Rafael Correa, presidente de Ecuador y parte del hato bolivariano, ha hecho saber que no acudirá a la Cumbre de las Américas que se celebrará en Colombia los días 14 y 15 de este mes. El motivo: la ausencia de Cuba.
Conste que el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, pasó sus buenos sudores para explicarle a Fidel Castro su no invitación para esta cumbre ya que Washington había condicionado su presencia a que no estuviera representada Cuba.
Lo grotesco de la situación se da por la forma en que reaccionan nuestros políticos –y digo nuestros porque también los nuestros sufren similares pataletas– anteponiendo sus gustos personales a los intereses reales del país. El maridaje de Venezuela con Cuba es comprensible: Venezuela le regala todo el petróleo que la isla necesita para moverse, que siempre fue así ya que antes del colapso lo hacía la Unión Soviética. A cambio Chávez es bendecido, ¡y cómo no!, por los hermanos Castro y lo aúpan a su fama. Chávez se siente heredero del prestigio que goza Fidel sin entender que desde hace mucho tiempo dejó de tenerlo a excepción de algunos pequeños núcleos que, como siempre se da, transitan a contramano de la historia. Mientras tanto, el presidente comandante, porque en esta zona de la política todos son presidentes comandantes, un militar ignorante y soberbio, mala conjunción, se ve llevado a la fama de la mano de los hermanos cubanos, viaja en avión privado a La Habana para hacerse su tratamiento médico y al abrirse la portezuela, al pie de la escalerilla está siempre Raúl, dispuesto a darle un abrazo de bienvenida. Bienvenido a Cuba, sí señor, pero por favor, no se olvide del petróleo, de lo contrario deberán andar todos en bicicleta.
Ya que flameamos el tema de nuestra soberanía, nuestra independencia y el derecho que nos asiste de elegir nuestro futuro, pues elijamos bien.
Cuando la guerra de las Malvinas, Augusto Pinochet que en ese momento oprimía al pueblo chileno, que estaba ligado a la Junta Militar argentina con pactos tan macabros como la “Operación Cóndor”, no dudó un instante de darle su apoyo a Inglaterra, cediéndole el uso de puertos y aeropuertos necesarios para el reabastecimiento de su máquina de guerra. A cambio, recibió apoyo bélico para su propio ejército. Todos los demás países, excepto Colombia que se declaró neutral, manifestamos nuestro espíritu americanista apoyando la guerra desatada por Argentina y ¿qué recibimos a cambio? Pues mucho: recibimos que nuestros productos se pudran en la aduana de Clorinda, sin salir de los camiones que los transportan por motivos que la Kirchner guardará en su real pecho.
La historia no ha terminado, continúa, pues Lugo se muestra favorable al bloqueo de barcos de bandera inglesa o de las Malvinas; bloqueo pagado con la misma moneda que la vez anterior. Argentina no nos da nada. Quizá Inglaterra tampoco, pero por lo menos no nos pondrá trabas ni nos molestará.
Debemos pasar por alto lo que se le ocurra a Rafael Correa, Hugo Chávez o Fidel Castro sobre esta Cumbre de las Américas. Nuestros enemigos/amigos son nuestros vecinos inmediatos y no el “imperio”, en palabras de Chávez. A pesar del Mercosur y todos los discursos sobre integración, vacíos de significado, por eso no se pueden llevar a la práctica, seguimos tan aislados como siempre. Necesitamos una política exterior bien definida, inteligente, práctica. Necesitamos ministros de Exteriores de la talla de Sapena Pastor o Alberto Nogués quienes, nos guste o no, hicieron una labor que no volvió a repetirse porque no tuvimos, en democracia, un presidente mínimamente inteligente, capaz de darle por lo menos una ligera pátina de seriedad al país.