Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
Los 40 años de un icono
La Catedral del anticastrismo cumple 40 años. "Esta es la primera trinchera anticomunista de Miami, no se olvide de eso", dice Dionisio González, un cubano de 69 años, recostado en el mostrador exterior del restaurante Versailles, en plena Calle Ocho del suroeste de Miami.
Realmente, el Versailles es mucho más que una "trinchera anticomunista". Es uno de los mejores restaurantes de comida cubana de la ciudad que, con el devenir del tiempo desde que fue inaugurado en 1971, ha sido escenario de los más significativos eventos políticos de Miami.
¿El más reciente? El 31 de julio del 2006, minutos después que la televisión cubana anunció que Fidel Castro había transferido el poder a su hermano, tras una operación intestinal, el lugar hacia donde se volcaron miles de exiliados cubanos para celebrar, fue el Versailles.
La noticia los atrapó totalmente de sorpresa y muchos no sabían si estaban celebrando la enfermedad del viejo revolucionario o la continuidad del régimen. Solo celebraban algo largamente esperado. Fue tan grande la afluencia de gente, que los dueños del restaurante no ocultan que ya tienen vendidos todos los espacios de sus estacionamientos a las cadenas de televisión, para que puedan transmitir desde el Versailles las eventuales celebraciones por el fallecimiento del líder cubano. Se especula que las televisiones han pagado más de 100.000 dólares para asegurar un puesto.
Pero ese día sucedió otra cosa en el Versailles. A las 8 de la mañana, el entonces George W. Bush se apareció por allí para desayunar con sus amigos de la comunidad exiliada y, como siempre, conversar sobre "cómo ser más duro con Castro". Aparentemente, el presidente de Estados Unidos no tenía la remota idea de que su rival estaba ingresado en un hospital de La Habana, al borde de la muerte, desde hacía cuatro días.
Un camarero sale sale de la cocina rumbo a una mesa en el Versailles. | Rui Ferreira
Es difícil de estimar cuando el Versailles se transformó en un icono de la política de los exiliados cubanos. Se sabe que los cubanos son aficionados a una buena mesa y en el menú del restaurante abundan los buenos platos: arroz enchilado, vaca frita, ropa vieja, arroz blanco con picadillo y tostones, lechón asado o masitas de puerco fritas. O el célebre sándwich cubano.
Lo cierto es que el Versailles es el centro de la vida cubana exiliada. Es una extensión de Cuba. Un pozo de nostalgia. En sus salones se ha conspirado contra la Revolución Cubana, se ha "matado" a Fidel Castro millones de veces, se ha decidido la suerte de alcaldes y concejales de Miami, se han pagado campañas políticas de candidatos latinoamericanos y se han pactado alianzas cuyos detalles nadie quiere estar enterado.
"Lo bueno o malo del Versailles, es que aquí tanto hay espías de Castro como agentes de la CIA y no pasa nada"
Pero también se han dado recitales de poesía, conciertos musicales, se han lanzado libros y se han hecho colectas para los más necesitados. En uno de sus rincones, se reúne semanalmente la "Peña del Versailles", una tertulia con aspiraciones intelectuales que, más que literaria, es un buen pretexto para una reunión de amigos alrededor de un café o un pan con lechón.
"Lo bueno o malo del Versailles, es que aquí tanto hay espías de Castro como agentes de la CIA y no pasa nada. Que se sepa nadie ha salido intoxicado de aquí, a no ser por la bobería que muchos hablan. Aquí se conspira o se hace que se conspira. Pero siempre está pasando algo", agregó González. Por algo, los 'jodedores' de la ciudad le dicen, 'el Pentagonito'.
El 2008, cuando el cantante colombiano Juanes dio un recital en la Plaza de la Revolución en La Habana, una decena de exiliados, un tanto exaltados, alquilaron una aplanadora, se personaron en el Versailles, y destrozaron varios discos del cantautor. En 2006, después que Castro se enfermó, el mismo grupo procedió a su "entierro simbólico". Depositaron un busto suyo en un latón de basura. Es lo único que pueden hacer.
El Versailles también tiene una función social. Durante la semana se llena de empresarios de cuello blanco que discuten negocios delante de un bistec empanado, damas solitarias que cambian un juego de bridge con las amigas por un pollo a la barbacoa con los hijos o nietos, parejas de enamorados o de ancianos que, sencillamente, buscan un ambiente agradable para pasar un rato.
Sin embargo, para un ambiente eminentemente cubano, el Versailles tiene algo de raro: nadie alza la voz. Ni siquiera cuando están discutiendo política. Cuando ingresan al Versailles, los cubanos como que se transforman un poco, se vuelven de cierto modo ginebrinos, sin dejar la picardía o el buen humor en casa, nadie alza la voz. A cada momento, los "mi amor" o "mi vida" vuelan por el aire. Piropos que las camareras acogen con paciencia y las acompañantes con celo.
A los fines de semana, la cosa evoluciona. El Versailles se vuelve un lugar de reunión de familias, se llena de turistas gringos de ojo azul, chancletas y camiseta, que apenas pronuncian el nombre de los platos que sirven, pero parece que les gusta. Y por la noche, cuando cae la cortina en los teatros de la ciudad, se llena de gente deseosa de una comida caliente y un mojito reconfortante.
"La gente viene acá desde siempre. Ya nos conocemos todos, somos como una familia, nos sabemos los secretos y ellos cocinan muy bien", explica Pedro Mariano, un exiliado de 71 años, que no se acuerda cuando fue la primera vez que pisó el Versailles. Sólo sabe que no frecuenta otro restaurante en la ciudad.
Para su compadre, Antonio Francisco Espiño, de 70 – "mis padres eran de Andalucía", sostiene con orgullo – el Versailles más que un restaurante es un punto de encuentro. "Todo el mundo sabe dónde queda el Versailles, no hay que dar muchas explicaciones", afirma.
Una vista de la cafeteria del Versailles. | Rui Ferreira
Según Mariano, las instalaciones del restaurante, decoradas con cristales y espejos que le dan un leve toque francés inclinado hacia el 'kich', no son nada del otro mundo. "Aquí lo importante es la gente, por eso todos los políticos que pasan por Miami vienen directo al Versailles", afirma.
Es cierto. No hay campaña electoral en que los candidatos no pasen por el mostrador exterior del Versailles para tomarse un 'café cubano'. El café no es cubano por supuesto, el embargo económico de Estados Unidos no permite importarlo de la isla, pero se dice así por la forma como es confeccionado. Se trata de un expresso que, tras ser batido con azúcar, forma una espumita clara en la superficie. Es el ex libris del Versailles. Todos los días cuelan unos 20 kilos.
Por sus predios han pasado todos los presidentes estadounidenses de los últimos 30 años. Siendo candidatos o ya instalados en la Casa Blanca. Excepto el actual. Barack Obama estuvo en Miami en dos oportunidades pero nunca fue al Versailles. "Si viene, nadie le dice nada. Lo más probable es que le viren la espalda. Pero no creo que venga", dice Espiño, reflejando la impopularidad del mandatario. El presidente afroamericano no tiene muchas simpatías entre los exiliados cubanos. Muchos lo acusan de estar en "una componenda con los Castro", porque ha flexibilizado la política hacia la isla.
Tras ser reelecto, Bill Clinton también se apareció por el Versailles. Le prepararon un festín a base de puerco asado. Le gustó tanto que ha vuelto dos veces a tomar café.
Pero el mandatario más recordado es Ronald Reagan, no apenas por la simpatía del sector más radical del exilio cubano, sino porque a pocas cuadras del restaurante hay una calle con su nombre. "Ese era el hombre… ¡el hombre! Nunca tuvo piedad con Castro y acabó con el comunismo", dice González.
Una vez, el ex presidente peruano Alejandro Toledo, interrumpió un vuelo de Nueva York a Lima, se bajó en Miami y fue al Versailles a celebrar el cumpleaños de su esposa Eliane Karp. Le sirvieron una muestra de los principales platos del restaurante. Se tomó un par de mojitos, volvió al aeropuerto y despegó de regreso a Perú. A los parroquianos les encantó aquella visita relámpago. Lo saludaban efusivamente como si fuera un cliente habitual. La casa ofreció la torta de cumpleaños y los meseros cantaron las mañanitas a Eliane.
"Si le digo, le miento. Yo ya no me acuerdo de la cantidad de políticos, nacionales y extranjeros, que han pasado por aquí. Ya ni los cuento”, dice el fundador y dueño del Versailles, Felipe Vals.
Bush en el Versailles en enero del 2006, junto a Felipe Vals (der.). | Rui Ferreira
Vals, de 79 años, es posiblemente uno de los hombres más generosos de Miami. A lo largo de casi 50 años en la ciudad, muy pocos como él se pueden enorgullecer de haber creado tantos puestos de trabajo. Es normal que un cubano recién llegado, "con una adelante y otra atrás", logre su primer empleo en Estados Unidos en algunos de los restaurantes de Valls, cuyo imperio no se resume al Versailles, sino que se ha extendido al restaurante Casa Juancho y la cadena La Carreta, con establecimientos en las zonas claves del área metropolitana de Miami, incluyendo el aeropuerto.
El creador del Versailles nació en Santiago de Cuba, en el oriente de Cuba y, como la generalidad de los exiliados, llegó a Miami en 1960 sin un centavo en el bolsillo, después que el Gobierno Revolucionario nacionalizó todos sus negocios en la isla: una gasolinera, un club nocturno y una embotelladora de cervezas.
"Cuando llegamos fuimos a vivir a casa de unos familiares. Yo tenía dos años de edad, dormía en una gaveta y mis padres en un colchón en el piso. Mi padre lavó platos en un hotel en Miami Beach”, cuenta Felipe Vals hijo, hoy día el administrador de la sociedad de su padre.
Tras un soplo de éxito en un negocio de venta de máquinas de hacer café, Vals abrió un restaurante en la Calle Ocho llamado Badia. Fue un éxito de público y abrió las puertas al Versailles, que comenzó siendo un restaurante al aire libre con 60 sillas.
"Esta esquina siempre me atrajo. Me ha dado suerte", decía esta semana Felipe Vals, en plena fiesta por el aniversario del Versailles, ícono de la esquina de la Calle Ocho y la avenida 35, hace 40 años escenario de conspiraciones y veladas dignas de las leyendas de "las mil y una noches".