A medio camino entre la parodia y el absurdo, la vida cubana se resuelve con parábolas también.
Esta ruinosa construcción lleva por nombre “El impulso” y en sus momentos de mayor esplendor, si acaso los tuvo prestó algún servicio gastronómico. Una vez comí unos espaguetis con salsa de ají y picadillo de… ¿cerdo?, ¿res?, ¿pollo? en una “pizzería” llamada La fontana de Trevi. El agua estaba al tiempo, y un poco más, casi tibia. Los cubiertos y cuchillos estaban amarrados por una soguita y una señora venía, los lavaba en una vasija y los volvía a poner sobre la mesa.
He visto tiendas llamadas Modas Praga, Restaurante Moscú, Hotel Pernik (una flor Búlgara) y Cine Leningrado. La participación foránea en cualquier evento de la vida cubana le da rango de mundial, no ya internacional y los estrenos de cuanta obra danzaría, teatral o espectáculo musical siempre será un estreno m-u-n-d-i-a-l.
Aún sin derechos, seguimos siendo llamados ciudadanos y nuestra sociedad es civil, civilizada. Grupos paramilitares que accionan a golpe de silbato, prestos a caerles a garrotazos a todo el que se exprese diferente, integran la llamada sociedad civil. Una federación de mujeres con muy pocos derechos, comités de ciudadanos que se vigilan y delatan unos a otros y campesinos asociados más para decir consignas que hacer parir la tierra, son el expediente de un país enfermo.

