La violenta represión policial que recientemente perpetró el régimen comunista chino contra manifestantes pacíficos en trece de sus ciudades más populosas muestra cabalmente cuáles son las contradicciones más grotescas en las que cae un sistema que se volvió ultracapitalista en lo económico, pretendiendo al mismo tiempo conservar y hacer compatible con el progreso material la clásica tiranía marxista de partido único.
La experiencia mundial del siglo XX fue elocuente: el socialismo es completamente inepto para crear riqueza económica. Pero sí es ágil para “repartir” la que existe, la que es lograda con el esfuerzo individual, desestimulando de esa manera toda producción y desarrollo.
Cuando los regímenes marxistas sobrevivientes de la hecatombe de su doctrina se dieron cuenta de esta impotencia esencial del socialismo, comenzaron a adoptar el sistema capitalista de producción. En la ex URSS cayeron juntos el sistema y el régimen gobernante, pero en otros países marxistas como China continental, Vietnam y algunos pocos más, se derrumbó el sistema económico dirigido, pero persistieron sus dictaduras.
¿Hasta cuándo podrían estar juntos el agua de la libertad económica y la libre iniciativa con el aceite de la autocracia y el Partido Comunista, “único intérprete de la voluntad popular”? Esta es la pregunta que el mundo libre se viene haciendo.
Pues ese momento está llegando. Las manifestaciones espontáneas de la ciudadanía pro democrática en Túnez, Irán, Egipto, Libia y Siria expandieron su “mal ejemplo” a través de las noticias y su método de empleo de las redes sociales, llegando nada menos que hasta China continental, bastión del régimen tiránico más antiguo del mundo, que como toda tiranía busca seguir controlando a toda costa a los medios de comunicación masiva, sobre todo internet.
Las manifestaciones en China fueron convocadas precisamente por internet, medio que se transformó en una herramienta peligrosísima para los tiranos y sus oscuros regímenes de opresión, silencio y desinformación social masiva sistemática. Los manifestantes reclaman contra la corrupción y exigen una supervisión popular de la administración pública.
Es que nadie se engaña más en esos países marxistas respecto al férreo monopolio que ejercen las cúpulas de sus partidos comunistas, que produjeron y están produciendo tantos multimillonarios a lo largo de los años, los integrantes de la “Nomenklatura”. Ninguno desconoce hoy la verdad que se hace patente cada vez con mayor claridad: que cuando los políticos socialistas marxistas se topan con arcas públicas prósperas, se vuelven mucho más voraces que los políticos de países democráticos, corrompiéndose a una velocidad y con un desparpajo difícil de creer. Algún que otro ejemplo ya tenemos en nuestro país. Cuántos integrantes de la “nomenklatura” luguista criolla han cambiado sus casas de alquiler por mansiones con tres o cuatro garajes, de andar en micros ahora conducen 4x4, veranean en lugares exclusivos, se mueven en hoteles cinco estrellas, mientras se siguen llenando la boca para denunciar la “explotación” de los pobres por el capitalismo salvaje.
Hasta tal punto llega la siniestra política represiva en China continental actualmente que, en Hong Kong, los manifestantes fueron impedidos de plantar jazmines, uno de los símbolos del régimen comunista, como protesta contra la censura gubernamental, que es tan cerril que hasta bloquea, en la prensa y en internet, el empleo de palabras como “jazmín”, “Túnez”, “Egipto” y, por supuesto, “censura”, “democracia” y similares.
En la última y muy reciente represión contra manifestantes musulmanes de la región china de Xinjiang, de una minoría étnica conocida como “Uigur”, los cables informan que murieron al menos 156 personas a manos de los represores, mientras quedaron por lo menos 800 heridos. Se asegura que la cifra de muertos es la mayor desde Tiananmen, en 1989, cuando el Ejército disparó sobre cientos de estudiantes pacifistas y pro democráticos, en Pekín.
Puede preverse con facilidad que las protestas populares en China roja no se detendrán y, aun, que irán en aumento, porque el malestar que produce en gran parte de la población la creciente diferencia entre políticos comunistas corruptos enriquecidos con los negociados y los trabajadores que siguen en la miseria será cada vez más aguda e insoportable para quienes tienen que padecerla.
La tragedia que está sufriendo esa sociedad constituye un elocuente y aleccionador mensaje para nuestros izquierdistas locales, sean de los cínicos o de los ingenuos, respecto a la vieja falacia que utilizan como propaganda, consistente en presentar a la diferencia entre ricos y pobres como mal generado por el capitalismo y un fenómeno exclusivo de los países libres con sistemas de gobierno democráticos.
Pues bien, los líderes marxistas de la China continental les están probando que, puestos a corromperse, pueden ser mejores y más veloces que cualquier otro en el mundo. Pero demuestran una vez más también, en vivo y en directo, que el atraso y la pobreza no logran ser resueltos por las tiranías; que solamente se los encara, con eficacia y sostenimiento en el tiempo, ejercitando plenamente las libertades individuales y respetando las leyes consensuadas en un marco constitucional legitimado democráticamente.
La trágica experiencia histórica del fallido comunismo chino es otra prueba contundente para los marxistas “bolivarianos” locales, que aún creen que invadiendo propiedades, quemando chacras, cerrando rutas, creando caos para impedir el crecimiento económico, van a solucionar el problema de la pobreza.
Es de desear que, antes de que el régimen comunista chino termine también –como la ex Unión Soviética y sus satélites– de ser arrojado definitivamente al basurero de la Historia, nuestros políticos estén atentos a la aterradora lección que nos brinda, se anticipen y cuiden de que nuestro país no vaya a seguir, por estupidez, el mismo camino y nos lleve al mismo final.