Por: GUSTAVO LINARES BENZO
4 de noviembre de 2012
Cincuenta años se cumplen de la crisis de los misiles atómicos en Cuba. Aquel octubre de 1962 en que casi se desata la primera guerra atómica en la historia, con el embargo naval a la isla, las negociaciones Kennedy-Kruschev, las fotografías de aviones espías. Desde entonces, libros, películas y recientemente la divulgación de documentos secretos que han arrojado nueva luz sobre el episodio.
Buena parte de los intelectuales del mundo, recuérdese por ejemplo a Bertrand Russell, han venido condenando sin ambages los bombardeos atómicos de 1945 sobre Japón, sobre blancos civiles y hasta la aniquilación completa de ciudades enteras. Se trató claramente de un crimen abominable, que ni siquiera se precedió de un ultimátum creíble, como hubiera sido un ataque atómico previo a zonas despobladas.
Pues es hora de que el mismo criterio se aplique a la conducta de los actores de la canallada de 1962, a todos, de Kennedy a Castro, de Kruschev a Gromyko. En sus recientes artículos y declaraciones, en el ocaso de su vida, el líder cubano tiene la frescura de hablar de faltas de ética, pero como siempre las de otros. Ahora resulta que fue Kruschev quien faltó a la moral y las buenas costumbres al mantener en secreto el tratado de nuclearización de Cuba. Pero ningún mea culpa por la nuclearización de América Latina, por acercar el Armagedón a estas tierras. Ni reconocer lo que debe haber ocurrido en realidad, que Castro no tenía la más mínima posibilidad de negarse a los mandatos de la metrópoli colonial a la que había entregado Cuba, de los brazos de Washington al abrazo del oso ruso, sin escalas.