Ya lo cantaba Javier Krahe hace más de dos décadas: «Es un asunto muy delicado
el de la pena capital, porque además del condenado juega el gusto de cada cual». «Empalamiento, lapidamiento, inmersión, crucifixión, desuello, descuartizamiento,
todas son dignas de admiración», seguía con sorna.
Hay países en pleno siglo XXI donde, más allá de la sátira, la canción de Krahe se
hace realidad en la vida cotidiana. El adulterio y la sodomía en Irán, la blasfemia
en Pakistán, la brujería en Arabia Saudí o el tráfico de huesos humanos en la
República del Congo son algunos de los delitos por los que ha sido aplicada la pena
de muerte a lo largo de 2011, según un informe que acaba de hacer público la
ONG Amnistía Internacional (AI).
Los métodos aplicados van desde la decapitación y el ahorcamiento a la inyección
letal y el fusilamiento. En lugares como Arabia Saudí, Somalia, Corea del
Norte o Irán hay ocasiones en las que, además, se hace en público.
Efectivamente, según AI, aproximadamente el diez por ciento de los 198 países
del mundo, veinte en total, llevaron a cabo ejecuciones el año pasado. Es allí donde
se mantiene ese «alarmante» ritmo de muertes ordenadas por la autoridad
supuestamente competente. Al finalizar 2011 había unas 18.750 personas
condenadas a muerte y, al menos, 676 fueron ejecutadas en esos doce meses.
En todo caso, la nómina de países se ha reducido en más de un tercio en la
última década.
China mantiene un tupido velo sobre sus estadísticas, macabras aunque sin
concretar, por lo que AI solo llega a poder estimar el «miles» los casos. Solo en
China se ejecuta a más gente que en el resto de países. El mantener el dato
como secreto de estado no le impide mantener el vergonzoso honor de campeón
del mundo.
Las autoridades del país asiático acaban de retirar de la programación televisiva
un programa, que evidentemente salía al aire con su participación y visto bueno,
en el que reos condenados a muerte eran entrevistados por una reportera. Había
causado furor con sus más de 40 millones de espectadores y su finalidad era servir
de ejemplo a próximos delincuentes y maleantes. Más de 200 condenados habían
sido puestos delante de las cámaras en el último lustro. Poco después, los
protagonistas del «show» eran liquidados.
AI insta al gobierno chino a arrojar luz sobre las ejecuciones que lleva a cabo
para así poder confirmar si es verdad que los cambios legales realizados en los
últimos cuatro años han hecho disminuir la aplicación de la pena de muerte y
las condenas. La ONG alude a ciertos avances, como la eliminación de este tipo
de pena para trece delitos.
El mayor aumento sin embargo con respecto al año anterior lo ha sufrido Oriente
Medio, donde las ejecuciones casi han doblado a las de 2010 por las llevadas a cabo
en cuatro países: Arabia Saudí (al menos 68), Irak (la menos 82), Irán (al menos 360)
y Yemen (al menos 41). En un caso similar al chino, AI sospecha que en Irán podrían
haber sido ejecutadas el doble de personas de las reconocidas oficialmente.
La vergüenza salpica también a un país que se considera cuna del progreso y de
los derechos humanos, Estados Unidos. Es el único estado del G8 y del todo el
contienente americano donde se condena a presos a muerte y la sentencia se lleva
a cabo. La cifra de 2011 fue de 43.
Haciendo público su informe anual, AI pretende que ese diez por ciento de países
dé marcha atrás. «Nuestro mensaje a los líderes de la aislada minoría de países
que continúan ejecutando a personas es claro: en esta cuestión van a la zaga del
resto del mundo, y ya es hora de que tomen medidas para poner fin a esta pena,
la más cruel, inhumana y degradante». Lo dice Salil Shetty, secretario general
de la ONG.
En muchos países las sentencias no vienen precedidas de juicios con garantías
procesales y se obtuvieron testimonios a golpe de torturas. A veces los condenados
eran menores y en muchos casos extranjeros.
Hay sin embargo, en líneas generales, «un progreso gradual incluso en el reducido
grupo de países que ejecutaron a personas en 2011», añade Shetty en el comunicado.
«No va a suceder de la noche a la mañana, pero estamos decididos a que llegue el
día en que la pena de muerte pase a la historia».
Para entonces, si eso ocurre, habrá que seguir escuchando a Javier Krahe
con su catálogo denuncia de horrores y su cachondo estribillo de condena: «Pero
dejadme, ay, que yo prefiera la hoguera, la hoguera, la hoguera».
