Por Ernesto Aquino/ Hablemos Press.
La Habana, 2 de Junio.- La libertad individual, y sobre todo la libertad
de expresión, atenta contra cualquier grupo de poder que busca ejercer
la autoridad absoluta sobre la sociedad que pretende gobernar.
Cuando la sociedad civil independiente levanta su voz para reclamar
sus derechos y denunciar las arbitrariedades que cometen los
gobiernos totalitarios, o aquellos otros cuya estrategia consiste en
servirse de los recursos de la democracia para luego someter a
servidumbre todas las libertades y destruir los mecanismos
democráticos que limitan sus posibilidades de perpetuarse en el poder,
son acusados de enemigos de la patria, mercenarios y pro
imperialistas.
La izquierda marxista, extremista inveterada, esencialmente clasista
-si consideramos sus políticas de latifundio, y sus métodos basados
en el terror de masas y otras variantes represivas (que aun cuando
fuera Lenin su mayor exponente, tienen sus antecedentes históricos
en la ideología racista de Marx y Engels) encaminadas a someter y
limitar las libertades individuales y los derechos fundamentales
del ser humano-, toda vez que alcanza el poder, considera un
insulto intolerable todo reclamo ciudadano basado en el ejercicio pleno
de la libre expresión.
En algunos países latinoamericanos, como Venezuela, donde todavía
la aventura socialista flirtea con la democracia (aunque para ello tenga
que apoyar su campaña electoral sobre las bayonetas y el terror
pandillero), el ataque contra los medios informativos independientes
es encarnizado; y así, estaciones de radio y televisión -como
algunos órganos de prensa-, son intervenidos por fuerzas militares
del gobierno, acusados de “mentir” y “atacar los intereses del pueblo”.
Para el comunismo, la mentira es la única verdad legítima que
puede garantizar su existencia, y a través del socialismo -que es la
promesa renovable que no va a cumplirse nunca- le otorga
carta de ciudadanía a un fraude que acaba convenciendo al ciudadano
de la necesidad de aceptar una realidad que no puede cambiar,
porque en ese principio radica el poder del totalitarismo: Instalar
en la mente del gobernado la conciencia de un fatalismo que sólo
puede resolverse sobre la base de dos alternativas: El sistema o la
muerte.
Y la única posibilidad de realizar este sueño esclavista, es privando
al ser humano de su derecho a expresarse, porque en ese
ejercicio de auténtica y legítima soberanía está el único poder
capaz de transformar los pueblos en sociedades desarrolladas.