Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
Mientras Chávez ensaya por enésima vez su canto a la paz y transmite en su mensaje desde La Habana la desalentadora noticia de la recurrencia del cáncer, aquí en Caracas algunos de sus seguidores profesionales incurren en lo que mejor se les ha dado desde el 4 de febrero de 1992. El Presidente se encomienda a la gran corte celestial, santos patronos, beatos, venerables y espíritus de la sabana, mientras los cruzados de su causa religiosa desechan misales, estampitas de José Gregorio y fumatas de ruego al negro Miguel, para emprenderla a tiros en contra del adversario político.
El Chávez sereno, posesionado de sus deberes como sabio jefe de Estado, pasando revista a su agenda, distribuyendo recursos, deteniéndose en juiciosas recomendaciones a sus ministros y advirtiendo que va a respetar la propiedad privada y defender a la clase media, fue el largo y sosegado preámbulo para generar confianza y seguridad. Pero el breve final de la alocución dominical, reconociendo la persistencia del cáncer, constituye el golpe esperado (así lo reconoce él mismo) que echa por tierra todas las garantías de certidumbre que tan cuidadosamente se empeñó el ilustre paciente en enumerar. Y el episodio violento de la tarde, en Cotiza, no sólo confirma una antigua práctica que ya es hábito, sino el eventual preludio de un país cuyo destino pende de su único centro de gravedad, entregado ahora al vaporoso arbitrio de un batiburrillo de toda clase de deidades reunidas en el gran reino del sincretismo chavista.
Los ángeles exterminadores de Chávez caben en ese esquema esquizofrénico porque, dentro de la ambigüedad del doble discurso, son la única realidad tangible. Los aspavientos pacíficos del Presidente, sus poses reflexivas y su caracterización del estadista reposado conforman, apenas, el costado farsesco de una representación donde sus motorizados ya no serán producto de la imaginación, ni mucho menos las pistolas que portan, las balas que disparan o la gente que hieren y pueden llegar a asesinar.
Que en la historia contemporánea y en otras latitudes estas bandas hayan terminado imponiéndose como un elemento más del terror desatado por regímenes de fuerza y/o de corte totalitario, no quiere decir que lo logren en un país como el nuestro, donde la persistencia de los mecanismos básicos de la democracia han logrado subsistir para generar lo que ya parece convertirse en sentimiento nacional. Ellos atacan, es lo que saben hacer, para eso fueron creados. Pero si antes lo hacían para reducir al adversario, ahora se les siente, a la distancia, en medio de su consabida agresividad, un cierto tufillo a culillo.
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