Si tuviéramos que resumir en una palabra el resultado de la primera reunión cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), conjuntamente con las máximas autoridades de la Unión Europea, llevada a cabo en Santiago de Chile y que concluyera el lunes 28 de enero con el acto de traspaso de la presidencia pro témpore de la organización continental al régimen dictatorial de Cuba, la palabra correcta sería “resaca”, pues sirvió más propiamente para depositar en la metafórica arena del cónclave transcontinental tanto agua limpia como basura; mucho más de esta última que de la primera.
Lo poco de limpio y rescatable del encuentro de alto nivel fue aportado por la Unión Europea, con planteamientos concretos para viabilizar el proceso de ampliación de la integración económica a nivel de extrazona mediante un acuerdo de libre comercio con el Mercosur, en una primera fase, y con toda Latinoamérica y el Caribe después. En efecto, la Unión Europea defendió ante la CELAC la necesidad de dar un mayor impulso a la liberación comercial a nivel internacional. El tema fue puesto en el tapete por el propio presidente del Consejo Europeo, Herman van Rompuy, en una rueda de prensa tras el cierre del encuentro presidencial que congregó a 33 países del área, con la arbitraria exclusión de Paraguay; marginación consentida sin rezongo por el presidente anfitrión, Sebastián Piñera.
El primer remezón de basura de la metafórica resaca provino de Argentina y de los países miembros de la Alianza Bolivariana de las Américas (Alba): Bolivia, Cuba, Ecuador y Venezuela, cuyos Presidentes, por estar en contra para continuar confiscando empresas extranjeras sin pagar por ellas lo que valen, se opusieron a que la declaración de la cumbre CELAC-UE incluyera el compromiso de los países latinoamericanos de garantizar la seguridad jurídica de las inversiones foráneas. “Bolivia no estuvo de acuerdo en colocar un punto que diga que los países latinoamericanos se comprometen a garantizar una seguridad jurídica para las inversiones”, declaró la ministra boliviana de Comunicación, Amanda Dávila, justificando la postura de su Gobierno en contra de la normativa, considerándola inherente más a decisiones políticas que a medidas económicas.
Otro aluvión de hojarasca dio de lleno en la cara del propio anfitrión de la cumbre de Santiago. Fue la reiterativa y necia porfía del presidente boliviano, Evo Morales, reclamando a Chile una “invencible imposibilidad”, al decir de los propios bolivianos: una salida soberana al mar. Obviamente, la reacción del presidente Piñera fue de categórico rechazo a la insólita propuesta de su homólogo de la nación del altiplano. Lo que en realidad llamó la atención en torno a este inoportuno incidente creado en momento y lugar errado fue que, por la primera vez, el excéntrico gobernante boliviano ensayó un remedo de “diplomacia coercitiva”, táctica retórica conocida por entremezclar promesas y amenazas a un mismo tiempo y de la que con frecuencia se valen ciertas naciones poderosas para presionar a otras más débiles. Ofreció a Chile gas boliviano a cambio de un acceso soberano al Océano Pacífico. Como era de esperar, lo único que el presidente Morales consiguió con su obtusa intervención fue poner en evidencia que la política exterior de su gobierno está subordinada a necesidades de política interna, sobre todo ahora que su popularidad está decayendo rápidamente.
Pero el más sucio bagaje de la resaca de la cumbre de la CELAC-UE fue el insólito traspaso de la presidencia pro témpore del bloque continental nada menos que al régimen dictatorial de Cuba, en la persona del más sanguinario y despótico gobernante de América, Raúl Castro. No fue sorpresa que su discurso de aceptación del cargo se centrara en diatribas contra los Estados Unidos de América, coreado por el “lamento borincano” de los gobernantes títeres de Alba y de algunos presidentes sudamericanos identificados con el mito ideológico del chavismo bolivariano.
El punto alto de la alharaca de los seguidores de Hugo Chávez se dio cuando el presidente trucho por él designado, Nicolás Maduro, dio lectura a una carta presuntamente escrita “de puño y letra” por el líder bolivariano oculto en su lecho de enfermo en La Habana y dirigida a sus colegas del alto foro transcontinental, en la que lamenta “no poder acudir a la cita” de Santiago. La misiva, un revoltijo de conocidos lemas ideológicos reiterativamente proclamados por el autoritario mandatario venezolano, expresa, entre otras cosas: “Hoy ratificamos la denuncia a la condena del vergonzoso bloqueo imperial a la Cuba martiana y revolucionaria y la continua colonización y ahora militarización progresiva de las Islas Malvinas”.
Al traspasarle la función a Castro, el presidente de Chile, Sebastián Piñera, le recordó, con un dejo no exento de ironía, que “dentro de los objetivos de esta presidencia está mantener la unidad, promover el entendimiento, defender la democracia, las libertades”. Con referencia a la inmerecida distinción continental conferida al tirano de la isla caribeña por la CELAC, el secretario general de la alianza opositora de Venezuela, Ramón Guillermo Aveledo, restó autoridad moral a Raúl Castro para atacar y descalificar a aquellos que no comparten la política del “gobierno bolivariano”. Por su parte, varias organizaciones del exilio cubano calificaron como una “vergüenza” que el gobernante de Cuba asumiera la presidencia pro témpore de la CELAC, repudiando el nombramiento en razón de que Castro no llegó al poder de manera legítima y “maneja a Cuba con una dictadura férrea”.
Concluyendo, puede afirmarse con toda razón que la cumbre de Santiago fue un fiasco para los líderes de Unión Europea que vinieron con propósitos serios de iniciar tratativas comerciales con la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, en tanto que para la región misma no pasó de ser el mismo lamento borincano de otras cumbres presidenciales, por sus nulos resultados en términos de los principios, valores e intereses proclamados en su carta constitutiva, y que acertadamente el presidente Piñera tuviera a bien recordarle al flamante presidente pro témpore en ocasión de traspasarle el mando.