Como diría sin aspavientos Lenin: "dictadura es el poder basado directamente en una fuerza que no está limitada por ninguna ley".
Basten algunos ejemplos protuberantes: la Revolución Inglesa de 1640 culminó en la dictadura de Cromwell, la gran Revolución Francesa de 1789 en el "terror" jacobino de Robespierre y sus amigos, la Revolución Rusa de 1917 en la dictadura bolchevique, la Revolución China de 1949 en la dictadura comunista de Mao, y la Revolución Cubana de 1959 traicionó los ideales democráticos de su gestación e impuso la dictadura de Fidel Castro y el renovado partido comunista cubano.
Todas las revoluciones modernas son revoluciones simbólicas, es decir imponen nuevos mitos, redefinen el concepto de enemigo y lo convierten en el bastión de una lucha apocalíptica que no tiene fin, alteran radicalmente los símbolos patrios, inventan una nueva narrativa histórica e introducen un nuevo lenguaje, con sus peculiares palabras y una renovada semántica para interpretarlo. En suma, las revoluciones auténticas (es decir apegadas a la "lógica revolucionaria"), pretenden un cambio estructural, conciben una nueva utopía y diseñan "el hombre nuevo" que reconciliará a la humanidad consigo misma y decretará el "fin de la historia", en palabras de Marx, "la resolución
definitiva del antagonismo entre el hombre y el hombre".
Tarde o temprano las revoluciones generan su Termidor, agotadas ante la imposibilidad de modificar el ser natural y espiritual del hombre, con sus virtudes y sus miserias. En definitiva dejan una herencia, pues aceleran cambios sociales que de otro modo tardarían muchos años en producirse, aunque a costa de un elevado fardo de dolor y tragedia humana. Lo cierto es que desaparecida la marea revolucionaria ya el mundo ha dejado de ser el mismo que ellas encontraron a sus inicios, por lo que los hombres inteligentes aprenden de sus lecciones y se adaptan a las nuevas circunstancias, reiniciándose así el inacabado camino de la lucha por la libertad.
La llamada revolución bolivariana, una revolución autoproclamada "pacífica y democrática", contiene elementos autoritarios, populistas y democráticos, que algunos para deslindarla del modelo revolucionario clásico identifican como "posmoderna". No es el objeto de estas líneas analizarla, ni menos juzgarla, solo pretendo acotar una legítima preocupación derivada del estudio de las revoluciones modernas. Y es que a pesar de todas las miserias y contradicciones que sus críticos pretendan endilgarle, en la mente y el corazón de su líder indiscutido, el carismático Hugo Chávez, gústenos o no, brota una "llama revolucionaria", un destino inexorable, un sino que hago votos no se haga trágico, como han sido los casos emblemáticos que nos muestra la historia de las revoluciones modernas.
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