La caída del socialismo soviético arrastró consigo el concepto de planificación centralizada, considerada entonces como la vía para que economías dirigidas y administradas por estados revolucionarios condujesen a la producción de riqueza y su distribución equitativa. Se creía que el Estado, representando a todos, conduciría la economía hacia esos objetivos. Lo que pasó fue muy distinto, y el colapso de esos procesos económicos y sociales en los años 90 fue revelador de problemas consustanciales a ellos: escasez y mala calidad de bienes y servicios, corrupción, y desaparición de las libertades humanas fueron los más impactantes. Gente de países occidentales que se identificó ideológica y afectivamente con el socialismo del siglo XX sufrió un severo impacto que los llevó a separarse de la política o encauzar sus energías hacia temas como la protección del ambiente o reformas políticas y sociales buscando mayor equidad, pero sin cuestionar las bases de la economía de mercado. Otros persisten buscando la transformación socialista con la mira puesta en la sociedad comunista propuesta por Marx.
Heinz Dieterich, autor del libro
Hugo Chávez y el Socialismo del Siglo XXI (2005) y consejero del expresidente, volvió a plantear la planificación centralizada: en el nuevo socialismo a la economía de mercado la sustituiría una
economía democráticamente planificada. Regida por la soberanía popular, condición que no existió en los socialismos del siglo XX (dominados por burocracias estatales y partidos comunistas) y tampoco a su juicio en las economías de mercado (diferimos de esta última afirmación: la economía de mercado, aún con sus distorsiones y desequilibrios, requiere la participación del común de la gente, principalmente en su rol de consumidores). La nueva economía socialista de Dieterich se regiría por el
principio de equivalencia, en el cual salarios y precios se determinan únicamente por el tiempo de trabajo invertido o incorporado en ellos, sin consideración de otros factores. Así, ambas variables (precios y salarios) tendrían asignado un
valor real, que sería la suma de todo el tiempo invertido en el trabajo, o contenido en los bienes. ¿Cómo establecer democráticamente ese valor? Dieterich lo cree posible gracias al uso de la tecnología de la información y comunicación electrónica, "para extender la democracia participativa a la esfera económica". Obviando las objeciones que muchos lectores se habrán planteado sobre el concepto de
valor real, surge la pregunta: ¿quién lo determinaría? Una tarea de esta naturaleza tendría que ser centralizada por el Estado, y eso sería regresar a la planificación centralizada de los socialismos del siglo XX. Pero ahora, según Dieterich, la informática permitiría simplificar los complicados cálculos que implica, y facilitaría la participación popular.
En el mundo se multiplican rápidamente las transacciones directas entre compradores y vendedores. Gracias a Internet millones de compradores amplían sus opciones, y productores, distribuidores y vendedores aumentan la visibilidad de sus ofertas. Este proceso señala una tendencia e influye en los precios. Esta interacción libre entre múltiples personas y empresas se diferencia de la
economía democráticamente planificada que propone Dieterich en que en la segunda se interpone entre ellas el Estado, el cual fijaría el supuesto valor real de las cosas y los salarios. Dieterich cree que la computarización de la economía, administración y vida privada facilitaría la transición a la economía socialista, porque con las computadoras se podría manejar la determinación de necesidades, dirección de la producción y distribución de los bienes. Claro, con el Estado en el medio, "otorgando" todas las transacciones.
Algo de eso ha visto Venezuela con el accionar de entes estatales como Sundecop, el SADA, Cadivi, BCV e Indepabis. Y sabemos que a través del control de precios, asignación de divisas y distribución de bienes estos entes son responsables de grandes desequilibrios económicos, generan inflación, escasez y baja calidad de productos, y estimulan el contrabando y las importaciones. Pero allí no queda todo: con la excusa de corregir esos problemas, el Estado ahora pretende controlar directamente la adquisición de bienes por parte de las personas a través de la informática: primero con el chip de la gasolina, y ahora con la posible instalación de captahuellas en automercados. Para corregir distorsiones económicas que ocasiona la intervención estatal se nos quiere imponer el control personalizado con ayuda de las computadoras. ¿Cómo no relacionar estas políticas con la propuesta Dieterich, que en esencia es la misma economía centralizada comunista reforzada con la informática? No hace falta ser adivino para pronosticarle el mismo fracaso que tuvo aquella. Ahora será el socialismo 3.0 el que fracase.
Médico y profesor universitario
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