Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
La capital cubana acelera su decadencia a pasos agigantados. Pero sin desprenderse de su encanto
No hace falta adentrarse mucho por las calles de La Habana para comprobar la desolación que impera: darse un paseo por el Malecón es suficiente. De entrada, abundan las fisuras en la acera y un buen puñado de zanjas no arregladas están cómodamente arraigadas desde el principio hasta el final. Sin embargo, lo que de verdad interpela al paseante son los taxistas y los mendigos. Ambos personifican, cada uno a su manera, el clasismo dentro de la pobreza que solo 54 años de dictadura comunista son capaces de generar.
Los primeros identifican perfectamente al turista poseedor de pesos convertibles -un timo en toda regla- y le interrumpen varias veces a lo largo del recorrido, dispuestos incluso a dificultar el tráfico con tal de conseguir un trayecto; los segundos, en cambio, piden dinero de forma indiscriminada a compatriotas y a forasteros. “¡Señor, una monedita!”. En general, son personas mayores que, entre batistato y comunismo, nunca han eclosionado. Pero no solo ellos. A decir verdad, solo los turistas pasean.
Los habaneros, por lo general, optan por repanchingarse en los bordillos y divisar el Caribe con mirada melancólica, consecuencia facial de un comunismo que acaba con la moral de cualquiera. Menos tal vez de los viejos vendedores del Granma y del Juventud Rebelde. Uno, picado por la curiosidad, compra sendos ejemplares y, ojeando la publicación juvenil, descubre que en la página del consultorio sexual, el autor de un artículo se apoya en una cita de Enrique Rojas para, a continuación, defender lo contrario que el psiquiatra español, que bien poco tiene de comunista.
Nada de políticaAunque, terminado el periplo por el Malecón, sorprende aún más ver, en un mercadillo de libros antiguos situado ante el Palacio de los Capitanes Generales, entre hagiografías del Che y de Fidel Castro un ejemplar de Café Nostalgia, una novela de la escritora exiliada Zoe Valdés, una anticastrista de pro.
Pero de apertura política, siquiera bibliográfica, nada de nada: en el lugar menos pensado -en la fachada de una frutería o en un portal cualquiera-, el caminante que se fije un poco apercibe una pequeña placa redonda en la que se lee: Comité de Defensa de la Revolución. O sea, las brigadas de barrio encargadas de sofocar cualquier brote de libertad. Que nadie hable de política. Solo un peluquero de la calle Infanta -en la parte trasera del barrio del Vedado- se atreve a manifestar su descontento y de forma eufemística: “¿Os cambiamos a Raúl por Rajoy?”.
Gracias a Dios, la presencia española en La Habana es mucho más que esa alusión. Estremece ver como la rojigualda ondea -aunque sea a la diplomática altura de una embajada- en La Habana a pocos metros de la bahía donde la flota del almirante Cervera fue aplastada en 1898. Porque 115 años después la capital cubana -especialmente su parte vieja- no ha perdido un ápice de su encanto de ciudad española. Si no, ahí están los versos de de Carlos Cano: “La Habana es Cádiz con más negritos / Cádiz, La Habana con más salero”
Fuente: Gaceta.es