Por: WILLIAM ANSEUME
9-6-2014
A ese otro prisionero, al que la "revolución" pretende anular: Leopoldo López.
Las barbas de Fidel no terminan de calar en Venezuela; muy a pesar de que no se consigan ya ni adminículos para rasurarse ni en la otrora provechosa Margarita; debido a ello nos proyectamos ahora como herederos físicos desaliñados de los famosos combatientes de la Sierra Maestra.
Castro, es de reconocerlo, intentó todo para invadirnos y posesionarse de nosotros, no de los individuos, por supuesto, sino de lo que este país representa hasta simbólicamente. Buscó negociar con el intraficable Betancourt, quien debido a las doctrinas poli-clasistas de su Acción Democrática excluyó la posibilidad de empobrecernos a todos como solución cubana a nuestras intensas debilidades políticas y económicas de entonces. Neruda, por ejemplo, acudió a Caracas en procura de obtener algún convencimiento del líder de Guatire que santiguara a la revolución cubana. Lo que obtuvo como respuesta, como "cumplido" fueron expresiones negadoras, el de la pipa lo llamó poetastro tarifado de la URSS e insistió en no recibirlo y menos aún en su casa.
No han bastado incursiones desde la isla, armamentos para guerrillas montañeras y citadinas, intentos infructuosos de golpes de Estado, ni la serpentaria, por rastrera y venenosa, entrega desmedida del Presidente felizmente muerto para que el enteco anciano, disecado en "vida", se haga plenamente del país acorazado por Bolívar. Sencillamente porque más de la mitad de los "conciudadanos" se opone furibunda a la humillación y las miserias del comunismo cubano, porque cree y añora la libertad que canta en el himno de sus glorias.
La vergonzosa entrega de Chávez, casi amorosa o más, a Fidel y sus políticas no requiere mayores elaboraciones. Al cierre de su discurso del 1 de enero de 1999, Castro enuncia palabras que le parecieron probablemente muy sabias a Hugo Rafael y se transformaron en savia de su permanente discursear, porque el peloterito de Barinas soñó siempre con ser algo grande, parangonarse con el caraqueño más ilustre, suplirlo en el espacio mental venezolano, asemejarse a Fidel en su supuesta heroicidad con su "revolución" armada y nada pacífica. Castro cierra de este modo su discurso:
"¡Socialismo o Muerte!
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!"
Palabras que hicieron suyas de inmediato los militares venezolanos, guiados por la lengua del paracaidista hablador, para permitir esta vil penetración cubana y entronizar a Fidel a través de la figura ahora magnificada de Chávez. En esas palabras, en las actitudes e imposiciones políticas al pueblo; colocando esos carteles, devaluando nuestra heroicidad pasada, retrogradan la dignidad popular venezolana. Aquel émulo "Patria, socialismo o muerte: venceremos", aunado a las ropitas rojas de nuestros hombres de armas, o ahora las inmensas vallas y carteles con figuras del presidente felizmente muerto en cuanta instalación militar hay en Venezuela dan cuenta de la rodilla en tierra. Esa débil sustitución de la figura de Bolívar, el militar libertario, en nuestro imaginario por el entreguista que fue Chávez desluce imperdonablemente. Hasta en un puestico de control de la Guardia Nacional (fuerza a la que por cierto siempre quiso eliminar) que existe en Coche se puede ver entronizado un cartel grande con el rostro del muerto y su leyenda de ¡Viva Chávez!, como si semejante resucitar fuera posible.
¿Maduro? Nada. El repele de aquello, la borrita, el asiento cruel del café amargo, el culmen del nuevo proyecto fracasado. Le diremos con Fidel en aquel discurso: "Los pueblos lucharán, las masas desempeñarán importante y decisivo papel en las luchas, que en el fondo será su respuesta a la pobreza y los sufrimientos que les han sido impuestos".