Mientras el oficialismo chavista, encabezado por el delfín Nicolás Maduro, protagonizaba recientemente una ruidosa concentración para recordar los 24 años del Caracazo –como se dio en conocer la revuelta callejera del 27 y 28 de febrero de 1989 contra las medidas económicas adoptadas por el entonces presidente Carlos Andrés Pérez–, efectivos policiales reprimían severamente a mitad de semana a un grupo de jóvenes estudiantes que se encadenaron para exigir al régimen bolivariano que deje de mentir y dé a conocer el verdadero estado de salud de Hugo Chávez.
Tras la represión, los miembros de la llamada “Operación digan la verdad” manifestaron que “reforzarán las acciones” de protesta pacífica hasta que el Ejecutivo brinde información cierta sobre la situación que afecta al agonizante Mandatario, quien continúa internado en el hospital militar de Caracas.
Algunos estudiantes consideran incluso la posibilidad de que Chávez ya esté muerto, especulación que no parece carecer de fundamento ni mucho menos está fuera de lugar. Al fin de cuentas, este es el tipo de situaciones que se generan cuando los gobiernos se niegan a informar al público con transparencia, sumiendo a la ciudadanía en la confusión y favoreciendo la circulación de todo tipo de rumores y versiones no oficiales.
La patética realidad ya recorrió el continente y el mundo, dando lugar a todo tipo de estimaciones, interpretaciones jocosas y hasta humoradas en torno a la situación generada. “En Cuba manda el ‘hermano de un muerto’. En Argentina manda la ‘esposa de un muerto’. En Corea del Norte manda el ‘hijo de un muerto’... Venezuela es la campeona: allí manda el muerto”, reza un cartel que circuló con profusión en las redes sociales estos últimos días.
Chanza aparte, es preciso señalar que la situación se torna ya insostenible para el régimen venezolano.
“Esta protesta recién se inicia, y seguirá hasta que los representantes del Poder Público Nacional resuelvan esta crisis de ingobernabilidad, bajo el respeto a la Constitución Nacional”, expresó Alejandra Moreno, representante de los manifestantes.
La situación es realmente compleja. De hecho, hace diez días que Chávez retornó a Venezuela, tras permanecer por más de dos meses en Cuba, donde fue sometido el 11 de diciembre a una cuarta operación quirúrgica contra el cáncer que padece desde mediados de 2011. Hace prácticamente tres meses que los venezolanos no ven a su mandatario, ni saben a ciencia cierta cuál es el real estado de su salud.
Ello implicó incluso la inconstitucional postergación del acto de juramentación, así como la ilegal asunción al poder de un mandatario de facto, Nicolás Maduro, a quien Chávez a dedo había designado su “sucesor” antes de desaparecer de la vista del mundo. Lo insólito del caso es que, a pesar de la flagrante violación de la Constitución venezolana, y del hecho de que nadie conozca el estado en que se encuentra Chávez, nadie en la región –y nos referimos principalmente a los gobiernos– levanta siquiera tímidamente su voz para exigir el cumplimiento de los mandatos legales y la plena vigencia del orden democrático en la atribulada nación sudamericana.
Imaginemos tan solo por un instante lo que llegaría a suceder si un escenario similar al que acontece en Venezuela se registrara aquí; es decir, si el presidente desapareciera por tres meses enteros, se desconociera su estado físico y mental, otro asumiera por él el poder sin cumplir las disposiciones constitucionales y, además, este se dedicara a reprimir a quienes protestaran exigiendo acceso a una información veraz. El mundo entero nos declararía en falta, se precipitarían contra nosotros los organismos internacionales y nos condenarían los defensores de los derechos humanos.
Pero, desde luego, Paraguay no es Venezuela. No tenemos un presidente con la petrochequera que tiene el de allí –Chávez o quienquiera que gobierne en su santo nombre–, ni sus autoridades están alineadas con el bolivarianismo socialista del siglo XXI imperante en la mayor parte de los países de la región.
Sea como fuere, el hecho concreto es que al régimen bolivariano le está siendo cada vez más difícil mantener la cohesión sin contar con la figura de Hugo Chávez; menos aún mintiendo sobre el verdadero estado de salud que afecta al agonizante mandatario.
Ahora bien, es evidente que si mienten es porque tienen miedo a lo que acontecerá una vez que se anuncie o confirme la desaparición física del excéntrico déspota caribeño. El descontento irá en aumento y las manifestaciones se multiplicarán a lo largo y ancho del territorio venezolano.
En este marco, pues, no es ilógica –aunque sí condenable– la reacción del presidente del Parlamento, Diosdado Cabello, expresada durante los actos del pasado miércoles con motivo de la conmemoración del Caracazo: “Que no vengan ahora con cuenticos de que si estamos peleados; que nos busquen para que nos encuentren. Por donde nos busquen nos van a encontrar al pueblo y a las Fuerzas Armadas”. El miedo, sin lugar a la más mínima duda, está claramente expuesto y contenido en estas afirmaciones. Si no tuvieran miedo, no tendrían necesidad alguna de amenazar.
Evidentemente, el deterioro de la salud de Chávez y su casi inevitable desaparición física constituyen el símbolo de un derrumbe incontenible.
ABC Color/ Paraguay