Damas de Blanco Laura Pollán? Porque
han demostrado, por primera vez en la historia de
Cuba, la pobreza moral del poder a la mayor altura
ideal: la de la tolerancia digna ante el perpetrador
de humillaciones. Lo que precisamente
sugerían Mahatma Gandhi y Martin Luther King.
Recordemos este dato. La cultura política
cubana perdió su suelo ético en cualquier
periodo situado entre 1902 y 1959. De esta última
fecha a acá solo quedaba éticamente en pie,
en el terreno político, la idea de que la violencia
habría sido el rústico camino impuesto por
esos hombres de fuerza que negaron
puntillosamente el contrato cívico y civilizado
de José Martí.
Este nos enseñó que la guerra necesaria contra la España de entonces debía y podía ser una que no estuviera
guiada por el odio al enemigo. ¿Pero es en verdad posible esa utopía ética de la guerra sin odios? La respuesta
en Cuba ha dependido siempre de una elección, como demostró José Maceo ante el horror causado por el uso
de la dinamita. Y si las guerras físicas no pueden desterrar el humor y la pasión destructivos, la mejor elección
de Cuba, la única que permitiría reinventar un país a partir de sus miserias históricas, fue y es la que negaba y
niega el legado de violencias, y se aferraba y aferra al legado pacifico de las ideas. ¿Quiere decir que no había
violencias supuestamente legítimas en la Cuba que nos antecede? No, pero nuestras violencias disparaban en
el terreno de los violentos. Nunca atacaban ni a las ideas ni a la mujer.
La violencia es inmoral cuando invade estos dos lugares: el de los intercambios reflexivos y el del cuerpo
maternal. Intentar destruir por la violencia los pilares de la vida civilizada y la expresión femenina de los derechos
—que como todos sabemos requieren del encuentro libre y público de las ideas, fundado en el respeto
incorporado hacia la mujer— ha desmoralizado el imaginario decente en el ejercicio del poder político en
nuestro país. Cuba es hoy una zona inmoral justo, y no solo, porque su gobierno desborda violentamente
los límites públicos de la civilidad y los límites éticos de esa figura poética que es la mujer.
Las Damas de Blanco reflejan como víctimas esta doble violación, y algo más: la desmoralización misma
de las referencias morales que desprecian y deslegitiman la violencia en el día a día de nuestra convivencia
. Hay violencia por doquier: en el lenguaje, en la vida doméstica, en la gestualidad, en el ritmo, en los himnos,
entre los jóvenes y en la proyección psicológica de nuestra sociedad. Incluso desde y entre religiosos. Esa
violencia extraña de todo y contra todos comenzó a cualquier hora después de 1959 cuando se instaló en el
poder el irrespeto a lo que nos hace seres éticos: la diferencia, provocando con ello el desvanecimiento de lo
sólido que quedaba de civilidad y decencia cubanas.
Es por eso que la capacidad de resistir pacíficamente en Cuba una violencia ejercida en nombre de las certezas
morales del régimen tiene el triple mérito de desnudar al Rey moral de la llamada Revolución, de demostrar
que la decencia y la civilidad no están muertas a pesar de ella, y de mostrar la hipocresía de los combates
retóricos. Y esa capacidad tiene un nombre en nuestro archipiélago: Damas de Blanco.
Escuchen lo que sigue. Dicen que en Cuba, ahora mismo, hay una campaña contra la violencia de género.
Y cabe la pregunta, con asombro: ¿cuándo va a comenzar la campaña contra la violencia genérica? ¿Es posible
combatir la violencia de parte sin eliminar la violencia del todo? ¿No son mujeres las Damas de Blanco? Y
así, así, llegamos a lo peor: a la instrumentalización violenta de la mujer contra la mujer en nombre de la
Revolución. Porque para eso hay una Federación de Mujeres Cubanas, ligeramente machista, y por eso
no hay un potente movimiento femenino que haría impensable siquiera que unos machos alfa concibiesen
fríamente un diseño que contemple la probabilidad remota de maltratar a una sola mujer. Y por cierto, si
Cuba fuera coherente con su tradición, ese movimiento femenino estaría cumpliendo, este 2012, 100 años de
fundado.
Tolerancia Plus a las Damas de Blanco aparece frente a este cuadro espeluznante, a partir del cual se puede
pintar un cuadro mejor de esperanzas. Ustedes tienen muchas y diversas historias que contar en materia de
violencia de género. Las invitamos a que escriban sus testimonios para perdonar, pero no olvidar. Creemos
necesario recordar, entre todas, una historia reciente de violencia particularmente triste. Tiene un nombre: Vivian
Peña y una consecuencia: la destrucción de su muy humilde casa, hasta sus precarios cimientos, en medio de
la furia roja desatada. Nunca se entenderá cómo un régimen puede hacer añicos y reducir a nivel de la tierra —
de tierra viene también terror— el hábitat de una familia solo porque esta no coincide con sus infortunados
puntos de vista sobre la vida humana. Ante la familia de Vivian Peña, una mujer humilde, debió detenerse la
maquinaria de destrucción violenta de una Revolución que dijo nacer de los humildes, con los humildes y
para los humildes. El terror contra los que en el pasado tenían algo parecía, sin serlo, un acto de justicia histórica
a favor de quienes constituyeron, sin que se les reconociera, el atlas de una nación. Y el terror contra los
que en el presente nada tienen, desde los que lo tienen todo, ¿qué es? Eso: un gesto ritual de profunda miseria
humana degradada.
Pero no todo está mal. En las Damas de Blanco puede verse, hoy, lo que percibimos ayer los de mediana
edad en la generación de nuestros abuelos: que la decencia arraiga de verdad en los más humildes: en los
que menos saben y nada tienen. Tolerancia Plus asciende desde ustedes.
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