Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
A pocos minutos del centro de la ciudad de La Habana, asentamientos de
madera y chapa alojan a miles de cubanos que no salen en las estadísticas oficiales. Viven marginados por su condición de inmigrantes del interior,
con apenas dinero para comer y sin servicios básicos ni ayuda estatal
Lysyelis Garde de la Caridad tiene 10 meses. Su madre Yaimara muestra
orgullosa el álbum de fotos que le ha armado, con el rostro de bebé sonriente
fundido en playas paradisíacas, iglesias doradas o soles incandescentes. "Las
hace alguien de aquí, que tiene una computadora", explica la joven, que ya inició
los preparativos para el primer año de la pequeña. Con restos de placas radiográficas ha confeccionado decenas de gorritos de fiesta. "Falta mucho,
pero tengo que aprovechar cuando entra algo de dinero", se justifica. Se espera
para ese día una gran celebración: la familia Garde es un verdadero clan en el asentamiento San Francisco de Paula, el más grande de La Habana.
Padres, tíos, hermanos, hijos y nietos se han establecido allí hace unos 5 años,
cuando el cerro, hoy herido de calles serpenteantes, era sólo una maleza
impenetrable. A 40 minutos de auto del centro de la capital cubana, el barrio
ha crecido sin control bajo torres de alta tensión, a sólo cinco calles de la Finca Vigía que sirvió de residencia al escritor Ernest Hemingway. Unas 2.000
personas viven allí, hacinadas en casas de cartón y chapa que vuelan con
cada tornado.
Es una misión casi imposible saber cuántos pobres hay en Cuba. El régimen
de los hermanos Castro los ha desterrado de las estadísticas y declarado
invisibles. Los números elaborados por la Organización de Naciones
Unidas (ONU) simplemente dejan en blanco el casillero "Índice de pobreza"
cuando se trata de Cuba. Años atrás, el obispo de Olguín, Emilio Aranguren
Echeverria, ensayó un número sobre la base de su experiencia en las
parroquias. "El 10% de los cubanos está capacitado para llevar una buena
vida, el 40% puede sobrevivir, el 30% son personas necesitadas y el 20%
vive en extrema pobreza", dijo.
En ese grupo están los Garde. Hijos y nietos de un haitiano que en 1919 llegó
a la isla para trabajar en la caña de azúcar, ocupan el escalafón más bajo de
la sociedad cubana:emigrantes, sin trabajo en el Estado y negros. Practican
además el vudú, una de las cuatro religiones que conforman la santería cubana.
Para el clan, triunfar con el grupo de música haitiana que han armado ocupa
buena parte de todas sus expectativas.
Rumbo a la fama
Los Garde llegaron a La Habana en 2007, procedentes de Santiago de
Cuba, "para triunfar en la ciudad". "Vinimos para acá buscando prosperidad.
No es que estábamos mal, pero si quieres ser músico, tienes que estar La
Habana", explica Silverio, tío de Yaimara. A los 59 años, Silverio vive de la
cabilla. Con el resto de los hombres de la familia recorre las demoliciones
recolectando las varillas de acero de los encofrados, que luego recuperan a
golpe de martillo. El resurgir de la construcción privada le ha acercado clientes.
"Es imposible conseguir acero nuevo en Cuba, así que si tu quieres hacer una
casa, debes comprarnos el reciclado", dice. Su ingreso se completa con la
venta de "durofrío", un "helado" de fabricación simple que amontona en un
refrigerador destartalado. "Se corta una lata de cerveza al medio, se la llena
de jugo, se introduce en ella un palillo de madera y listo", explica Silverio.
Su historia personal no difiere demasiado de la de muchos otros cubanos. Entre
los años 75 y 92 fue integrante de los Comités de Defensa de la Revolución
(CDR), encargado de controlar la fidelidad de sus vecinos a la causa castrista.
En 1987, su trabajo fue premiado con un viaje de dos semanas a Moscú. Hoy ha
roto con el régimen, y sólo piensa en sobrevivir por sus propios medios. "Tenía discusiones y me fui de los CDR. Después trabajé en Cubanacan (la empresa
estatal de Turismo en Santiago), hasta que en el 96 dejé todo. Ahora -dice
Silverio-no tengo ni ayuda, ni contacto, ni obligación con el Gobierno".
Decepción habanera
No les ha ido bien a los Garde con la música. "El grupo nació el 17 de mayo de
1993, Día del Campesino, en Santiago de Cuba. Vinimos para ver si podíamos progresar en La Habana, para mejorar de vida, pero no hemos podido aún", se lamenta Silvia, madre de Yaimara. El principal obstáculo es que han llegado a la
capital desde el interior, en un país que prohíbe la emigración interna. "Apenas llegamos nos acogió Caricatos (la agencia oficial de representaciones artísticas),
pero no duramos más de dos años por ser ilegales", explica Silvia. Entre 2007 y 2008 lograban reunir hasta 300 pesos (unos 12 dólares) por show. Silvia
explica que ahora están "libres" y tocan "de vez en cuando en la Casa de la
Cultura". "No nos pagan -aclara- pero al menos nos hacemos conocer".
Lejos de los escenarios, reunir el dinero diario es la principal ocupación de los
Garde. La gabilla permite a los hombres sumar unos 400 pesos (16 dólares)
por mes, a repartir entre 15 integrantes. El resto depende de las mujeres.
La senda que conduce a las casas de la familia está jalonada de telas de coloresfulgurosos, las mismas que cortarán en pedazos para vender en las
calles de la ciudad. "Compramos telas viejas, las teñimos y las cortamos en
pequeños trozos. Sacamos 300 pesos por mes (12 dólares), como máximo.
Estamos todo el día en la calle, y cuando llegamos acá, ya tenemos hambre"
se ríe Estela, hermana de Silvia. Cerca de los 60 años, Estela trabajó alguna
vez verificando las campañas de acción contra el mosquito del dengue en
Santiago, hasta que decidió seguir al resto en su aventura habanera. "A veces
me llaman para volver a trabajar con ellos, pero ya estoy afincada aquí.
Además, saca más con las toallas", se justifica.
El desafío diario
Los niños juegan al béisbol en una plaza de tierra seca y dura. Cuatro jóvenes,
protegidos del sol por un pequeño techo de madera, juegan al ajedrez.
Modesto, otro de los hermanos de Silverio, golpea con un martillo pedazos
de hierro retorcidos que luego serán vendidos a algún arquitecto necesitado
de materia prima. En las cuerdas colgadas de árbol a árbol la ropa húmeda
comparte espacio con pañales reciclados que se secan al sol. A 9 dólares
la bolsa de 24 pañales, Yaimara necesitaría los ingresos de todo un mes para
abastecer a su niña durante menos de una semana. "Les saco el relleno, los
lavo y les pongo algodón nuevo. Cada uno me sirve para tres o cuatro puestas,
hasta que se rompe la tela", cuenta la joven. El ingenio cubano no sólo resuelve
el desafío de los pañales. El agua llega al barrio sólo dos horas diarias, la luz
hay que robarla de las torres de alta tensión y el gas es un bien escaso. La
comida, sin embargo, abunda.
"Todos los días pasan vendiendo comida del mercado negro. Se te acercan
ofreciendo cerdo, arroz, embutidos, huevo, pescado, morcillas... lo que quieras.
Es más fácil conseguir alimentos aquí que en el centro de La Habana, pero para
un par de zapatos hay que luchar", cuenta Silvia.
La venta de comida en el mercado negro forma parte del ingreso de miles de
cubanos que día a día "roban" al Estado lo que falta en los supermercados. El
problema es que la mercadería paralela se vende en CUC, los pesos cubanos convertibles en dólares que son inaccesibles para gente como los Garde.
"Hay un mercado más económico donde podemos comprar alimentos -explica
Silva- pero para cuando conseguimos el dinero ya está cerrado. En el barrio
hay comida, lo que no hay es dinero".