Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
Sacrificio de los monjes
Lo que más sorprende de los monjes que estos días se inmolan en las prefecturas autónomas tibetanas en China no es su decisión de morir, sino la determinación de hacerlo lentamente y sufriendo lo más posible. Sorprende menos que lo hagan evitando hacer daño a otros, incluidos los causantes de su desesperación.
Los tibetanos llevan seis décadas viviendo bajo esa contradicción: su resistencia no violenta ha sido premiada con el olvido de la prensa, la indiferencia de los Gobiernos y la más brutal de las represiones.
Basta mirar hacia otros conflictos para entender que recibirían más atención si tomaran las armas o volaran discotecas por los aires. No lo hacen porque han asumido que en su lucha por la libertad todos los sacrificios deben recaer de su lado.
Es una idea que, llevada al fanatismo, produce imágenes como la dePalden Choetso ardiendo envuelta en llamas, después de haberse rociado con gasolina el pasado 3 de noviembre.
La monja permanece inmóvil, sin emitir un quejido, durante el medio minuto que su cuerpo está siendo abrasado. Sus únicas palabras, antes de prender la cerilla, fueron para pedir libertad para el Tíbet.
Nadie que haya visitado las prefecturas autónomas de Ganzi y Aba negaría que los tibetanos carecen de ella. Incluso a 15 horas de camino del lugar donde se inmoló Palden, en el barrio tibetano de la ciudad de Chengdu, la presencia policial es propia de un lugar bajo estado de sitio.
El control se hace más intenso según se avanza hacia las regiones tibetanas y alcanza niveles orwellianos en los focos de la protesta. Nunca, en ningún conflicto, había visto un despliegue militar y policial parecido. Organizado no para frenar una revuelta armada, sino para someter a un pueblo indefenso.
Imposible entrar en un monasterio: todos están cercados por miles de soldados. Realizar una entrevista en una calle pública: periodista y entrevistado serían inmediatamente detenidos. Viajar de día: solo en la cobertura de la noche existe la posibilidad de pasar los controles.
Es en escondites apartados, sin testigos, donde los tibetanos encuentran valor para describir la humillación de ver sus creencias pisoteadas, a sus monjes enviados a campos de reeducación y a quienes se atreven a levantarse contra el opresor encarcelados. Y es en medio de toda esa represión cuando más te golpea la contradicción de que sean los verdugos, no las víctimas, quienes muestran mayor resentimiento.
Nada de ello justifica las inmolaciones de la monja Palden y los otros 24 religiosos que han hecho lo mismo desde marzo del año pasado. Son actos desesperados, extremistas y fútiles.
Solo tienen el efecto de justificar más represión. Perjudican a los tibetanos sin avanzar su causa. No dañan a terceros, pero sí el sentido común. "El tibetano puede soportar que le hagan daño, pero no hacerlo él", susurra un joven novicio en Tawu, la localidad donde se inmoló la monja Palden. "Necesitamos que el mundo sepa lo que nos están haciendo".
La realidad es que el Tíbet seguirá siendo ignorado. Solo una democratización de China y la creación de una verdadera sociedad civil capaz de frenar los abusos de sus gobernantes pueden salvar la cultura tibetana de la extinción.
No lo harán políticos cobardes como Aznar y Zapatero, que se negaron si quiera a recibir al Dalai Lama para no molestar a Pekín. Tampoco un improbable giro en favor de la violencia, inútil frente al mayor ejército del mundo. O unas inmolaciones que endurecen la visión que los chinos de a pie tienen de los tibetanos, distanciándoles aún más de su sufrimiento.
Mientras abandonaba la prefectura de Ganzi, otro monje se quemaba a lo bonzo. Se llamaba Nangdrol y tenía 18 años. Su acción pasó desapercibida. Nadie la discutirá en Naciones Unidas. Ningún país levantará la voz para preguntar por sus circunstancias en este nuevo orden internacional en el que China ha doblegado la moral de Occidente con la promesa de consumir sus productos y financiar sus deudas.
A pesar de todo, es hora de que el Dalai Lama rechace las inmolaciones de forma pública y enérgica en un mensaje dirigido directamente a los monjes. Los tibetanos deben regresar a su admirable resistencia pacífica, basada en el principio fundamental de no dañar ninguna vida. Ni siquiera la propia.