Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
12-11-2013
Por: Israel Viana/ Madrid
Casi tres días estuvo agonizando Omaira, con su cuerpo atrapado e inmovilizado entre los materiales expulsados por el volcán, y ante los flashes de los fotógrafos y las miradas de los periodistas, a los que hablaba con una tranquilidad sobrecogedora: «Toco con los pies en el fondo la cabeza de mi tía»; «yo quiero que ayuden a mi mamá, porque ella se va a quedar solita»; «tengo miedo de que el agua suba y me ahogue, porque yo no sé nadar»; «estoy preocupada, hoy era el examen de matemáticas», o «mi papá trabaja cogiendo arroz y sorgo en una combinada, mi mamá está en Bogotá».
A las 10 de la mañana del sábado 16 de noviembre, comprobaron que la opción de amputarle las piernas era imposible, ya que no contaban con el material quirúrgico y las condiciones necesarias como para que sobreviviera, y realizaron el último intento de succionar con una motobomba el fango que no paraba de crecer. Pero fueron esfuerzos en vano, pues, poco después, Omaira cerraba los ojos para siempre. «No es justo, Dios, no es justo. Después que luchamos tanto y ella aguantó», se lamentaba entre sollozos el médico Mauricio Sarmiento.
Pero el «león» despertó a las 9 de la noche de aquel 13 de noviembre, vomitando 35 millones de toneladas de materiales y provocando que se fundiera la nieve de este gigante de 5.400 metros. Esto generó cuatro afluentes de lava, agua y hielo que, arrasándolo todo a su paso a unos 60 km/h, fueron a parar a los ríos que drenaban el volcán. Estos ríos aumentaron su caudal por cuatro y arrastraron todos los materiales hasta arrasar las poblaciones cercanas.
Armero desapareció literalmente del mapa. Tres días después, cuando los equipos de rescate comprobaron la imposibilidad de rescatar a los más de 22.000 cadáveres sepultados, declararon la ciudad «cementerio». En otros pueblos como Chinchiná mató a 1.800 personas y destruyó 400 viviendas. Pero el total de la devastación (25.000 muertos y más de 5.000 casas arrasadas) hicieron de la «Tragedia de Armero» –en referencia a la ciudad más afectada, fundada menos de un siglo antes– la segunda erupción volcánica más mortífera del siglo XX, la cuarta de toda la historia conocida y el mayor desastre natural del que se tenga conocimiento en Colombia.
Los pocos supervivientes permanecían atrapados sobre los árboles, techos de las casas y colinas, a la espera de que algún helicóptero les rescatara. En Guayabal, por ejemplo, se apilaban «cientos de muertos petrificados por el barro», mientras miles de personas corrían sin sentido, desnudas, con la expresión de miedo en sus rostros. Puentes se vinieron abajo, un oleoducto se partió y contaminó el agua de los ríos y muchos pueblos se quedaron sin electricidad ni medicamentos.
Los testimonios de los vivos se sucedían describiendo escenas dantescas. «Estaba durmiendo y sentí que la casa se rajaba. Escuché a uno de mis hijos que gritaba “papá, papá” y salí con él hasta dejarlo en una colina. Luego quise volver a la casa y ya no estaba. Mi mujer y dos de mis hijos no pudieron salir»; «donde estaba Armero ahora solamente hay lodo. La gente quedó enterrada en el barro»; «por la aguas de uno de los ríos bajaban decenas de cadáveres»; «parece una plancha de cemento»; «Dios mío, es injusto que yo esté vivo y que mis hermanos hayan muerto», o «¿Dónde están mis hijos? ¡Por Dios…!», eran algunas de los testimonios que recogió el correponsal de ABC.
Las escenas de terror eran interminables. Otro hombre al que sí le habían amputado las dos piernas a causa de la gangrena, contaba el corresponsal de ABC, le arrebataba desesperado un cuchillo a un socorrista y se lo clavaba a sí mismo para quitarse la vida. «La tragedia no ha hecho más que empezar», se lamentaba otro socorrista sobre las escenas de una tragedia imposible de olvidar. Veinte años después,relataba entre sollozos un superviviente: «Vi a miles de paisanos que quedaron petrificados por el barro con un rostro de dolor que no he podido olvidar».
Fuente: ABC.es