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Por: Paquito D´Rivera
Muy a principios de los años 60, siendo yo casi un niño conocí y le tomé buen afecto a Juan Formell, quien trabajaba con mi padre en la orquesta del Salón Caribe del Hilton, dirigida por Fernando Mulens. Poco después Fernando, como tantos otros compatriotas nuestros tuvo que irse con su música a otra parte. Por el contrario Juanito, como le llamábamos cariñosamente, formó los Van-Van y puso su orquesta y su talento al servicio de aquel horror de sistema que ha destruido –entre tantas otras cosas– los mismísimos cimientos de la nacionalidad cubana.
Por eso no creo sea tan difícil entender que miles de cubanos que cortaban caña como esclavos en la remota provincia de Camagüey en 1970, no sientan mucha simpatía por una agrupación musical que celebraba su esclavitud; de la misma forma que los judíos que rompían piedras en las canteras NAZIs al son de las majestuosas armonías de Richard Wagner sonando a toda madre por los altavoces del campo, no tengan al ilustre creador de “Tristan e Isolda” entre sus compositores favoritos. Una de las poquísimas frases útiles acreditadas al Che Guevara fue cuando dijo que “El ser apolítico no existe”, y la realidad es que todos los que hemos tomado una posición firme y pública a favor o en contra de una dictadura, hemos tenido que sufrir las consecuencias. Aunque no hay forma de quitarles sus muchos méritos profesionales, ni Juanito ni Wagner tienen por qué ser la excepción.
Que en paz descanse el colega Juan Formell.