Es difícil acostumbrarse a vivir en un país en el que parece que nada sucede cuando en realidad todo parece indicar que vamos en un viaje eterno hacia la nada.
Se cae el país y se levanta el partido único. La gente muere de desesperanza y desaliento y los diarios anuncian la ubicación del gobierno entre las punteras mundiales en salud y educación. Mascullo estas palabras cuando están realizando las presentaciones del nuevo buro político que deberá ‘ventilar’ el futuro de la nación, pero mis vecinos y yo sabemos que nada va a pasar que no sepamos. Ni siquiera las supuestas medidas que algunos ilusos esperan pueden levantar los ánimos caídos.
Mis vecinos de asiento en el camión que me trajo de regreso de mi viaje mensual al ciber-café, coinciden milagrosamente que vender el auto, la casa, mudarse a La Habana sin un permiso especial pudieran ser alivios. Sangrías, pienso yo. Mi vecina en la cola para comprar boniatos un domingo antes del citado congreso, cruzaba los dedos para que su hija vuelva desde Sudáfrica después de seis años con la negativa del gobierno a que pise la tierra que la vio nacer. Sin lugar a dudas, lo esperaba del congreso partidista. Tal parece que la magna cita de los comunistas cubanos está funcionando como un “ábrete sésamo” de las dolencias nacionales. Lo peor no es lo que esperan, porque al fin y al cabo la gente es dueña de su ingenuidad; lo peor va a ser la desilusión total cuando acabe la cita.
En medio de la crisis mundial el país va barranca abajo, pero los únicos dos diarios que son uno y el mismo, dicen lo contrario. La televisión hace un paneo hacia la nación que nunca fuimos y millones de espectadores esperan un punto de giro en este melodrama de desgobierno que hemos ayudado a fabricar con tanto silencio y permisibilidad al autoritarismo verdeolivo.
