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Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.

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Los profetas de Stalin

  • Los profetas de Stalin
    INTELECTUALES

    Por: J. C. RODRÍGUEZ

    El brutal dictador siempre recibió los mayores elogios, y las justificaciones más imaginativas.

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  • Este martes se cumplieron 60 años de la muerte de Josif Stalin, el brutal dictador que llevó a la máxima expresión el socialismo, el socialismo real, el genocidio.

    Stalin siempre tuvo admiradores entre los intelectuales de la izquierda y, de hecho, los sigue teniendo. Stalin, que había ido trepando por el Partido Comunista ruso, se hizo con el poder a la muerte de Lenin. Desde entonces abundaron los admiradores del dictador comunista. Pudiera pensarse que es por desconocimiento de sus crímenes, pero no es el caso. Lenin puso en marcha los primeros campos de exterminio, y en Gran Bretaña se publicó un libro que describía la maquinaria soviética de genocidio en 1931.

    Viajes al paraíso de Stalin

    Muchos intelectuales se vieron atraídos por el comunismo ruso, y fueron a conocer de primera mano aquélla ilusionante experiencia. Bertrand Rusell visitó Rusia entre mayo y junio de 1920, tras lo que escribió The practice and theory of Bolshevism. Russel escribió que el comunismo era “necesario para el mundo”, pero describió su carácter opresivo y dictatorial. H.G. Wells también visitó Rusia unos meses antes. Escribió su entusiasmo por aquél socialismo. Fue testigo de las matanzas, y las justificó diciendo que “aparte de algunas atrocidades individuales, en conjunto no se mató sin motivo y sin un objetivo”. Wells dijo que “nunca había conocido a un hombre más justo, cándido y honesto” que Josif Stalin.

    “La intelligentsia británica al completo ha estado este verano en Rusia”, escribió Kingsley Martin en 1932. Entre esa pléyade de turistas revolucionarios estaba el matrimonio formado por Beatrice y Sidney Webb, compañeros de Wells en la sociedad fabiana. De su irreflenable entusiasmo es fruto su obra Soviet communism: A new civilization? (1935). Entre las actuaciones del régimen de Stalin que ellos describían como el amanecer de una nueva civilización estaba la actuación del precursor de la KGB, la OGPU creada por el siniestro Félix Dzerzhinski. Al describir “la labor constructiva de la OGPU”, los Webb decían que “en Rusia no hay mayor crimen que actuar contra el Estado”, y que por tanto su actuación está justificada.

    El poeta Stephen Spender ofrecía una justificación del régimen de partido único, diciendo en su libroForward from liberalism (1937) que dado que el socialismo era un régimen que encarna la moral, ningún otro partido tiene cabida. Pues se opondría, de tal modo, a aquéllos principios. De modo que la “democracia comunista” debe defenderse a sí misma de los peligros de la contra revolución. Una defensa que se llevó por delante, en época de Stalin, no menos de 20 millones de vidas. El economistaMaurice Dobb, que intentó salvar al socialismo de la demoledora crítica de Ludwig von Mises, escribió el libro Rusia today and tomorrow (1930), en el que se congraciaba de que “una nueva raza de hombres” estaban siendo “disciplinados por la maquinaria y por el trabajo, a veces de forma cruda y siempre dura, pero con visión y devoción”.

    Bertolt Brecht, que merecería un capítulo aparte, explicaba cuál era su posición sobre el recurso a la violencia en un país como Rusia. En su obra Die Massnahme, los derechos del individuo no pueden oponerse a la plasmación de la justicia universal, y el asesinato aparece como un instrumento útil. Se proclama en la obra: “¿Quién eres tú?/Sumérjete en el fango/Abraza al carnicero, pero/cambia el mundo. Lo necesita”

    Odas a Stalin

    Pablo Neruda dedicó una Oda a Stalin que muchos hubieran querido firmar. En sus últimas palabras, decía: “Y allí velamos juntos, un poeta,/un pescador y el mar/al Capitán lejano que al entrar en la muerte/dejó a todos los pueblos, como herencia, su vida”. Ese Capitán era el mismo a quien cantabaNicolás Guillén: “Stalin, Capitán/Tiembla Europa en su mapa de piedra y de cartón./Mil siglos se desploman rodando sin contén./Cañón/del Austro al Septentrión./Cabezas y cabezas cortadas a cercén”. Miguel Hernández, el poeta, dejó sobre un papel: “Ah, compañero Stalin: de un pueblo de mendigos/has hecho un pueblo de hombres que sacuden la frente,/y la cárcel ahuyentan, y prodigan los trigos,/como a un inmenso esfuerzo le cabe: inmensamente”. Rafael Alberti se negaba a aceptar la noticia de su fallecimiento: “No ha muerto Stalin. No has muerto./Que cada lágrima cante/tu recuerdo./Que cada gemido cante/tu recuerdo./Tu pueblo tiene tu forma,/su voz tu viril acento”.

    Historiadores

    Nunca faltaron intelectuales prestos a elogiar a Stalin y su régimen. Pero quizás hayan sobresalido, además de los poetas, los historiadores. Gabriel Golko no es un historiador muy conocido, al menos fuera de los Estados Unidos. Pero es precursor, y maestro, de muchos otros. Él fijo la que fue la posición canónica de defensa del régimen soviético en la Guerra Fría. “Fue únicamente el miedo a Rusia y al comunismo, un argumento débil e irrelevante, en el que no creía (ni) la Administración Truman”. Crítico de la política exterior de los Estados Unidos, la Rusia en manos de Stalin no padecía ninguno de los males morales que aquejaban a su país. Stalin, por su parte, era un hombre con un “sentido del humor tolerante” y apreciaba “la flexibilidad y la sutileza” en cuestiones políticas.

    Eric Hobsbawm es reconocido como uno de los grandes historiadores del siglo XX. También merece el título de ser un gran estalinista. En 1939 escribió, junto con otro autor, un panfleto en el que defendía a Stalin y a Hitler y justificaba las posiciones de ambos en su pacto para repartirse Polonia.

    En 1994, Michael Ignatieff le entrevistó con motivo de la caída del muro de Berlín, cinco años antes. Le preguntó si, en el caso de que el Socialismo hubiera conseguido sus objetivos, pero a un coste de 15 o 20 millones de muertos, y no los 100 millones a los que se les aplicó el socialismo en forma de muerte por represión, ¿lo defendería? “Sí”, fue toda su respuesta. El estalinismo fue “desilusionante”, pero hubiera sido maravilloso que hubiese triunfado. En su libro Sobre la historia, de 1997, Hobsbawm escribió que “a pesar de ser sistemas frágiles, como eran los comunistas, sólo fue necesario que utilizasen una fuerza limitada, inclsuso mínima, para que se mantuviesen de 1957 a 1989”.

    Neoestalinistas

    Luego tenemos a una pléyade de neoestalinistas. William Blum, autor del libro preferido de Osama bin Laden aparte del Corán, escribió un artículo en el que decía: “Por supuesto que mucha gente ha muerto bajo Stalin. Mucha murió bajo Roosevelt y mucha muere hoy con Bush. Morir parece ser un fenómeno natural en todos los países”. No tiene en cuenta que hay quien ayuda a que la naturaleza se acelere. Hay nombres menos conocidos, pero que son representativos de muchos otros. Como el profesor de Inglés de Montclair State University, Grover Furr, que se revuelve al escuchar críticas a Stalin: “Creo que la razón de que se vilipendiara a Stalin en su día es que los explotadores de todo el mundo tenían motivos para preocuparse. Por eso siento simpatía por Stalin y por el movimiento comunista de entonces”.

    Yurii ZhukovVadim Kozhinov, y Yurii Mukhin son autores de The mistery of 1937, un misterio que intentaron desentrañar en este libro de 2010. Zhukov cree que la acumulación de cadáveres a manos del régimen proviene de una mala interpretación. El Partido Comunista no se percató de las verdaderas intenciones de Stalin, que eran dejar de lado el proyecto de revolución mundial y abrazar una política de de coexistencia pacífica. El aparato represor ruso se aferró a los viejos ideales revolucionarios, sin hacer caso a los pacíficos deseos de Stalin.

    Dimitrii Lyskov es autor de otro libro que también se publicó en 2012, de título 1937: The Principal Myth of the 20th Century. Lyskov reconoce, nadie diga que no lo hace, que bajo el régimen de Stalin hubo represión. Ahora bien, eso de que perecieron centenares de miles de personas, no digamos millones o incluso decenas de millones, es un mito puesto en circulación por Mijaíl Gorvachov para justificar su política de desmantelamiento del régimen sociético. Y, por lo que se refiere a los pocos miles que sí sufrieron esa represión, es una situación análoga a la que se da en muchos otros países.

    Oliver Stone es un gran director de cine, y también hace sus pinitos como historiador y admirador de Stalin. Ha escrito, junto con Peter KuznickThe Untold History of the United States, uno de esos libros con el título autorreferido, pues la historia de los Estados Unidos no es protagonista de este libro. Pero sí los juicios políticos, que necesariamente tienen que abundar en un libro de 784 páginas.

    Stone ya dijo en 2010 que Josif Stalin había sido “vilipendiado por la historia”, de modo que lo que necesitamos ahora es ponernos en los zapatos del georgiano y de Afolph Hitler, para así “entender su punto de vista”. Una comprensión que llega tan lejos como humanamente cabe. Según estos autores, Stalin tenía el deseo de que los aliados gestionasen el fin de la II Guerra Mundial con paz y armonía. Pero Wiston Churchill y Harry Truman arrumbaron esos deseos de Stalin. Nos vuelven a poner en los zapatos de Stalin al explicar los motivos de su pacto de no agresión (este sí firmado) con Hitler. Lo hizo por puro antifascismo. Gracias a ese pacto, nos dicen, Rusia ganaba tiempo para rearmarse y poder enfrentarse con fuerza al fascismo, mientras que las potencias occidentales se mantenían entre la indolencia y la complicidad con ese régimen.

    Gaceta.es

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