Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
En la primavera de 1945, José Stalin alcanzó la cima de su gloria: la Unión Soviética había aplastado a la Alemania nazi –fueron los soldados del Ejército rojo los primeros en ocupar Berlín– y cumplió su sueño –tan ansiado por el propio Stalin– de convertirse en una potencia mundial. Sin embargo, ese mismo año, empezaron, de forma discreta, unos achaques de salud que se agudizarían a lo largo de los ocho años siguientes para desembocar en una muerte aún sin aclarar.
Los achaques se plasmaron, en un primer momento, en una serie de colapsos y de ataques cardiacos de poca importancia; pero, a medida que se fueron acumulando, repercutieron en el Gobierno de la Unión Soviética y no precisamente de forma positiva: la manía persecutoria fue haciendo mella en el carácter del ya septuagenario (había nacido en 1879) dictador.
Este estado tuvo consecuencias políticas –el aumento de una ya de por sí terrible represión y un afloramiento de las conspiraciones dentro del Kremlin como no se había visto nunca, ni en tiempos de los juicios de Moscú– pero también en el entorno personal de Stalin. Uno de los que pagó el pato fue su médico de cabecera, el doctor Vladímir Vinográdov.
Complot de los Médicos
En 1950, a raíz de las cada vez más frecuentes pérdidas de memoria, Vinográdov le diagnosticó una hipertensión aguda que sugirió remediar mediante un tratamiento a base de pastillas y de inyecciones, que debía ser acompañado de un cierto alejamiento de los asuntos públicos. La reacción de Stalin fue rotunda: ni lo uno, ni lo otro y cese inmediato de Vinográdov.
Ahí no acabaron las penas del galeno: dos años después, una médica de nombre Lidia Timashuk redactó un informe en el que acusaba a Vinográdov y otros compañeros suyos –todos de origen judío– de recetar tratamientos inadaptados a los mandamases del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y del Ejército para provocar sus muertes. Ni más ni menos. De esta forma, estallaba el conocido como Complot de los Médicos, que iba a envenenar el ambiente en los últimos meses de la vida de Stalin.
El 1 de diciembre de 1952, en un discurso pronunciado ante el Politburó del PCUS, Stalin dejó poco margen a la duda: “Todo sionista es agente del espionaje estadounidense. Los nacionalistas judíos piensan que su nación fue salvada por los Estados Unidos, allá donde pueden hacerse ricos y burgueses. Piensan los judíos que tienen una deuda con los estadounidenses. Entre los médicos, hay numerosos sionistas”.
Sin embargo, a ojos de Stalin, el supuesto Complot de los Médicos era una mera estratagema para cobrarse a la pieza que de verdad quería apartar. Se trataba de Lavrenti Beria, el todopoderoso jefe de los servicios de seguridad y un tipo sin escrúpulos. Pensaba Stalin que Beria –tan inhumano como él– movía hilos para eliminarle y hacerse con el poder. Por lo tanto, qué mejor que acusarle de incompetencia por no haber sabido detectar el Complot de los Médicos y así quitárselo definitivamente de en medio.
Beria no era el único: en el punto de mira de un Stalin cada vez más decaído físicamente y cada vez más paranoico también figuraban algunos otros que, con alguna excepción, le habían sido siempre de una fidelidad a prueba de bomba.
La silla de Molotov
La excepción era Guiorgui Malenkov, su número dos, que en el XIX Congreso del PCUS en octubre de 1952 tuvo la osadía de desafiar las posiciones pacifistas del gran jefe y afirmar en la tribuna que la Unión Soviética tenía que estar presente en todos los conflictos del planeta y aprovecharlos para promover revoluciones socialistas. La afrenta se produjo cuando los delegados del PCUS se alinearon con Malenkov y no con Stalin. Este, curiosamente, aunque no se lo había perdonado, no tomó ninguna medida en contra de Malenkov. Seguramente, ya le fallaban las fuerzas.
Los otros dos que Stalin quería eliminar eran el armenio Anastás Mikoyan, vicepresidente del Consejo de Ministros, y Viacheslav Molotov, artífice, en su calidad de ministro de Asuntos Exteriores, del estatus de gran potencia del que disfrutaba la Unión Soviética. El hartazgo de Stalin con Molotov se colmó en 1949 cuando le cesó como jefe de la diplomacia tras la detención por “traición” de sus esposa Polina, que era de origen judío. Aun así, Molotov conservó una silla en el Consejo de Ministros.
Este era el tétrico ambiente que imperaba en el Kremlin a principios de 1953 y que se reflejaba en el estado de ánimo del propio Stalin. Los visitantes que pudieron departir con Stalin durante enero y febrero le encontraron más cansado que nunca y expresándose con dificultad. Con todo –y en medio de la intensificación de la represión que se llevó por delante a uno de sus escoltas cuyo homicidio se vendió como una muerte prematura–, a Stalin le dio tiempo de disfrutar de algunos placeres mundanos.
Así, el 27 de febrero, cuando acudió al Bolshoi a ver El lago de los cisnes, lo hizo solo y ordenó a un ayudante que diese las gracias a los bailarines en su nombre. Al día siguiente, 1 de marzo, Stalin se despertó ya muy entrada la mañana, revisó algunos papeles relativos al Complot de los Médicos y a la Guerra de Corea y dio un paseo por el jardín de su dacha de Kuntsevo, situada en las afueras de Moscú.
Por la noche, fue al Kremlin a ver una película en compañía de Beria, Malenkov, Jruschov y Bulganin. Los cinco volvieron a la dacha para cenar y se divirtieron hasta las cuatro de la mañana. Esta es la versión defendida por historiadores de acreditada trayectoria como el británico Simon Sebag-Montefiore.
Otros no menos prestigiosos, como Ilya Ehrenburg o Viktor Alexandrov, apuntan que la reunión acabó como el rosario de la aurora, cuando el mariscal Voroshilov y Lazar Kaganovich –presentes, según estos autores– le habrían exigido la liberación de los médicos del complot; según Sebag, los cuatro primeros se habrían limitado a proponérsela. A Voroshilov y a Kaganovich, Stalin les habría llamado traidores.
El caso es que –todos coinciden en este punto–, tras marcharse a dormir, Stalin no volvió a recuperar del todo la conciencia. El domingo 2 de marzo, a mediodía, los guardias seguían sin tener noticias de Stalin, al que no se atrevían a despertar, temerosos que estaban de que una reacción histérica del dictador acabase con sus carreras o incluso con sus vidas. A las seis de la tarde vieron cómo se encendía la luz del comedor situado justo al lado de donde dormía Stalin. Creyeron que era cuestión de pocos minutos que apareciese. Pero no, por lo que empezaron a cundir los nervios.
“Hijos de...”
El entuerto lo resolvió un enviado del Comité Central del PCUS, de nombre Lozgachev, que llegó a la dacha a las 10 de la noche para entregar a Stalin unos documentos oficiales. Con cuidado empezó a recorrer las habitaciones. Llegado al comedor se encontró al dictador semiinconsciente, tirado en el suelo y bañado en su propia orina. Según escribe Sebag-Montefiore, Lozgachev le preguntó cómo estaba.
–Dzhh... –contestó Stalin, sin poder hablar.
–¿Debo llamar al médico?
–Dzhh...
Entonces Logachev miró al suelo y vio cómo el reloj de Stalin marcaba las seis y media de la tarde. La hora en que le dio el ataque de apoplejía. Ya eran casi las 11 cuando entre el enviado del PCUS y los guardias levantaron su pesado cuerpo y le acostaron en un sofá.
Logachev ordenó a uno de los guardias que avisase a Malenkov y a Beria. Localizó al primero pero no al segundo. Pero como Beria era mucho Beria, al cabo de media hora devolvió la llamada. El mensaje era preciso. “No digáis a nadie más que el camarada Stalin está enfermo”. La lucha por la sucesión había comenzado.
Cuando llegó a la dacha hacia las tres de la mañana, Beria no tuvo reparos en decir a los guardias: “Qué diablos pretendéis? Es evidente que el Jefe está durmiendo con toda tranquilidad. ¡Vámonos, Malenkov!”. Doce horas después del ataque de apoplejía, ningún médico había visto a Stalin.
Como escribe Sebag-Montefiore, “en su delicadísima situación, en una corte ya soliviantada por la fijación contra los médicos asesinos a los que se acusaba de espionaje, no es de extrañar que temieran hacer cundir el pánico”. A la mañana siguiente, por fin, llamaron a un médico. Era demasiado tarde si bien nunca se ha demostrado que la presencia inmediata de un facultativo hubiese salvado la vida de Stalin. Pero su lenta agonía y su muerte convenían a todos.
A Beria, sin ir más lejos. Durante los dos días que duró la agonía, cada vez que Stalin experimentaba una leve mejoría –de no más de unos minutos–, Beria se convertía en su principal cortesano; que empeoraba, era el primero en celebrar el agravamiento a escondidas. Siempre que no le viesen los hijos de Stalin, que tardaron mucho en llegar a la dacha.
Cuando lo hicieron, la situación ya estaba controlada por Beria, Malenkov, Bulganin, Malenkov y Voroshilov. Svetlana y Yakov estaban de convidados de piedra. Sus insultos a los jerifaltes –“Hijos de....”– eran en vano. El triste espectáculo duró hasta el 5 de marzo, hasta que Beria ordenó que pusieran una inyección a Stalin para acelerar su final. Esa misma noche, Molotov recuperó la cartera de Exteriores.
El 5 de marzo de 1953, hace 60 años, fallecía Stalin. Su enfermedad no fue óbice para seguir reprimiendo a todo el que se le pusiese por delante. La venganza de sus subordinados –también estaban en su punto de mira– no se hizo esperar: Beria, Jruschov y compañía, prolongaron su agonía hasta que se repartieron los puestos. La muerte del dictador les convenía a todos pero había que saber gestionar los tiempos. No fallaron.