La Habana, 25 de Abril.- Según el Gran Larousse, el vocablo
envidia viene del latín, invidere, (ver con malos ojos). Luego
acudo al Diccionario de la Real Academia de la Lengua
española y buscando los pecados capitales, encuentro la
siguiente definición -muy a tono con la forma de mirar a
los estadounidenses y a su nación en particular, desde la
Cuba oficial, y por buena parte de los cubanos en general:
Envidia: Tristeza del bien ajeno.
El tema me lo sugirió un amigo con quien conversaba
en el Parque Central de La Habana, quien simplemente me dijo:
“A los americanos lo que les tienen es tremenda envidia.
Si ahora mismo abren el “banderín”, no alcanzan los barcos para
llevarse a los que se van. El mismo millón de manifestantes en la
Plaza de la Revolución coge el camino de Miami”.
¿Qué nos sucede con los estadounidenses? -Escribo la palabra, porque buscando y buscando
encontré el gentilicio oficial, al menos en idioma español. La respuesta certera, como bien me
dijeron en el parque, a vox populi, es sencillamente la envidia. Lo corroboré en otra conversación,
mejor dicho, discusión con una persona bien marcada por el pensamiento oficialista, quien no
se detiene en epítetos ofensivos contra los norteamericanos.
"Estados Unidos le debe miles de millones de dólares al mundo". "Los americanos le robaron
a México más de la mitad de su territorio". "Si no fuera por el bloqueo Cuba sería un país
altamente desarrollado". "Nos agreden constantemente, ellos son la causa de nuestros
problemas". "Es el enemigo principal".
Frases y frases se repiten; pero a este interlocutor atrincherado, le hice una inesperada pregunta:
¿Dime cuántos cubanos han muerto, directamente, bajo los ataques de soldados norteamericanos?
Puedo hacerte la pregunta al revés, es decir, ¿Cuántos soldados norteamericanos han caído en
combate frente a las Fuerzas Armadas Revolucionarias cubanas?
Después de mucho hurgar en la historia, tal vez sean dos o tres nombres, sin exagerar, de bando
y bando. Nada más. En Vietnam, fueron cerca de sesenta mil soldados muertos en combate y
más de tres mil aviones derribados, por la parte americana; mientras los vietnamitas, por su parte,
perdieron a millones de personas en una cruenta guerra. Hoy, tienen embajada y relaciones
comerciales normales con los Estados Unidos, mostrando un panorama muy diferente al que ha
producido la obcecación del gobierno cubano (léase envidia), hacia los poderosos vecinos del
norte.
La prensa nacional cubana se regodea con las noticias sobre los tiroteos en las escuelas, el
desempleo y el racismo que ocurren en diferentes ciudades norteamericanas. Nos habla de
los drones matando a inocentes en la frontera afgano-paquistaní; aseguran que Bin Laden
está vivo, o a falta de realidades más interesantes informan que -según ellos- la mayor parte
del comando que ejecutó al terrorista, tal cual la maldición de una momia egipcia, ha fallecido inexplicablemente. Esto último lo publicó, sin otros detalles, el “muy serio” periódico Granma.
Cada vez que ocurre un atentado terrorista contra los Estados Unidos, el gobierno cubano se
regocija, y después, envía una nota de condolencia.
Poco o nada se escribe de los adelantos científicos, el Hubble, la llegada a la Luna, el infinito
viaje del Voyager, el I-Pod o de la ayuda enviada a otros países cuando ocurre algún
desastre natural.
Le dije al atrincherado contrincante de días atrás: “Tengo amigos en los Estados Unidos; gente
que admiro, como Danny Glover, Alice Walker, Steven Spielberg, y otros menos conocidos y
entonces vulnerables, de quiénes no hablo. Todos tienen a la bandera de las barras y las
estrellas como divisa. Aman a su país y así debe ser, tal y como yo amo al mío.
¿Por qué no podemos ser amigos? Los enemigos de la reconciliación acuden a una larga
lista de enfrentamientos y atropellos, reales o exagerados, que jamás sería una mínima parte
de lo sucedido en Vietnam; sin embargo, los sabios hijos del Tío Ho encontraron un modelo de
convivencia diferente. Parece que la envidia no es naturaleza de los asiáticos.
Cuba no ha podido encontrar el camino del desarrollo. Durante la pasada década, apremiados
por las circunstancias, llegamos a comprar más de mil millones de dólares anuales en alimentos, directamente desde los Estados Unidos, pero nuestros mediocres líderes siguen repitiendo que
los "Yanquis" son la causa de nuestra pobreza y mala administración. El bloqueo lo justifica
todo.
Respetar al vecino, no importa su tamaño, está bien, pero obviar la importancia de sus dimensiones
y de su desarrollo es un craso error político, demostración de la pérdida del sentido común, de la
cabeza, de lo “capital”, es decirlo claramente, nos conduce al pecado más allá de su interpretación
puramente religiosa.
Es obvio que Cuba y los Estados Unidos pueden y deben tener mejores relaciones, existen
incomprensiones de parte y parte, pero yo, como cubano, lejos de ese pecado capital, que es
la envidia, insisto en los problemas que a nosotros atañen. Hoy viven en territorio norteño más
de un millón de compatriotas, cuyos ingresos salvan a la economía nacional de la catástrofe.
¿Por qué hablar mal de la mano que te da de comer? ¿Cómo acusar a un país cuya economía
sostiene la tuya? La ideología oficial se estrella contra los hechos, y los hechos son porfiados.
Un solo cubano de regreso al país, en calidad de visitante, una pequeña ayuda monetaria vía
Western Unión, vale por mil palabras de la prensa comunista.
Es tiempo de terminar con el invidere, los malos ojos, el pecado capital de la envidia. Capital no
solamente por su importancia, sino porque está en la cabeza, es pecado mental y mortal. Nos
conduce al abismo. Otra realidad es posible.
Fuente: Hablemos Press/ La Habana.
