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Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.

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Opinión: Por Martín Santiváñez Vivanco | Miami

Actualizado sábado 30/07/2011

Perturba contemplar la profunda bipolaridad del presidente Ollanta Humala. Sostengo, hoy como ayer, que el nuevo mandatario vive aquejado del vicio “polo rojo—polo blanco” y que esta patología lo obliga a cambiar de discurso con una celeridad impresionante, descolocando a sus rivales y enfermando de los nervios a los pocos centristas que habitan en su círculo íntimo.

Ciertamente, es difícil renunciar a un pasado radical. Pero es obvio que el gobierno de Gana Perú nace con un serio problema de comunicación que afecta directamente el mundo de las formas. Y la política, es preciso recordarlo, se rige por la formas al igual que por los hechos.

Apelar a la Constitución del 79 no es un mero capricho presidencial. Indica, ante todo, una actitud provocadora que desune y polariza. Este ha sido el primer gesto de Humala durante la jura de su cargo. El discurso de Ollanta también sugiere sutiles contradicciones que pueden devenir en grandes guerras políticas. Así, cuando afirma que buscará “la imprescriptibilidad de los delitos de corrupción” y “la inhabilitación a perpetuidad contra sus autores o cómplices para el ejercicio futuro de cualquier función pública”, amenaza veladamente a los corruptos —que los hay, por supuesto— y también a los responsables políticos del régimen aprista.

Nadie duda de los “faenones” que han protagonizado algunos jerarcas del aprismo o de la necesidad de investigarlos con rigor e independencia. Sin embargo, politizar la justicia e iniciar una caza de brujas, como lo hizo el fujimorismo en la década de los noventa con sus enemigos, convertirá a Alan García en víctima propiciatoria facilitando su retorno el 2016. El lema de “más Estado” que caracteriza al humalismo también se refleja en la instrumentalización de las instituciones como medio de persecución política. Para nadie es un secreto que el humalismo buscará por cielo y tierra destruir a Alan García poniendo en entredicho su legado de gobierno. En un país en el que la justicia responde al Ejecutivo es probable que pronto se inicien procesos de corrupción destinados a fracasar por su origen político. Este extremo ya lo hemos vivido durante el fujimontesinismo. En parte a ello se debe el retorno triunfante de García a la política activa el año 2002. Más aún, recientemente, Susana Villarán, alcaldesa de Lima, con su torpe auditoría ha logrado purificar al ex alcalde Luis Castañeda.

Por otro lado, la "eliminación de los beneficios penitenciarios en los casos de corrupción" que propugna Ollanta afecta directamente al autócrata Fujimori. Amenazar al fujimorismo con expulsar de la jaula de oro a su líder provocará los ataques kamikazes de su bancada en el Congreso. Una muestra de ello fue la hiperbólica reacción de Martha Chávez al exabrupto de la jura presidencial. A Humala no se le dará un minuto de respiro. Y en parte, se lo ha ganado a pulso con tantas propuestas contradictorias, de esencia ideológica y revanchista antes que práctica, que empeoran porque carecen del velo de legitimidad que otorga un poder judicial independiente y eficaz.

"Soy un soldado de la democracia", ha dicho el nuevo presidente. Eso lo veremos con el tiempo. Por ahora, hay que apoyar a los sectores centristas y liberales del nuevo gobierno peruano que pronto soportarán una presión insufrible por parte del auténtico humalismo. Los hombres de centro, y no el presidente, son los auténticos soldados, los 'custodes' de la democracia. También la prensa libre, la que no se ha vendido a Palacio, y los demócratas de la sociedad civil. Ollanta Humala, lo hemos visto durante el desfile patrio, continúa siendo un pretoriano, un nostálgico de carácter autoritario, que oscila entre la provocación y el 'appeasement' atolondrado, dependiendo, por ahora, del humor y la estrategia, y muy pronto, de sus fuerzas y nuevos aliados. Este es el difícil panorama al que se enfrenta el Perú.

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